Al observar una cebra, no se sabe muy bien si es un animal blanco con rayas negras o un animal negro con rayas blancas. En política, la ambigüedad puede ser un recurso para salir del paso en un asunto puntual, pero no puede convertirse en la estrategia habitual para abordar todos los temas, y mucho menos si lo que se pretende es erigirse como una alternativa de gobierno.El paso de la política gallega a la política española, con epicentro en
Madrid, no le ha sentado bien a
Alberto Núñez Feijóo. Llegó a la presidencia del
PP hace cuatro años para corregir el rumbo de un partido castigado por la corrupción en la etapa de
Mariano Rajoy y las disputas internas en la etapa de
Pablo Casado, que tuvo que salir por la puerta de atrás. Su talante era moderado y con un marcado perfil institucional, tras presidir la
Xunta de Galicia durante trece años. Pero el tiempo ha hecho evidente que su pretendida moderación no es un proyecto político, sino una táctica de supervivencia. Su problema principal no es lo que defiende, sino que nadie tiene del todo claro qué defiende. Dani DuchPara cualquiera que esté atento a la actualidad política, resulta complicado saber qué piensa Feijóo y su partido. Está en contra de todo, pero nadie sabría explicar por qué. Ni con Trump ni sin él; ni con Ayuso ni lejos de ella; ni cerca de
Vox ni demasiado lejos. En temas clave como la regularización de inmigrantes, la financiación autonómica, las medidas para contener los efectos de la guerra en Oriente Medio o la relación con
Estados Unidos, es incapaz de trabar un relato comprensible. Tampoco tiene ninguna propuesta para
Catalunya, donde su partido está patas arriba, sin relato y sin credibilidad. En cada decisión, pretende ser todas las cosas a la vez, pero en política, la indefinición es el camino más corto para llegar a la irrelevancia.El gran problema de Núñez Feijóo es que sus votantes no se lo imaginan como presidente ni lo perciben como la alternativa natural a
Pedro Sánchez. Estar tres años sin presupuestos y gobernados por una coalición erosionada, que sobrevive a base de gestos constantes por falta de una mayoría estable, no le ha servido al líder del
PP para despegar en las encuestas.Los votantes de Feijóo no se lo imaginan como presidente ni lo perciben como la alternativa natural a SánchezMientras Feijóo parece estar sentado, esperando a ver si llega su autobús,
Vox se aprovecha de esa indefinición para carcomer el electorado que busca una alternativa con propuestas simples y populistas, ofreciendo falsas certezas y soluciones pirotécnicas que no resuelven nada, pero que calman la ansiedad de aquellos que rechazan la actual mayoría política gobernante.Entramos en el último año de la legislatura española y fiarlo todo a demonizar a
Pedro Sánchez no le está dando resultado al
PP. De hecho, ya es algo irreversible que la única opción que tiene Feijóo de ser presidente es lanzándose a los brazos de Santiago Abascal y bailar al ritmo de la música de
Vox. Visto lo ocurrido en todas las autonomías, esto no es ninguna hipótesis, sino una certeza contrastada. Y, en este contexto, Sánchez ya ha demostrado que puede dar la vuelta a la situación y conseguir movilizar a un electorado que no está dispuesto a quedarse quieto viendo a Feijóo de presidente con Abascal de vicepresidente.El
PP no está en condiciones de cambiar de candidato a estas alturas, pero tiene malas cartas en esta partida. Feijóo anda con el paso cambiado y no tiene cara de presidente; no inspira ambición ni ilusión tampoco entre su electorado tradicional, que lo ve como un mal menor al compararlo con Sánchez. El momento político actual, a nivel interno y a nivel global, es de una polarización máxima que exige claridad en los mensajes y altas dosis de carisma y liderazgo, cosas de las que el cabeza de filas de los populares no va sobrado.En un momento político en que se premia la claridad, aunque a veces sea incómoda o imperfecta, la ambigüedad prolongada acaba pasando factura. Feijóo no ha decidido aún si quiere ser una alternativa real de gobierno o una figura de transición atrapada en sus propias contradicciones. Y mientras esa duda persista, su proyecto seguirá sin consolidarse, dejando espacio a quienes, con discursos más nítidos y menos complejos, sí logran conectar con un electorado que busca algo tan básico como saber a quién está votando y para qué.