La pregunta parece, a primera vista, absurda. ¿Cómo no íbamos a estudiar a
Mario Vargas Llosa,
Gabriel García Márquez o
Jorge Luis Borges en una asignatura dedicada al castellano? Sería impensable diseñar un currículo que, bajo el pretexto de “priorizar” a los autores españoles, relegara o invisibilizara a quienes han contribuido decisivamente a engrandecer la lengua más allá de sus fronteras. Sin embargo, este planteamiento, que en el ámbito del castellano nos resultaría inaceptable, es precisamente el que subyace en el reciente decreto educativo impulsado por la
Conselleria de Educación valenciana en relación con la asignatura de Valenciano.La cuestión, por tanto, no es menor ni anecdótica. Nos sitúa ante un debate de fondo sobre qué significa enseñar una lengua, cuál es el papel de la literatura en ese proceso y hasta qué punto las decisiones políticas pueden o deben interferir en criterios que, por su propia naturaleza, pertenecen al ámbito académico, filológico y cultural.El decreto en cuestión, defendido inicialmente por el exconseller
José Antonio Rovira y matizado posteriormente por la actual consellera Carmen Ortí, introduce la idea de “priorizar los movimientos y autores en valenciano” dentro del currículo de Bachillerato. Sobre el papel, la formulación puede parecer inocua. Nadie discutiría que el alumnado valenciano debe conocer su patrimonio literario propio, especialmente si tenemos en cuenta que el valenciano vivió en el siglo XV un auténtico Siglo de Oro con figuras de enorme relevancia.La medida se percibe como un intento de reducir la presencia de autores catalanes y balearesSin embargo, el problema no reside en la voluntad de reforzar ese patrimonio, sino en el contexto y las implicaciones de esa “priorización”. Tal y como han señalado diversos organismos, entre ellos el
Consell Valencià de Cultura, la medida se percibe como un intento de reducir la presencia de autores catalanes y baleares, como
Mercè Rodoreda o
Maria Mercè Marçal, en el currículo, no por razones pedagógicas o lingüísticas, sino por motivaciones esencialmente políticas.Aquí es donde la analogía con el castellano cobra todo su sentido. Si decidiéramos que en la asignatura de Lengua Castellana se deben “priorizar” los autores españoles frente a los latinoamericanos, estaríamos incurriendo en una distorsión grave de lo que es la propia lengua. El castellano —o español— no pertenece exclusivamente a
España; es una lengua global cuya riqueza se ha construido, en gran medida, gracias a las aportaciones de autores de muy diversos contextos geográficos. Excluir o relegar a los grandes nombres de la literatura latinoamericana sería, sencillamente, mutilar la comprensión de esa lengua.Del mismo modo, el valenciano no puede entenderse como un compartimento estanco, aislado del resto del dominio lingüístico al que pertenece. La tradición literaria en valenciano forma parte de un sistema más amplio que incluye a Catalunya y las Islas Baleares. Negar o minimizar esta realidad no solo empobrece el conocimiento del alumnado, sino que introduce un sesgo ideológico que poco tiene que ver con la educación.La enseñanza de una lengua no consiste únicamente en transmitir normas gramaticales o léxicas. Implica, sobre todo, acercar al alumnado a las obras que han contribuido a darle forma, prestigio y proyección. Y esas obras no entienden de fronteras administrativas. Como ocurre con el castellano, donde autores latinoamericanos han alcanzado, en muchos casos, cotas de excelencia incluso superiores a las de numerosos escritores peninsulares, en el ámbito del valenciano resulta imprescindible reconocer la aportación de autores catalanes y baleares.La apelación a la “libertad de cátedra” resulta problemática.El decreto, sin embargo, introduce un elemento de sospecha. Aunque la consellera insistía ayer en que “no se excluye a nadie ni se veta a nadie” y apelaba a la “libertad de cátedra” de los docentes, lo cierto es que la propia formulación de la norma condiciona el marco en el que se toman las decisiones educativas. No es lo mismo un currículo que presenta la literatura como un espacio compartido y diverso, que otro que establece jerarquías territoriales bajo el pretexto de reforzar la identidad.En este sentido, la apelación a la “libertad de cátedra” resulta problemática. En teoría, permite a los profesores elegir qué autores trabajar. En la práctica, sin embargo, los sitúa en una posición delicada, ya que deben moverse dentro de un marco normativo que ya ha introducido un sesgo. Como han señalado diversas voces críticas, se traslada a los centros educativos un conflicto que no debería existir, convirtiendo la lengua en un campo de batalla política.Además, el argumento de la identidad merece ser analizado con detenimiento. La consellera defiende que es “un derecho de los alumnos poder acceder a nuestras señas y a nuestra identidad como pueblo”. Sin duda, lo es. Pero la identidad no se construye mediante la exclusión o la reducción, sino a través del conocimiento amplio y contextualizado. Conocer a los grandes autores valencianos no debería implicar desconocer o minimizar a quienes, desde otros territorios, han contribuido a la misma tradición lingüística.De hecho, la historia de las lenguas demuestra que su vitalidad depende, en gran medida, de su capacidad para integrar aportaciones diversas. Las lenguas que se cierran sobre sí mismas, que se fragmentan o que se instrumentalizan políticamente, corren el riesgo de empobrecerse y perder relevancia. En cambio, aquellas que se reconocen como espacios abiertos y compartidos tienden a fortalecerse.La historia de las lenguas demuestra que su vitalidad depende, en gran medida, de su capacidad para integrar aportaciones diversasEl caso del valenciano es especialmente significativo. Tras siglos de evolución y debate, existe un consenso académico amplio sobre su relación con el catalán dentro de un mismo sistema lingüístico. Este consenso, respaldado por instituciones como la Acadèmia Valenciana de la Llengua, ha permitido avanzar hacia una normalización basada en criterios científicos. Romper o cuestionar ese consenso desde el ámbito político supone un retroceso que difícilmente puede justificarse desde una perspectiva educativa.Por otro lado, la comparación con el castellano no solo sirve como recurso retórico, sino que pone de manifiesto una incoherencia evidente. Mientras que en la asignatura de Lengua Castellana se fomenta —con toda lógica— el estudio de autores latinoamericanos, en el caso del valenciano se plantea una limitación que no responde a los mismos criterios. ¿Por qué en un caso se entiende la lengua como un patrimonio compartido y en el otro se tiende a fragmentarla?La respuesta parece estar más cerca de la política que de la pedagogía. El decreto se inscribe en un contexto en el que determinadas corrientes defienden una visión diferenciada del valenciano, desligada del conjunto del sistema lingüístico. Esta visión, conocida como secesionismo lingüístico, no cuenta con el respaldo de la comunidad académica, pero sí tiene una presencia significativa en el debate político.Ceder a estas presiones en el ámbito educativo tiene consecuencias que van más allá del currículo. Supone trasladar al aula una controversia que debería resolverse en el terreno del conocimiento científico, no en el de la confrontación ideológica. Y, sobre todo, supone privar al alumnado de una visión completa y rigurosa de la lengua que está aprendiendo.Ceder a estas presiones en el ámbito educativo tiene consecuencias que van más allá del currículEn última instancia, la pregunta inicial —¿meteríamos a Vargas Llosa o Borges en la asignatura de Castellano?— nos obliga a confrontar el absurdo de la situación. Si la respuesta es, como no puede ser de otra manera, afirmativa, entonces deberíamos aplicar el mismo principio al valenciano. Enseñar una lengua implica abrir puertas, no cerrarlas; ampliar horizontes, no restringirlos.Sería deseable que, desde el principio, las políticas educativas se diseñaran con criterios claros, basados en el consenso académico y orientados al beneficio del alumnado. Que no hiciera falta hablar de “libertad de cátedra” para corregir decisiones que nunca deberían haberse planteado. Y que la enseñanza de las lenguas, lejos de convertirse en un campo de disputa, se reafirmara como un espacio de encuentro, de conocimiento y de enriquecimiento colectivo.Porque, al final, la cuestión no es solo qué autores se estudian, sino qué idea de la lengua y de la cultura estamos transmitiendo a las nuevas generaciones. Y en eso, conviene no perder de vista lo evidente: las lenguas, como las literaturas que las habitan, no entienden de fronteras.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991