A
Mercè Rodoreda la descubrí cuando la descubrió casi todo el mundo: en los años setenta, ochenta, entre que volvió del exilio en 1972 y que se estrenó la película La plaça del Diamant de
Francesc Betriu, con
Sílvia Munt y
Lluís Homar, en 1982. Leí varias de sus novelas y luego la olvidé. Ahora he visto la exposición que le dedica el
CCCB: Rodoreda, un bosc (hasta el 25 de mayo), comisariada por
Neus Penalba.En un primer momento, la exposición resulta algo decepcionante. Por una razón elemental: cosas de Rodoreda propiamente dichas –objetos personales, fotos, manuscritos…– hay muy pocas. Lo que hay son obras de arte de distintos autores de su época o relacionados con sus temas: cuadros de
Ramon Casas,
Remedios Varo,
Suzanne Valadon…, vídeos de
Pina Bausch, fragmentos de películas que la inspiraron… Àlex GarciaPero, superada la desilusión inicial, resulta interesante. Y el discurso que la acompaña es muy sólido. Analiza los temas recurrentes en la obra de la escritora, desde el de los hijos ilegítimos, o las metamorfosis, hasta formas de mirar –vigilar, espiar, hacer voyeurismo, ver morir–, pasando, naturalmente, por árboles y flores. Y habla de las visiones que se han dado de Rodoreda, tan distintas.En vida, algunos de sus colegas la criticaron acerbamente por vivir con un hombre que no era su marido (vaya, ¿no eran tan liberales los escritores?...), y un asombroso artículo de
Ramon Barnils, expuesto, la califica nada menos que de “escalfabraguetes i pedant” (“calientabraguetas y pedante”). Después de muerta, se extendió otra visión, completamente distinta pero también peyorativa: la de una abuelita bleda (boba) y cursi… La misma imagen, por cierto, e igualmente injusta, que se tenía de otra escritora grandiosa, contemporánea suya:
Ana María Matute.Escalofríos de humanidad, en toda la gama de claroscuros, y escalofríos de belleza nos ofrece RodoredaAl volver a casa, busqué mi viejo ejemplar de Mirall trencat, del que no recordaba más que un par de escenas: la de una mujer que finge desmayarse en la calle para hacer creer a su marido que le han robado una joya (la idea, me he enterado en el
CCCB, se la dio una película de Max Ophüls, Madame de... ), una niña que cae (o se tira) de un tejado y muere herida por las ramas de un árbol… Su relectura me ha dejado boquiabierta. Obra de madurez, comenzada cuando la autora cumplió los sesenta y escrita a lo largo de seis años (la empezó en Ginebra en 1968 y le puso punto final en 1974 en Romanyà de la Selva), es una grandísima novela. Un tour de force, una obra maestra. Mirall trencat es la historia de tres generaciones de una familia barcelonesa rica, y de quienes la sirven: criadas, chóferes, notarios... Empieza a finales del siglo XIX y en esa primera parte, es también, como novela, muy decimonónica: retrato de una ciudad; muchos personajes, de distintas clases sociales; la obsesión por el dinero; una protagonista –Teresa, que será el hilo conductor– con más afán de ascenso social que escrúpulos. Pero a medida que avanza –llegará hasta después de la Guerra Civil–, se va convirtiendo en una novela psicológica, lírica, trágica, más parecida a Las olas de Virginia Woolf que a Las ilusiones perdidas de Balzac. La riqueza, el poder, muestran sus grietas: desamor, crueldad, muerte, desmoronamiento interior. Y termina siendo una meditación sobre la vejez, el duelo, el fracaso humano por debajo del éxito social.Todo eso está narrado en un lenguaje maravilloso. No me refiero solo a la riqueza del catalán, con palabras que creo, por desgracia, que están cayendo en desuso, al menos en Barcelona y en la generación joven, como rampoina (trasto), gruar (ansiar), rondinaire (gruñón), piuladissa (gorjeo)… sino a la finura con que Rodoreda observa y describe objetos: una copa, un mantel, unos botones… y también la naturaleza. Por ejemplo: “ El llorer, amb les branques que el vent feia gemegar, era més fosc: ple de braços, ple de veus, amb una esgarrifança de llum a cada fulla” (“El laurel, con las ramas que el viento hacía gemir, era más oscuro: lleno de brazos, lleno de voces, con un escalofrío de luz en cada hoja”)… Escalofríos de humanidad, en toda la gama de claroscuros que lo humano conlleva, y escalofríos de belleza, es lo que nos ofrece el inmenso, intrincado bosque llamado Rodoreda.