La vergüenza puede condicionar mucho de lo que decimos, lo que callamos, lo que mostramos y lo que escondemos al resto. Muchas veces cuesta hacernos cargo de ella y, en cambio, la disfrazamos de prudencia, de perfeccionismo o de un “esto no es para mí”. Eso es lo que ha comprobado en su propia experiencia
Meritxell García Roig, autora de Sin vergüenza. Acepta quien eres y muéstrate al mundo (
Urano). En diálogo con
La Vanguardia, explica cómo la vergüenza puede atravesar nuestra identidad y nuestra forma de vincularnos con nosotros mismos y con el resto, y comparte sus estrategias para aprender a convivir con ella sin que le impida ser fiel a sí misma.¿Por qué la vergüenza es tan importante?Yo creo que es una señal de alerta. Muchas veces no le ponemos el nombre de “vergüenza” y ahí está parte del conflicto. Cuando no sabemos identificarla, pensamos que es otra cosa y creemos que no nos limita, sino que simplemente “eso no es para nosotros”. Creo que es importante nombrarla, porque ahí es cuando reconoces que estás entrando en un espacio incómodo. Y entonces puedes decidir si lo haces igualmente con vergüenza o si te autolimitas.Debes preguntarte si quieres que te quieran por quien realmente eres o por una versión reducida de ti...Meritxell García RoigFormadora, escritora y coachMeritxell García Roig, autora de 'Sin vergüenza. Acepta quien eres y muéstrate al mundo'
Umami Brands¿Por qué es algo que deberíamos trabajar?La vergüenza te mete en una especie de jaula de oro de la que no sales, porque percibes el exterior como un riesgo. Por eso quise hacer un libro vulnerable, compartiendo mis propias vergüenzas, para que otras personas puedan reconocer las suyas. Además, cuando no la identificamos, la disfrazamos de otras cosas, de perfeccionismo, de excusas o incluso de decisiones que parecen racionales.Además del perfeccionismo y la autoexigencia, ¿puede estar en la base de otros problemas, como las relaciones tóxicas?Sí, absolutamente. Cuando tenemos vergüenza de ser quienes somos, nos mostramos al mundo como un personaje. La vergüenza vive en el silencio. No dices lo que sientes, no pones límites. Puede aparecer como perfeccionismo o también en relaciones en las que te vas haciendo pequeño. Es algo progresivo. En la vida real, la vergüenza va subiendo de nivel sin que nos demos cuenta, hasta que llegas a un punto límite. Si empiezas a familiarizarte con ella antes, puedes detectarla en el cuerpo, cuando sientes que te encoges, que te falta aire y se te cierra la garganta. El cuerpo avisa. Por eso no solo hay que entender la vergüenza desde lo mental, sino también desde el cuerpo, que es el que te envía una señal de que algo no está bien.Lee tambiénEn tu libro, te describes como una persona autista con déficit de atención, altamente sensible, de altas capacidades y disléxica, ¿cómo se relaciona la neurodivergencia con la vergüenza?Es difícil cuando no entiendes las normas sociales y parece que todo el mundo tiene un manual menos tú. Además, vivimos en una sociedad muy capacitista, que se centra en déficits en lugar de fortalezas. Sientes que hay algo en ti que no está bien. Todos queremos que nos quieran y gustar. Al final, lo que buscamos es encajar. Pero ese camino nos lleva a generar un personaje, y nos aleja de nosotros mismos. Por eso es importante entender la diferencia como un valor. Ser uno mismo implica hacerlo al principio con vergüenza, con miedo al rechazo. Pero la pregunta es si quieres que te quieran por quien eres o por una versión reducida de ti.Hay cosas que solo aparecen en relación con los demás, y es en ese vínculo donde muchas veces se producen los cambios más importantesMeritxell García RoigFormadora, escritora y coachEn un contexto donde abundan los discursos individualistas, donde parece que estar bien depende solo de una misma, en el libro le das un lugar importante a lo vincular.Vivimos en sociedad. El crecimiento también ocurre en el vínculo. No creo en la idea de que tienes que estar perfectamente bien para tener pareja. Es cierto que si estás muy mal puedes elegir mal, pero también puedes sanar en relación. Yo he sanado en mi relación de pareja. He entrado en un espacio de seguridad en el que hemos ido creciendo los dos. Cuando hay amor y un espacio seguro, aprendes de ti mismo también a través de cómo el otro te ve. Mi pareja, por ejemplo, a veces me dice: “esto no me ha gustado”. Y eso me permite verme desde fuera, darme cuenta de cosas que quizá yo sola no habría detectado. Hay aspectos de uno mismo que no puedes ver sin ese espejo. Eso no elimina la responsabilidad individual, pero tampoco se puede poner todo el peso ahí. No vivimos aislados. Hay cosas que solo aparecen en relación con los demás, y es en ese vínculo donde muchas veces se producen los cambios más importantes.
Meritxell García Roig, autora de 'Sin vergüenza. Acepta quien eres y muéstrate al mundo'
Umami Brands¿Cómo es vivir con el síndrome de la impostora?Es cansado, porque es un discurso constante que busca confirmación fuera. Cada crítica que recibes refuerza esa idea negativas que te has hecho, aunque tengas muchas otras devoluciones positivas. Yo, por ejemplo, he pensado muchas veces que alguien descubrirá que no sé escribir. Cuando lo digo en voz alta parece absurdo, pero dentro de mi cabeza tiene sentido. Ese es el problema, que nos da vergüenza compartirlo. Pero cuando lo haces, pierde fuerza. Dentro de la cabeza parece sólido, pero al expresarlo se desarma. Por eso es importante compartirlo en espacios seguros.El síndrome de la impostora, la culpa en la crianza, la gordofobia y los complejos corporales, los tabúes en la sexualidad… muchas de las experiencias que aparecen en tu libro suelen afectar más especialmente a las mujeres.Sí, totalmente. Creo que no tenemos muchos ejemplos de cómo estar en el mundo desde lo femenino. Incluso cuando vemos mujeres líderes, empresarias o profesionales, muchas veces nos muestran un modelo que funciona con una energía muy masculina: fuerte, asertiva, activa… pero que no necesariamente refleja formas de liderazgo más empáticas o colaborativas, que podrían ser más propias de lo femenino. Esto crea un imaginario limitado. Hay experiencias de vergüenza que sí que son particulares de lo femenino. El otro día, por ejemplo, un señor se me quedó mirando fijamente los pezones. Cuando se lo explicaba a mi pareja, le decía: “Tú nunca vas a poder sentir lo mismo”.En tu libro, haces el ejercicio de abrirte y contar experiencias muy íntimas.Para mí era importante poder hablar de la sexualidad y también de abuso sexual. No normalizarlo, hacerlo vulnerable y poder decir: “esto me ha afectado en mi vida”. Incluso hablo de la vergüenza de sentir que “no he sido lo suficientemente abusada”, porque fue algo puntual, o porque ocurrió en manos de un niño y no de un adulto. Me ayudó mucho ponerle nombre y no minimizarlo.¿Cómo se puede evitar la vergüenza en una sociedad que muchas veces nos entrena a sentirla e incluso la refuerza?Creo que hay que convertirse en un “sinvergüenza”, pero no en el sentido de eliminar la vergüenza, sino de hacer las paces con ella. Cuando aparece, escucharla y preguntarte si lo que te dice es cierto. Cuando reconoces esa voz y decides actuar igualmente, pierde fuerza. Sigue estando, pero limita menos. Hay días en los que tiene más presencia y otros en los que apenas aparece. También ayuda no tomarse la vida tan en serio y recuperar el juego. Y, por otro lado, compartir desde la vulnerabilidad. Eso genera espacios de conexión y reduce la vergüenza.La vulnerabilidad tiene un papel clave.La vulnerabilidad lo desactiva todo. Si hablas desde lo que sientes, sin atacar al otro, se crea un espacio distinto. No estás juzgando, estás compartiendo tu experiencia. Hablar de lo que sentimos nos ayuda a conocernos. Muchas veces, si no lo decimos en voz alta, parece que no existe. Además, expresar emociones también da permiso a los demás para hacerlo.Ser un “sinvergüenza” también puede tener un coste.Claro que tiene un coste. Hay que distinguir entre lo que hago por mí y lo que hago por los demás, o porque, de alguna forma, en esta sociedad, tal y como está montada, perderé oportunidades. Pero yo a estas alturas de la vida prefiero decepcionar a otra persona que a mí misma. Al principio te encontrarás con algún rechazo, habrá gente a la que no le gustes. Pero, más que la valoración externa, el mayor premio es ser tú, sin estar preocupado por lo que piensen los demás. Además, no hay nada más magnético que ser auténtico.