“Espero que, por muchos años que vivamos, muramos jóvenes”, dijo
Henri Matisse en 1950. El arista era ya una anciano de ochenta años al que le costaba mantenerse de pie ante el caballete -aún viviría cuatro años más-, pero desde hacía una década se encontraba en un nuevo periodo de profundo crecimiento creativo, “una segunda vida”, como la llamó su hijo Pierre. En 1941 se había asomado a la muerte tras ser diagnosticado de un cáncer, estaba desde entonces postrado en una silla de ruedas o en la cama y, mientras la
II Guerra Mundial asolaba Europa y todo hacía pensar en una catástrofe inminente, en lugar de perder las preciosas horas que le quedaban compadeciéndose de sí mismo, resurgió con inusitada fuerza gracias al papel y las tijeras, con las que dio color y forma un sin fin de obras audaces y de radiante belleza en las que condensó la búsqueda de felicidad. El aliento de su vida.Al final de Chez Matisse. El legado de una nueva pintura , la luminosa exposición en
CaixaForum que recorre la trayectoria del artista, resulta conmovedor comprobar cómo se reinventó a sí mismo y, en el proceso, transformó el arte moderno con obras como las láminas que realizó para un libro titulado Jazz, como si hubiera querido crear acordes con el color, señala la comisaria
Aurélie Verdier, conservadora jefa de las Colecciones modernas del
Pompidou, de cuyos fondos se nutre buena parte de la muestra barcelonesa que meses atrás ya se pudo ver en
Madrid.'Jazz', conjunto de láminas procedentes del
Musée Matisse de Grenoble Àlex GarciaDe hecho, es la reforma del
Pompidou, que arrancó en el verano de 2025 y lo mantendrá cerrado al público en los próximos años, lo que ha hecho posible este desembarco de Matisse en
Barcelona (hasta el 16 de agosto), al que se muestra en compañía de los artistas que a lo largo del siglo XX y hasta el presente entablaron un diálogo con su obra: Bonnard, Braque, Robert y Sonia Delaunay, Le Courbusier, Emil Nolde, Françoise Gilot o
Picasso, su amigo y gran rival al que le llevaba doce años. De este último se cuenta que cuando iba a visitarlo a su estudio, escondía sus mejores cuadros y solo le mostraba aquellos en los que había fracasado por miedo a que le copiara. Aunque lo cierto es que la rivalidad les impulsó a cada artista a alcanzar cotas aún mayores.A Matisse, que tenía 19 años cuando pidió su primera caja de pinturas, su maestro
Gustave Moreau le pronosticó: “Vas a simplificar la pintura”, y, en efecto, “la simplificó, pero también, sencillamente, la revolucionó. El maestro del color, que estuvo recluido en un hospital tras una crisis nerviosa provocada por su intento de forzarse a estudiar derecho, “inventó formas para nuestros días”, apunta Verdier, para quien sin desmentir que fue “el pintor de la alegría de vivir”, también lo fue de “la angustia crítica”. “Más que ningún otro artista -argumenta- encarna la idea de una de una búsqueda de una obra que debía completarse obstinadamente y contra viento y marea”.'Yvette o el vestido a cuadros', 1907-1908, de Auguste Elysée Chabaud, y 'Marguerite con gato negro', de 1910, de Matisse Àlex Garcia“La característica del arte moderno es que participa de nuestras vidas”, dijo el pintor, al que vemos en un autorretrato con treinta años, reafirmando su identidad de pintor, la boca entreabierta dibujando un cierto titubeo mientras la explosión de colores (el pelo violeta y el cielo verde) anticipa al artista transgresor que poco después, junto a Derain, produciría durante el verano de 1905 en Colliure una colección de cuadros de colores brillantes que obedecían a su interior, no a la intuición. Una playa podía ser roja, un rostro amarillo. La gente los llamaba fauvistas, “fieras”. Sin embargo, la auténtica revolución estaba por llegar.“La característica del arte moderno es que participa de nuestras vidas”, que defendió el derecho a la felicidad y luchó por ella a través de la bellezaEl descubrimiento del arte primitivo, máscaras, tambores, tronos, canoas... talladas y fundidas por culturas tribales de África y el Pacífico, un arte enigmático que parecía ajeno a cualquier intento de representación realista del mundo, le dio permiso a Matisse para liberarse del canon. Liberó las formas femeninas en sus esculturas, retrató mujeres exótica, como La algerian a, y en Marguerite con gato negro, una de sus obras maestras, le dio a su hija un porte hierático propio del románico o del arte bizantino. Marguerite fue su modelo favorita. Había nacido en 1894 durante la relación del pintor con una de sus modelos, Caroline Joblau, mientras él estudiaba arte en París. Algo inusual para la época, Matisse reconoció a la niña cuando la pareja se separó. Cuatro años después, al casarse con Amélie Noellie Parayre, llevó a Marguerite a vivir con su nueva familia, donde se crio junto a sus dos hermanastros, Jean y Pierre.A la izquierda, 'Puerta-ventana en Colliure', 1914; al fondo, 'Bailarina española', 1912, de Kees van Dongen Àlex GarciaLa búsqueda de la felicidad por parte de Matisse ha sido a menudo objeto de críticas. Soñaba, decía, con un “arte de equilibrio, de pureza y serenidad, desprovisto de temas perturbadores o deprimentes (...) algo así como un buen sillón que proporciona descanso del cansancio”. Su mundo era un mundo poblado de mujeres, vistas a través de ventanas y puertas, cuadros dentro de cuadros, odaliscas indolentes, la naturaleza como paraíso, los soñadores, los bañistas, el mar...Después de la Gran Guerra, la idea de un arte que pudiera ser como un elemento relajante parecía un absurdo ante el horror del momento. Matisse oscureció momentáneamente su paleta, pero siempre se mantuvo firme a sus convicciones. Viajó a Niza, donde inspirándose en la luz del sur, pintó una serie de habitaciones de hotel luminosas con vistas al mar, viajó a Estados Unidos y Oceanía, y ya en la década de los cuarenta, cuando los nazis invadieron Francia regresó al sur. 'Lujo, calma y voluptuosidad', 1904 Àlex GarciaNo fueron momentos fáciles en la vida del pintor. La Gestapo arrestó a su esposa, Amélie, y a su hija, Marguerite, por actos de resistencia. La primera fue encarcelada durante seis meses, y la segunda fue torturada y deportada. Matisse se negó a exponer, pero no quiso salir del país ni dejó de trabajar. En los momentos más oscuros, seguía pensando que la felicidad es un derecho humano y la belleza, su mejor arma de defensa.