Cuando el epidemiólogo Oriol Mitjà (
Arenys de Munt, 1980) irrumpió en los medios de comunicación para informar sobre la propagación de la Covid, defender las vacunas y alertar de los contagios, pocos podían imaginar que aquel hombre, aparentemente sereno y confiado ante las cámaras, libraba en su interior una gran batalla.La trayectoria del investigador, jefe de sección de Enfermedades Infecciosas en el
Hospital Germans Trias i Pujol y asesor de la OMS (Organización Mundial de la Salud), ha estado atravesada por una infancia marcada por el acoso escolar, la ausencia de sus padres y una personalidad extremadamente perfeccionista, así como por distintas obsesiones, trastornos y varios episodios de depresión. Su historia es el ejemplo de que nadie está completamente a salvo del vacío de sentido. Tras años de sufrimiento en silencio, ha decidido poner palabras a sus vivencias en su último libro, Donde nace la luz (Temas de Hoy), un relato íntimo y testimonial con el que busca romper estigmas y ofrecer una voz capaz de aliviar a quienes conviven con la depresión.Cuando aparece por primera vez la depresión, sientes que eres el único en el mundo que lo vive; cuesta imaginar que alguien más pase por lo mismoOriol MitjàMédico e investigadorSu primer contacto con la depresión fue a través de su madre, cuando usted era un niño. ¿Qué recuerda de aquella etapa?Mi madre tuvo depresión cuando yo tenía entre 12 y 20 años. Nunca sabía cuándo volvería a apagarse, cuándo bajaría las persianas de su habitación para desaparecer durante días. Intentaba darle ternura, pero no tenía las herramientas para acompañarla de una forma que realmente le ofreciera apoyo emocional. No entendía que no pudiera levantarse de la cama porque el cuerpo no le respondía; que conviviera con pensamientos oscuros ni que la tristeza le impidiera sonreír incluso a sus hijos.Con 19 años, recibe una llamada de despedida, corre hasta su casa y logra salvarle la vida, ¿qué se siente ante el abismo de perder a una madre?Recuerdo perfectamente aquel momento porque se me quedó grabado en el corazón. Es una desesperación atroz: pensar que estás perdiendo lo más importante de tu vida y, al mismo tiempo, saber que todo está ocurriendo en ese preciso instante. Mientras vas en el coche intentando llegar a casa, tratando de salvarla, no sabes si llegarás a tiempo, ni de dónde sacarás las fuerzas. Es desolador. No comprendí por lo que estaba pasando hasta que lo viví en primera persona. De hecho, cuando aparece el primer episodio de depresión, es común creer que eres la única persona en el mundo que está sintiendo eso. Es un dolor tan intenso que resulta difícil imaginar que alguien más pueda estar pasando por lo mismo. Sientes que desapareces en vida.Lee también¿Cuándo le llegó a usted ese primer episodio?Fue en el año 2009. Trabajaba como médico residente en Medicina Interna e Infectología, en Vall d’Hebron. Fue un año con muchos estresores externos, sufrí mucha ansiedad en el trabajo y la pérdida de mi abuela, una persona muy importante en mi vida. Cada vez estaba más triste, pero lo que más me impactó fue el cambio en mi personalidad. Hasta entonces, había sido una persona entusiasta, que vivía con intensidad y con un fuerte sentido de propósito. De repente, todo eso desapareció: la vida dejó de tener valor, de tener sentido, de merecer la pena. Se apagaron los colores y todo pasó a verse en blanco y negro. Incluso los sonidos se convirtieron en un ruido incomprensible. El día en que tomé conciencia de ello fue cuando sentí que me había desconectado por completo de este mundo.Nadie sabía que vomitaba, que bebía alcohol o que me refugiaba en el trabajo. Sientes lástima de ti mismo y te avergüenza contarlo y sentirte frágilOriol MitjàMédico e investigador¿Hasta qué punto la pandemia agravó el problema?Quiero aclarar que la depresión se manifiesta en episodios. Cuando atraviesas uno, lo sientes todo con una intensidad abrumadora. Pero, cuando sales —a veces en unos meses, otras en años—, sigues siendo igual de funcional, con las mismas capacidades analíticas, de juicio y de toma de decisiones; incluso, en ocasiones, esas capacidades son superiores a las de los demás, si eres una persona perfeccionista, detallista, que busca la máxima precisión y excelencia. Yo volví a España desde Papúa Nueva Guinea, donde viví diez años, en diciembre de 2019 y estaba bien. Durante toda la crisis del covid trabajó muchísimo...Sí. Durante 2020 y 2021 no estaba deprimido, pude trabajar perfectamente y rendir jornadas de hasta 15 horas al día, con una gran exposición mediática. Fue después de todo eso, ya en 2022, cuando la presión externa se acumuló y acabé cayendo de nuevo al vacío. Aunque entonces ya había vacunas y las olas empezaban a disminuir, yo seguía teniendo muchísimo trabajo. Aguantaba como podía durante el día, pero, al llegar a casa, me rompía.¿Era consciente su entorno por lo que estaba pasando?No, siempre he tenido vergüenza de contarlo. Intentas sonreír hacia fuera y hacer ver que todo está bien. Hay ciertos hábitos de los que también te avergüenzas. Nadie sabía que vomitaba, que bebía alcohol o que me refugiaba en el trabajo. Desde fuera veían que siempre estaba ocupado, pero no percibían el motivo: estaba intentando calmar la ansiedad. Al final, sientes lástima de ti mismo y te avergüenza sentirte tan frágil. Además, no quieres hacer sufrir a las personas que tienes cerca. Y tampoco sabes si lo van a comprender o si pensarán que estás exagerando. Y, como no hay un parámetro clínico que indique cuán triste estás, tampoco puedes demostrarlo. No puedes decirle a tus padres o a tu hermano: “Mira, estoy en un diez sobre diez de tristeza”. Desde fuera, muchas veces la depresión se tiende a confundir con pereza y se percibe como una forma de evitar responsabilidades. Por eso es importante legitimarla.Oriol Mitjà fotografíado por La Vanguardia en 2022Xavier Cervera / PropiasEn febrero de 2022 toca fondo e intenta quitarse la vida…Venía de todo un periodo de desgaste y sentí que estaba demasiado cansado de vivir. No encontraba sentido a seguir esforzándome, porque el esfuerzo de vivir no me compensaba. En ese momento, simplemente piensas que quieres descansar. Es un pensamiento muy claro, muy nítido. Cuando estás así de hundido, incluso te parece natural.¿De dónde sacó la fuerza para seguir adelante?La fuerza aparece en los demás. Llega un momento en que comprendes que estás mal y que necesitas que alguien te acompañe y te vea. En mi caso, acudí al psiquiatra y me dijo: “estás así de mal”. Ajustamos la medicación y empecé a encontrarme un poco mejor. Las fuerzas no aparecen de un día para otro. Poco a poco empiezas a ver que existe la posibilidad de salir de un lugar del que parecía imposible escapar, y vas recuperándote progresivamente. Y, cuando recuperas el estado de ánimo, entonces sí puedes empezar a hacer introspección. Preguntarte por qué has llegado a un punto tan grave y qué puedes cambiar para evitarlo en el futuro.Hay quien cuestiona si he sido capaz de tomar decisiones durante la covid; en el fondo, esto revela que el estigma sigue ahí
Oriol MitjàMédico e investigador¿Encontró respuestas a sus “porqués” en esa introspección?En mi caso, entendí que me estaba exigiendo demasiado a mí mismo, y eso me había llevado a un nivel de estrés extremo. Esa autoexigencia nacía del miedo a no ser validado por los demás, un miedo que tiene que ver con heridas del pasado y con interpretaciones exageradas de rechazo.Sin embargo, sostiene que es en la herida y en la grieta del dolor donde nace la luzEs el dolor el que te permite parar y abrir los ojos. La tristeza, desde un punto de vista biológico, cumple precisamente esa función: sientes la pérdida de algo y recapitulas. Tras un funeral o después de haber vivido un accidente grave, te replanteas la vida y piensas: espera, estoy viviendo una vida que no es la mía. Lo que ocurre es que, con el paso de los meses, tendemos a olvidarlo y la grieta vuelve a cerrarse. Por eso es importante que ese hilo de luz, tan fino pero poderoso, siga entrando, y que mantengas la conciencia de qué es lo que realmente deseas para ti. Las personas que han atravesado esas grietas son, para mí, las que acaban encontrando calma en las cosas más sencillas. Suelen ser más empáticas, porque han experimentado el dolor en su propio cuerpo y pueden reconocerlo también en el de los demás.Lo único que puedes hacer por alguien sumido en la oscuridad es susurrarle: “Estoy aquí para lo que necesites”, sin juzgar ni exigir entender lo que sienteOriol MitjàMédico e investigador¿Qué le diría a alguien que no encuentra ese hilo de luz?Sucede algo con la depresión, y es que te mantiene con la cabeza gacha, sumido en una niebla oscura que no te permite levantar la vista para ver la luz. En ese estado, lo único que puedes hacer por alguien es susurrarle: “Estoy aquí para lo que necesites”, sin juzgar, sin exigir entender lo que siente. Y, poco a poco, en el momento oportuno, recordarle que existe la posibilidad de alzar la cabeza, de encontrar un rayo de luz; que la vida, aunque ahora no lo perciba, puede volver a ser digna de ser vivida.Sergi, su pareja, ha sido su salvavidas. ¿Cómo impacta la depresión cuando se instala en una relación?Hay días tristes, en los que la pareja se encierra en casa, deja de disfrutar de cosas que antes compartían o pasea en silencio. Algunas amistades se enfrían y se pierden vínculos. Ni los amigos quieren estar con alguien triste ni la persona que lo está tiene muchas ganas de socializar. Eso es duro, pero, al mismo tiempo, también puede fortalecer el vínculo: aparece un amor más consciente, más cuidador. Aun así, no hay que negar que en casos de depresiones muy graves surgen también la frustración y la rabia. Como la que sufrió su madre, que también estuvo acompañada por su padre... Exacto. Durante meses, la persona no puede levantarse de la cama y el cuidador siente que, de algún modo, también está perdiendo su propia vida. Es importante subrayar que hay dolor no solo en quien padece la enfermedad, sino también en quien cuida. Y ese dolor también necesita atención: hay que cuidarlo, mimarlo y darle espacio para encontrar momentos de descanso y recuperación.Lee tambiénHabrá sido duro para sus padres leer el libro…Solo hay algo más difícil que desnudarte delante de todo un país: hacerlo delante de tu familia. Nunca había compartido con ellos muchas de las cosas que están escritas. Al leerlo, sintieron que no lo sabían todo y, en parte, se culpaban por no haber hecho más.¿Qué les transmitió cuando le expresaron esa culpa?Les dejé claro que no podían haber hecho nada diferente. El libro nos ha permitido hablar de lo que antes era tabú y entendernos mejor, sin esperar a que sea demasiado tarde. También he comprendido que ellos no pudieron darme más porque no tenían la posibilidad: estaban atravesando situaciones mucho más graves. Muchas veces vemos a los padres como figuras todopoderosas, como si todo lo pudieran y todo lo resolvieran, pero no es así: también se equivocan, también tienen límites y también sienten. He sido una persona triste, sí, pero también me he sentido muy querido. Mi agradecimiento hacia mis padres, mi hermano, mi familia y Sergi es infinito.Habla para romper estigmas, ¿lo ha conseguido?Hasta ahora, las reacciones han sido muy positivas, pero, al mismo tiempo, me planteo si la sociedad —quienes no han vivido la depresión— está realmente preparada para dar ese paso y ser comprensiva, o si empezarán a aparecer voces críticas que digan que exagero, que me victimizo o que las personas con depresión somos demasiado frágiles para asumir responsabilidades. Incluso hay quien cuestiona si he sido capaz de tomar decisiones durante la covid. En el fondo, esto revela que el estigma sigue ahí, profundamente arraigado, y que persiste una gran incomprensión sobre lo que es realmente la depresión.Periodista en el equipo de Audiencias de La Vanguardia. Antes, en el equipo de Redes Sociales. Graduada en Periodismo y Comunicación Corporativa por la Universidad Ramon Llull.