Existe una forma bastante prosaica de admirar a los artistas que consiste en atribuirles el talento como quien atribuye la altura, el color de ojos o la buena dentadura. Venía de serie, le tocó la lotería genética.
Nick Hornby (
Redhill, Inglaterra, 1957) prefiere otra vía mucho más incómoda y mucho más fértil. Le interesan los creadores que trabajan con una saña impropia y los que convierten la vocación en metabolismo. Mano de obra y taxímetro. Grafomanía. De eso trata Dickens y
Prince: un tipo de genio muy particular (Anagrama). El hallazgo de Hornby no consiste en emparejar a un novelista victoriano con un músico de
Mineápolis para hacerse el ingenioso en una sobremesa cultureta. Dickens y
Prince comparten más bien una especie de violencia productiva. No administraban el talento. Lo derrochaban. No protegían la inspiración como si fuera una porcelana china. La usaban, la exprimían, la multiplicaban, la dejaban correr hasta convertirla en una costumbre orgánica. Y entonces el ensayo de Hornby se ensancha. Ya no alude únicamente a dos talentos separados por el tiempo, sino de una familia espiritual que se identifica en el estajanovismo luminoso.
Lope de Vega,
Picasso,
Duke Ellington,
Stephen Sondheim,
Bob Dylan aparecen en el inventario de Hornby como ejemplos de una fecundidad casi indecorosa. El escritor británico
Nick Hornby en 2014. (
EFE/Facundo Arrizabalaga) La tesis resulta estimulante porque desplaza el foco desde la obra perfecta hacia el caudal inagotable. La obra maestra deja de parecer un relámpago aislado y adquiere el aspecto de una consecuencia estadística. Quien escribe una vez puede acertar. Quien escribe toda la vida, a ese ritmo, acaba fundando un continente. En Dickens, la abundancia asume enseguida un carácter urbano, industrial, callejero. Publicaba por entregas. Dependía del pulso del lector. Alimentaba el apetito de una multitud. Cada capítulo tenía algo de panadería abierta al amanecer y cada entrega llegaba con el prestigio de la literatura y con la urgencia del periódico. Quien escribe una vez puede acertar. Quien escribe toda la vida, a ese ritmo, acaba fundando un continente La respetabilidad académica ha terminado por encuadernarlo, pero Dickens nació en el alboroto de la cultura popular, en el hambre de argumento, en la ansiedad del próximo episodio. Inventó al novelista como espectáculo de masas. Puso a leer a la ciudad entera.
Prince hizo algo parecido desde el otro extremo del tiempo. También él convirtió la producción en torrente. Grababa, tocaba, componía, corregía, desechaba, recuperaba, regalaba canciones a otros, se duplicaba en proyectos paralelos, parecía dormir dentro del estudio como Dickens parecía dormir dentro de Londres. Cuanto más se conoce su archivo, más inverosímil se vuelve su energía. Un creador común organiza su carrera.
Prince organizaba una fuga hacia delante. Ni siquiera acumulaba canciones. Acumulaba posibilidades. El escritor
Charles Dickens sobre 1860. (Getty/Hulton Archive/John & Charles Watkins) Hornby (Alta fidelidad, Fiebre en las gradas, acierta cuando se resiste a idealizar la opulencia de la abundancia. La fecundidad no garantiza pureza. Trae consigo irregularidad, exceso, arbitrariedad, zonas menores, caprichos, materiales de transición. Y precisamente ahí está una de las intuiciones más finas del ensayo. La grandeza suele llegar rodeada de desorden. Quien produce en cantidades industriales tiende a ensuciar, repetir, exceder. Y encuentra. Cada hallazgo viene precedido por una selva. La posteridad practica después sus podas y sus antologías, deja unas piezas en el museo y manda otras al trastero. El artista, mientras tanto, ha seguido trabajando. Ahí comparece también la coartada de la infancia, aunque Hornby la maneja con prudencia y sin esa pornografía emocional que tanto seduce a la crítica contemporánea. Dickens en la fábrica de betún, con la humillación social tatuada para siempre.
Prince saltando de casa en casa, amparado por sótanos ajenos y por la música como forma de intemperie. Dos biografías atravesadas por la precariedad. Dos caracteres endurecidos muy pronto. Más que trauma, de ahí proviene una economía moral. El trabajo supera la condición de un valor burgués y se convierte en una manera de agarrarse al mundo. Dickens transforma la herida en repertorio narrativo.
Prince transforma el desamparo en músculo musical. Ambos encuentran una salida construyendo sin tregua. Lo más atractivo del ensayo reside en que nunca se confunde la fecundidad con la virtud. Hornby sabe que esa energía reviste aloja el don y la condena. Dickens agotó su cuerpo en lecturas públicas, caminatas, novelas gigantescas, periodismo, viajes, vida social.
Prince avanzó con la voracidad de quien siempre oye una canción más al otro lado de la medianoche. En ambos casos aparece una mezcla de esplendor y castigo. Su potencia creadora fascina, pero también inquieta. Trabajar en régimen de combustión.
Prince en 2011. (Reuters/Archivo/Olivia Harris) Y, sin embargo, cuesta apartar la mirada del cráter. Quizá porque Hornby desenmascara una época, la nuestra, que venera la creatividad pero desconfía del esfuerzo continuado. Se celebra el fogonazo, la ocurrencia, el talento como marca personal. Dickens y
Prince representan otra religión. La del oficio llevado hasta la exasperación y la del artista que aparece cada mañana, o cada noche, y vuelve a ponerse manos a la obra sin solemnidad. Por eso funciona el emparejamiento. No por extravagante. Dickens y
Prince entendieron que producir también constituye una forma de pensar. Escribiendo se descubre aquello que se quería escribir. Grabando se descubre aquello que se quería componer. El trabajo deja de ejecutar una idea previa. La fabrica. Hornby ha escrito un alegato contra la pereza mitológica con que solemos contemplar el arte. La genialidad quizá no se parezca a una epifanía. Quizá se parezca a una obsesión. Existe una forma bastante prosaica de admirar a los artistas que consiste en atribuirles el talento como quien atribuye la altura, el color de ojos o la buena dentadura. Venía de serie, le tocó la lotería genética.
Nick Hornby (
Redhill, Inglaterra, 1957) prefiere otra vía mucho más incómoda y mucho más fértil. Le interesan los creadores que trabajan con una saña impropia y los que convierten la vocación en metabolismo. Mano de obra y taxímetro. Grafomanía.