Desde 1996,
Sergey Loznitsa lleva documentando la historia política de Europa a través del documental, pero también de la ficción. Desde sus primeros cortometrajes, que capturan el día a día -a veces surrealista- de los habitantes de una Unión Soviética recién venida abajo, hasta Dos fiscales, este drama burocrático ambientado en 1937, el director ucraniano ha explorado a lo largo de su filmografía cómo afectan las estructuras estatales al ciudadano de a pie, ya sea en clave de dramedia negra y surrealista como Donbass (2018), sobre la propaganda en un territorio en conflicto; en clave de drama, como Krotkaya (2017); en clave de documental con imágenes actuales, como Austerlitz (2016), sobre el turismo de campo de concentración; o la impresionantemente sobrecogedora Sobre la historia natural de la destrucción (2022), que rescata metraje real de los bombardeos de la RAF sobre la Alemania nazi: su trabajo con el archivo fílmico es impresionante. Tras haber competido por la Palma de Oro en el pasado Cannes, Loznitsa también presentó en Seminci Dos fiscales, que por fin llega a los cines españoles, una tragedia kafkiana que nos traslada al periodo del "ascenso del terror estalinista", cuando
Stalin, ya bien asentado en el poder, empieza a llevar a la realidad su propia distopía autocrática, cuya gran baza es la burocracia, como forma de agotar y aplastar al ciudadano frente al sistema. En Dos fiscales, Loznitsa -quien estudió Matemáticas Aplicadas antes de pasar al cine-, recupera Dva Prokurora, el libro autobiográfico de
Georgy Demidov, un físico soviético al que un día de 1938 lo llaman a una comprobación de pasaportes... que duró 18 años. Además de las casi dos décadas que Demidov pasó en prisión, su libro, escrito en los años sesenta, no pudo publicarse hasta 2008, como muestra del borrado que de muchos testimonios de la represión hizo el estalinismo. Otro momento de 'Dos fiscales', de
Sergey Loznitsa. (Wanda) Cómo maneja el tiempo, el director. Al contrario que en un thriller convencional, aquí la tensión reside en la espera. Cómo compone unos bellísimos cuadros, cada uno una obra de arte en sí. El formato cuatro tercios enmarca unos espacios austeros y funcionariales limitados a una gama cromática de ocres y grises que nos transportan directamente a la alienación administrativa. Cómo nos cuenta el final del idealismo revolucionario a través de la mirada de un joven fiscal de provincias, interpretado por un
Alexander Kuznetsov con un rostro absolutamente cinematográfico. Y rompe la monotonía ese humor cáustico de Loznitsa que señala la contradicción, la mentira, la grieta en el discurso oficial y en la pantomima que representan todos los personajes en este teatrillo institucional. Kuznetsov en otro momento de la película. (Wanda/ Filmin) Son pocas secuencias las que construyen Dos fiscales, pero todas ellas transmiten a la perfección las malas artes del aparato soviético, que intenta disuadir al protagonista de su propósito de revisar el caso de un hombre que le hace llegar una nota manuscrita desde su celda, en la que declara su inocencia. El relato comienza cuando a un prisionero de larga estancia le encomiendan quemar un saco de cartas de presos que apelan a
Stalin para que reconsidere sus penas. Entre todas las misivas se escapa una de ellas, escrita con sangre por un tal Stepniak (Alexander Filippenko), que pide la consulta de un fiscal. Kornev, que así se llama el fiscal idealista, tiene fe ciega en el sistema y piensa que, en el improbabilísimo caso de que exista una falla, el propio gobierno lo corregirá. El director sigue entonces a Kornev a través de cárceles, despachos, pasillos y ministerios, como en aquella prueba en la que Astérix y Obélix deben conseguir el formulario a38. Kornev espera y espera de silla en silla, mientras los funcionarios intentan minar su aliento. Pero Kornev tiene un objetivo muy claro y no piensa desistir. Sin embargo, la paranoia empieza a hacerse presente, de manera sutil, porque todo el mundo puede ser los ojos mentirosos del sistema en esta psicosis colectiva soterrada que se ha convertido para entonces la Unión Soviética. La propuesta de los espacios y de la narración es laberíntica y circular. La puerta de acceso que el espectador conoce al principio adoptará al final otro significado. Loznitsa revela información desde los de fuera del cuadro, que utiliza como recurso cómico de una manera ingeniosa y hasta cruel. Porque las películas de Loznitsa aúnan belleza, humor y crueldad en la representación del absurdo de las guerras y los totalitarismos en una filmografía que lo consolida como uno de los autores más interesantes del cine europeo contemporáneo. Desde 1996,
Sergey Loznitsa lleva documentando la historia política de Europa a través del documental, pero también de la ficción. Desde sus primeros cortometrajes, que capturan el día a día -a veces surrealista- de los habitantes de una Unión Soviética recién venida abajo, hasta Dos fiscales, este drama burocrático ambientado en 1937, el director ucraniano ha explorado a lo largo de su filmografía cómo afectan las estructuras estatales al ciudadano de a pie, ya sea en clave de dramedia negra y surrealista como Donbass (2018), sobre la propaganda en un territorio en conflicto; en clave de drama, como Krotkaya (2017); en clave de documental con imágenes actuales, como Austerlitz (2016), sobre el turismo de campo de concentración; o la impresionantemente sobrecogedora Sobre la historia natural de la destrucción (2022), que rescata metraje real de los bombardeos de la RAF sobre la Alemania nazi: su trabajo con el archivo fílmico es impresionante.