“Jamás administraré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna”. El juramento hipocrático original es tan rotundo como explícito en relación al uso de la medicina para cercenar la vida.Aunque éste no es ya el compromiso que actualmente prestan los médicos, dado que la Asociación Médica Mundial ha modificado el histórico juramento en numerosas ocasiones hasta dejar en este extremo una declaración mucho más abierta: “Velar con el máximo respeto por la vida humana” en uno de sus artículos y “No emplear mis conocimiento para violar los derechos humanos y las libertades ciudadanas, ni siquiera bajo amenaza” en otro. Es decir, ya no hay referencias explícitas ni a la administración de fármacos o remedios mortales ni a la interrupción artificial del embarazo.Lee tambiénSin embargo, los argumentos a favor y en contra del aborto y de la eutanasia, como al suicidio, marcan el debate social más de dos milenios después de
Hipócrates. Ya entonces, autores como
Platón o
Epicteto eran voces a favor de la muerte piadosa –la acepción actual de eutanasia no llegó hasta
Francis Bacon ya en el siglo XVII–, y en la Antigua Roma,
Marco Aurelio,
Séneca,
Cicerón o
Suetonio también se posicionaban contra el padre de la medicina.El cristianismo acabó con el debate en Occidente, de la misma forma que lo hizo el islam en Oriente, condenando todo atentado contra la vida salvo dar muerte al infiel o al impío. La doctrina actual de ambos credos prohíben explícitamente tanto el suicidio como la muerte voluntaria asistida.Sin embargo, el concepto cristiano de piedad hizo que algunos pensadores abriesen la posibilidad de esta opción definitiva de evitar el sufrimiento terrenal ya en el Renacimiento. El primero de ellos fue
Tomás Moro, cuya aferrada defensa del catolicismo y sus agrias polémicas frente a los reformadores
Lutero,
Zwinglio o
Tyndale hacen que no sea sospechoso de herejía. De hecho, fue ejecutado por negarse a aceptar el Acta de Supremacía que declaraba a Enrique VIII como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra.El modelo de Moro reconoce la muerte piadosa con un matiz no menor: la aprobación religiosa y civil a su empeñoEn su Utopía, publicada en 1516 en latín y considerada como una de las obras magnas del humanismo occidental, Moro sitúa en su isla Utopía, ideal de una sociedad perfecta, un modelo de atención sanitaria que reconoce la muerte piadosa, siempre en casos de enfermos incurables y sometidos a sufrimiento y, en cualquier caso, se ejerza bajo su propia voluntad. Con un matiz no menor: la aprobación religiosa y civil al empeño.Ofrecemos el fragmento de la obra donde se describe esta muerte asistida no reñida con los dogmas religiosos sobre cuya interpretación también existe debate, ya que se ha venido interpretando tanto como la descripción de lo que hoy son cuidados paliativos, como una defensa de pleno derecho de la eutanasia o incluso como una simple sátira.Libro II de Utopía“Los enfermos son atendidos en hospitales públicos, de los que hay cuatro en cada ciudad (uno por cada distrito) y están situados en las afueras, siendo tan capaces que parecen poblaciones pequeñas.”A los enfermos los asisten con grandes atenciones y cuidados, sin omitir ningún medicamento ni ningún régimen que sea útil para restituirles la salud. Si la enfermedad es crónica, les hacen compañía, entreteniéndoles con conversación y prodigándoles todo tipo de alivios para consolarlos.”Pero si la enfermedad, además de ser incurable, comporta dolencias realmente constantes e insoportables, entonces los sacerdotes y los magistrados visitan al enfermo y le exhortan en estos términos:”‘Puesto que ya estás incapacitado para cumplir con las obligaciones de la vida, resultas molesto a los demás y una carga pesada para ti mismo, no debes obstinarte en prolongar esa plaga infecciosa que te consume. Como tu vida no es más que un tormento, no dudes en aceptar la muerte. Libérate de esta amarga existencia –que para ti es como una cárcel o un suplicio– ya sea quitándote tú mismo la vida o consintiendo de buena gana que otros te liberen de ella. Al obrar así, no te desprenderás de ningún goce, sino de una tortura. Además, seguirás los consejos de los sacerdotes, que son los intérpretes de la divinidad, y tu comportamiento será piadoso y santo’.”Los que se dejan convencer por estos argumentos o bien ponen fin a su vida mediante un ayuno voluntario, o se les administra un soporífero para que se extingan sin sentir la muerte.”A nadie, sin embargo, se le obliga a morir contra su voluntad, ni se le niegan los cuidados durante la enfermedad. Los que mueren de esta forma son enterrados con honores; en cambio, quien se suicida sin el consentimiento de los sacerdotes y del senado es privado de sepultura honorable y se arroja su cuerpo a un foso.”Últimas entregasEsta pieza forma parte de una serie de contenidos que recupera discursos, manifiestos y otras documentos clave de la época contemporánea para contextualizarlos desde una perspectiva histórica y con ánimo divulgativo.Redactor de la sección de Continuidad y colaborador del canal Historia y Vida. Ha trabajado en La Revista del Sábado, Deportes, Magazine y Última Hora y ha coordinado el suplemento económico Dinero. Autor de varias obras divulgativas