Esta es la 85a entrega de ‘Después de los 60’, la sección de testimonios sénior donde recogemos experiencias vitales en esta etapa de la vida. Nos puedes hacer llegar tu historia a seniors@lavanguardia.es.Dice
Sabino Antuña que su primer viaje lo completó a los 12 años, cuando hizo tres transbordos nocturnos en tren para ir de
Gijón, su tierra natal, hasta
Zudaire, en
Navarra. “Me pasé toda la noche mirando por la ventanilla y observando los túneles, me apasionó”, recuerda con ternura. Y curiosamente, fueron esos 400 kilómetros los que más le cambiaron la vida, porque fue en ese preciso momento cuando se dio cuenta de que su destino era viajar.Ahora, a las puertas de los 90 años, los datos lo avalan: ha visitado los 193 países que conforman la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y hace unos años fue premiado como el aventurero número uno del Club Internacional de Grandes Viajeros, que confirma haber pisado hasta 245 lugares. Sin embargo, el gijonés insiste en haber estado en unos 270 territorios con autonomía suficiente para ser considerados naciones, un modo de vida que cogió más carrerilla cuando se jubiló. Sin ir más lejos, el año pasado y a sus 88 años, visitó unos veinte.Ingeniero industrial de profesión, durante décadas viajó por trabajo, aunque siempre encontró la manera de estirar esos desplazamientos como si fueran una segunda vida paralela. Por señalar un lugar en el mapa, África fue uno de sus grandes territorios de exploración, pero no solo por encargo laboral. Y es que cuando una empresa lo enviaba a la zona, él se apañaba para cruzar más fronteras. “Si tenía que ir al
Chad, bajaba después a
República Centroafricana o cruzaba hacia
Sudán; y si veía que el trabajo me llevaba menos tiempo del previsto, me quedaba una o dos semanas más”, explica.Cuando se jubiló en 1997, ya sin obligaciones, viajar se convirtió en su absoluta razón de ser. “Fue a partir de los 60 cuando empecé a viajar con mucha más intensidad y a disponer de todo mi tiempo”, recuerda. Entonces, lejos de tomarse un periodo de descanso, encadenó aventuras en
Namibia, el Kalahari,
Bután, Corea del Sur, Uganda, Malí o Cabo Verde. En 1998 viajó con su hijo a Mongolia y solos cruzaron el desierto del Gobi en un jeep ruso durante una semana. O en 2001 llegó a Corea del Norte y a
Afganistán, en pleno periodo talibán. Fue el mismo año que completó los 193 países reconocidos por Naciones Unidas. “Ahí ya había cumplido prácticamente todo lo que se puede cumplir en cuanto a países”, admite, aunque sabía que ese no era, para nada, su cierre. “El mundo no se acaba cuando terminas una lista”, reflexiona, y lo siguió demostrando. Por ejemplo, en 2002 alcanzó el Polo Norte geográfico a bordo de un rompehielos ruso y recorrió la garganta del Yangtsé en China, un país al que ha regresado hasta en diez ocasiones. Y así hasta (casi) el infinito, con una colección de pasaportes que supera la veintena. “Cuando empecé a viajar no existían las fotocopias, y debía tener 2 o 3 pasaportes para poder conseguir el visado en los sitios que no tenían embajada en España”, explica para ilustrarlo.Curiosamente para alguien que ha estado muchas veces en diversos lugares, uno de los mayores consejos que tiene para los viajeros es precisamente no repetir destino. “Cuando un sitio te enamora, te equivocas volviendo al cabo de 10 años; no tienes que volver, el viajero lo tiene que guardar en su corazón y su patrimonio sentimental”, argumenta. Cuando empecé a viajar no existían las fotocopias, y debía tener 2 o 3 pasaportes para poder conseguir el visado en los sitios que no tenían embajada en EspañaSabino Antuña89 añosLee tambiénPor ejemplo, él visitó Bora Bora en los años setenta, cuando todavía era un enclave pequeño y poco alterado. Décadas después regresó. “Había unos 400 habitantes y cuando volví 15 años después ya eran unos 14.000; lo habían estropeado todo y estaba lleno de hoteles”. Y reafirma que el recuerdo de los viajes “es como las relaciones: si fue bueno a la primera, hay que guardar el recuerdo así”.Sin embargo, si ahora Sabino vuelve a muchos de los lugares que le hicieron feliz, es por su mujer, Charo Riera. Hace años que empezó a viajar junto a ella y, con el tiempo, se ha convertido en su compañera habitual de ruta. Es por ello que este gijonés regresa a lugares ya conocidos y que le enamoraron en su día, para que su pareja tenga la oportunidad de descubrirlos. “Lo hago por ella, es una forma de amor”, aclara.Sabino, atravesando el Canal de Suez en 2024. CedidaAdemás, Sabino tiene un tip muy concreto que quiere hacer extensible a todos los que viajan. “Jamás hay que facturar viajando: yo nunca facturo, ni cuando fui al Polo Norte, a la Antártida o a atravesar un desierto; lo llevo todo en una maleta de ruedas de 9 o 10 kilos, eso es lo máximo. Con una maleta se puede viajar por el mundo entero”, ratifica.Preguntado sobre cómo interfiere su edad en este modelo de vida, Sabino guarda unos segundos de silencio, como si los casi 90 años que tiene no fueran con él. “No soy muy consciente de mi edad y no me había dado cuenta del valor que tiene”, razona. Tampoco dice tener ningún achaque físico ni tener dificultades logísticas. Al contrario. “La informática nos ha ayudado; ahora sacar un billete es muy fácil y lo tienes directamente en el móvil”.No soy muy consciente de mi edad y no me había dado cuenta del valor que tieneSabino Antuña89 añosHistorias séniors‘Después de los 60’En La Vanguardia queremos recoger tu historia sénior. ¿Has cambiado de vida a los 60 y tantos? ¿Has llevado a cabo un hito personal que te ha sacudido? ¿Has cambiado de pareja, de ciudad, de profesión o de manera de vivir? ¿Has llevado a cabo un viaje transformador o un reto personal? Nos puedes hacer llegar tu experiencia a seniors@lavanguardia.es.De hecho, su actividad no ha disminuido con los años recientes y el último año volvió a recorrer una veintena de países. “Todavía tengo ganas, fuerzas y entusiasmo para viajar, no me planteo parar y me sigue encantando; el mundo está ahí para ser visto”, dice. También asegura que viajar le ha humanizado y ayudado a tener otras perspectivas, alejadas del centralismo. “El ciudadano europeo es bastante engreído y arrogante, menosprecia a Sudamérica, Asia o África, y cuando vas con esa actitud no aprendes nada, porque nada te interesa; cuando viajas, te das cuenta de que no eres el centro de las cosas y aprendes a observar”, apunta.Para Sabino, entonces, viajar ha sido (y es) un aprendizaje constante, no solo en lo que puede absorber de los sitios a los que va, sino también echando un ojo a su interior. “Me ha servido para ser más reflexivo, comprensivo y observador”, añade. A sus 89 años y con una salud de hierro, la gente sigue sorprendiéndose de una trayectoria viajera tan dilatada, que continúa cultivando y que no tiene previsto dejar de desarrollar hasta que el cuerpo diga basta.Sabino, en una imagen tomada en Burdeos en 2025. CedidaY concluye con una reflexión vital final: “He utilizado mi tiempo, lo he aprovechado con mis hijos y mi familia, he hecho lo que me quería de forma intensa; puedo morirme porque he hecho lo que me gustaba y estoy orgulloso de haberlo cumplido de una forma agradable y satisfactoria, aportándome mucha alegría; creo que lo he hecho bien”. Graduada en Periodismo por la UAB y máster en Periodismo Político Internacional en la UPF. Coordinadora del canal Longevity