El final de Love Story: John F. Kennedy Jr. y
Carolyn Bessette se emitió el jueves, cerrando una de esas series que, sin ser brillantes, consiguen algo más difícil: convertirse en fenómeno, y hacerlo no tanto por lo que cuentan como por lo que despiertan. En este caso, una obsesión colectiva con sus protagonistas (interpretados por los ahora conocidos
Sarah Pigeon y
Paul Anthony Kelly) que dice más del presente que de los años noventa.Algunos datos que ayudan a dimensionarlo: más de 25 millones de horas de streaming al llegar el quinto episodio; subastas que convierten prendas en reliquias (un abrigo de
Prada vendido por cerca de 200.000 dólares, una chaqueta de
Yohji Yamamoto por 12.500); la droguería
C.O. Bigelow de Nueva York desbordada porque en sus 188 años de historia, nunca había vendido tantas diademas de carey. Un concurso de dobles de JFK Jr. que, a falta de un John John, estuvo repleto de medio Johns. El restaurante
Panna II Garden, donde tuvieron su primera cita, acumula colas en la puerta, y el edificio de
Tribeca en el que vivían se ha convertido en lugar de peregrinación, desplazando incluso al otro gran icono del barrio: la estación de bomberos de Cazafantasmas.'Love Story' John F Kennedy Jr y Carolyn BessetteFXLas redes sociales han hecho lo que mejor pueden hacer: amplificar y distorsionar. Vídeos de mujeres moviendo la melena frente al espejo, cuentas dedicadas a diseccionar cada look; otras que ironizan sobre esa imitación; y, entre todas ellas, una pedagogía improvisada sobre lo que era trabajar en moda en ese Nueva York posterior a la epidemia de sida y anterior al 11S. La serie, producida por
Ryan Murphy, funciona como un lookbook extendido de los noventa. Así era vivir en Manhattan, así se fumaba en las oficinas de
Calvin Klein, así de lápiz eran las faldas lápiz entonces. Como buen lookbook, es una versión editada, una serie de fotografías que resultan familiares sin llegar a ser reconocidas como recuerdos. Basada en la biografía Once Upon a Time: The Captivating Life of Carolyn BessetteKennedy, de Elizabeth Beller, no reconstruye tanto los hechos como la versión que resulta más legible hoy. Selecciona, ordena, suaviza. Convierte una relación atravesada por tensiones y contradicciones en un relato que el espectador puede entender, digerir y, sobre todo, desear.En esa operación, ni John ni Carolyn son perfectos, pero ambos quedan santificados. Él, el hirsuto heredero magnético; ella, la figura enigmática cuya distancia se interpreta como profundidad. Las aristas existen, pero no incomodan. No fue así como se contó entonces. En los noventa,
Carolyn Bessette-Kennedy fue tratada con una mezcla de fascinación y hostilidad que resulta difícil de conciliar con su estatus actual. Se analizaba su cuerpo, su carácter, lo que se sabía sobre ella y lo que solo se interpretaba de forma cruda e invasiva. La narrativa dominante no era la de una heroína romántica, sino la de una mujer sospechosa. Se le atribuía la magia contenida en The Rules, un libro que fue éxito de ventas en 1995 y que contenía la información necesaria para engañar a un hombre hasta el enamoramiento. Más que la historia de amor que narran los nueve episodios, se insinuaba un plan. El retrato que se hizo de Bessette era más parecido al que se atribuye en la serie al personaje de Daryl Hannah, que ha tenido que escribir una columna de opinión en el
New York Times negando comportamientos que la serie presenta como hechos y cuestionando un relato que la convierte en obstáculo necesario para que el amor triunfe. No importa el tiempo que pase, siempre tiene que haber una mala en la película. Por supuesto, en estos meses ha habido quien ha dado a Carolyn el tratamiento de entonces: el Daily Mail publicó un artículo de Maureen Callahan en el que se vuelve a atacar usando como argumento una supuesta adicción a la cocaína. No importa el tiempo que pase, siempre habrá quien utilice las adicciones como arma arrojadiza.Aunque hoy se debate en términos de unidades consumibles (camisas blancas, camisetas de Petit Bateau, Levi’s 517, jerséis de cashmere), el estilo de Bessette-Kennedy no fue un gesto aislado. Hay quien lo presenta como la destilación perfecta de una época; otros, como un producto directo de su entorno. Probablemente fue ambas cosas. Su manera de vestir condensaba una herencia muy concreta (la de Jackie Kennedy y Lee Radziwill en los sesenta y setenta) filtrada por el minimalismo de
Calvin Klein y por un sistema de moda que llevaba años afinando esa idea de elegancia contenida. A partir de la boda, también fue consecuencia de su voluntad de desaparecer. Su ropa dejó de ser únicamente estética para convertirse en una forma de protección, pero hoy se ignora esa parte en favor de titulares fragmentados: la barra de labios de Carolyn, el perfume de Carolyn. “Carolyn Kennedy caminó para que The Row pudiese correr”. El peor destino para el legado de alguien que convirtió su armario en algo personal es ser absorbido por una masa de consumidores en competición constante por convertirse en la copia más precisa.Love Story también ha funcionado porque, en lo romántico, borda la negociación con las expectativas al proponer un modelo emocional que se siente perdido. Sin apps de citas, con envío de flores a la oficina, notas de reconciliación, llamadas desde cabinas telefónicas. Una negociación que ha cabido porque nadie sabe realmente cómo fue su historia, porque casi todo quedó entre ellos. Ese margen de ambigüedad no solo protegió la relación: la hizo proyectable.Ese silencio también sirve para explicar por qué se ha convertido a Carolyn en icono. Su silencio es el margen en que se construyó buena parte de su magnetismo.Internet, en su intento por recuperar esa atmósfera, hace algo distinto: la reescribe. Convierte a Carolyn y a John en figuras casi mitológicas, depuradas de contradicciones, listas para ser consumidas, imitadas y compartidas. La serie (e Internet) los han convertido en personajes ajustados a la medida del deseo contemporáneo. Carolyn y la historia son las musas perfectas: no están cerradas ni explicadas, y por eso constituyen material ideal para el moodboard de nuestros anhelos.