Hace más de 25.000 años, en una cueva cerca del Mediterráneo entre las modernas
Francia e
Italia, un adolescente fue enterrado con una redecilla con cuatro hileras de pequeñas cuentas de conchas cosidas. Mientras unos pintaban cuevas o tallaban piezas de sílex, “algún genio descubrió el sistema de retorcer manojos de pequeñas fibras endebles para obtener un hilo largo y resistente”, explica la arqueóloga
Elizabeth Wayland Barber en el reciente Los trabajos de las mujeres. Mujeres, telas y sociedad en la antigüedad. El cuerpo del adolescente se enlazaba con el de una mujer mayor, tal vez su madre, con una pulsera similar; las cuentas debían estar cosidas sobre prendas de vestir que no han resistido el paso del tiempo pero nos dicen que la costura ya era conocida entonces.Y conocido y muy estudiado es lo que vino después, las prendas que se hilaban y tejían por necesidad pero pronto también por economía. La historia de los tejidos es la del mundo, la de la obtención de materias, del comercio, de la industria con la máquina de vapor, del colonialismo con las plantaciones de algodón y la esclavitud que llevaron aparejadas, de la moda. Todo se ha estudiado a fondo... excepto el papel de las mujeres, pese a su consideración como un trabajo femenino .Dechado español en lino,1867, con el abecedario como motivo y la leyenda 'Cuando se corona un gusto en dos corazones fieles, una llave los maneja y un ancla los mantiene', muy popular en la época”,Cortesía Metropolitan Art Museum, Nueva YorkDechados, registros de puntadas y vidasUn dechado puede ser un ejemplo de virtudes o de maldades, también un paño con muestras de puntadas para aprender a coser. En realidad, es mucho más que eso, “es un testimonio, el registro del paso por la vida de muchas mujeres que de otra manera habrían desaparecido para siempre de los testimonios históricos. Su nombre, firma o fecha bordada en los dechados son, al menos, una huella de su existencia”, según la investigadora
Ana M.ª Ágreda Pino citada por la especialista en tejidos
Cecilia López Pérez en un texto del
Museo del Traje de Madrid. Parafraseando a la
RAE, los dechados son un muestrario de vidas contadas de otra manera y que hasta ahora habían recibido poca atención.Ya en el siglo XVI los libros de patrones textiles eran utilizados por las mujeres de clases altas. Los dechados eran más fáciles de interpretar y más prácticos para ver por las dos caras cómo se hacían los bordados, así se podían crear y copiar nuevos motivos con los que decorar telas y prendas de vestir y, importante, confeccionar el ajuar. Con la evolución de las modas también lo hacen los dechados, se modifican el número de cenefas y su inspiración, se introducen la influencia morisca, también paisajes y escenas costumbristas, hasta acabar centrándose desde mediados del siglo XIX en el abecedario en diferentes puntos.Documentos en tela que aportan mucha información sobre tejidos y bordados, pero también sobre quienes trabajaron en ellos, las niñas que los confeccionaban como parte de su formación, en España la costura fue obligatoria para ellas en las escuelas hasta la década de 1970, y lo que nos dice esta práctica sobre el lugar reservado a las mujeres. A partir del siglo XVII se empiezan a firmar, las pequeñas bordadoras incluyen detalles personales, árboles genealógicos, se reproducen oraciones y se transmiten valores sociales a través de frases y refranes sencillos. No sólo se trata de costura. Una producción bibliográfica reciente viene a llenar estos huecos, mientras que los museos reconocen la importancia de los tejidos; un ejemplo es el proyecto Memoria, tejidos, museos. Los barrios bajos de la atención , desarrollado por el ministerio de Cultura y en el que se invita a repensar este material “entre la monumentalidad vertical de los tapices a la humildad pedagógica de los dechados, pero que son también pedazos de vida, de historia cotidiana —si entendemos la historia como lo que realmente pasa a través de la gente, no como lo que cuenta el poder a través de los libros”, explican sus comisarias, Selina Blasco y Patricia Molins.Durante miles de años, posiblemente desde aquellas cuentas del adolescente del Paleolítico, las mujeres se han reunido para hilar y coser juntas. ¿En qué momento se convirtió en una ocupación femenina? Barber cita a la historiadora Judith Brown, quien en su pequeño ensayo Note on the Division of Labor by Sex explica que el hecho de que una comunidad cuente o no con las mujeres como fuente principal de un determinado trabajo depende de “la compatibilidad de esa actividad con las exigencias del cuidado de las criaturas”.Pañuelo sufragista, 1900, Gran Bretaña GettyUN PAÑUELO BORDADO PARA LA LUCHA SUFRAGISTA. Los estandartes han acompañado siempre las demandas sindicales o políticas. A principios del siglo XX, el sufragismo hizo una relectura de los tejidos y bordados, una práctica de mujeres, para reivindicar el voto y refutar al tiempo las acusaciones de ser “poco femeninas”; así, estos estandartes se convirtieron en un argumento en sí mismos. Mary Lowndes escribió una guía para su confección, recomendando el violeta y el dorado como símbolos de ambición y el verde de esperanza. Y aunque sólo sea por la lactancia, ese cuidado ha recaído en las mujeres, de manera que para evitar perder el trabajo productivo femenino durante los años de crianza, estas actividades debían ser compatibles con el “cuidado simultáneo de los niños”. La costura cumple con esas características de teletrabajo pretérito: se puede realizar en el hogar, en principio seguro para la prole. Y así la costura, junto con la preparación de comidas, también imprescindible y también llevada a cabo en el hogar o similares, quedó reservada a la mujeres.Una labor indispensable para la economía doméstica, la confección de la ropa de la familia, hasta hace relativamente pocas décadas, y también para las economías locales y nacionales. La producción de hilos, la labor de tejedoras y bordadoras resultó imprescindible para las producciones preindustriales.Los básicosLIBROSElizabeth Wayland Barber Los trabajos de las mujeres. Mujeres, telas y sociedad en la antigüedad Capitán Swing 352 páginas 22,80 eurosVirginia Postrel El tejido de la civilización. Cómo los textiles dieron forma al mundo Siruela 344 páginas24,70 eurosClare Hunter Hilos de vida. Una historia del mundo a través del ojo de una aguja Capitán Swing 336 páginas22,80 eurosAna Garriga / Carmen Urbita Instrucción de novicias. Vidas del convento barroco para guiar tu presente Blackie Books 288 páginas 20,90 eurosEXPOSICIONESTeresa Lanceta Museo Arqueológico NacionalMadrid Del 19 de mayo al 1 de noviembreEva Lootz Museo de América Madrid Fechas por confirmar. Estas exposiciones se inscriben en el proyecto ‘Memoria, tejidos, museos. los barrios bajos de la atención’, del ministerio de Cultura. Tejiendo la vida cortesana Galería de las Colecciones Reales Madrid Junio 2026Mujeres con telas pesadas– trajes tradicionales – historias de vida Museo de Cultura Europea Berlín Hasta el 29 de marzo del 2027 Virginia Postrel explica en El tejido de la civilización. Cómo los textiles dieron forma al mundo que a partir del Renacimiento, la representación visual de la industria era una mujer tejiendo hilo, como los dos retratos de Maarten van Heemskerch de Anna Code y Pieter Gerritz Bicker que se conservan en el Rijksmuseum de Ámsterdam, ella sentada ante una rueca con un huso, él con un libro de contabilidad y unas monedas. Y no sólo era así en Occidente: “la buena mujer es la que trabaja todo el tiempo con la charkha (rueca)”, escribió en 1350 el poeta hindú Abdul Malik Isami.Pero, ay, ya lo dice el refrán, que unos cardan la lana y otros llevan la fama. Clare Hunter analiza en Hilos de vida. Una historia del mundo a través del ojo de una aguja el tapiz de Bayeux, una joya del siglo XI de casi 70 metros de largo en el que se narran los preparativos de la conquista de Inglaterra por los normandos, que culminó en la batalla de Hastings.De hecho, no se trata de un tapiz, sino de bordados, pero “este error en la denominación lo elevaba de la indignidad de cualquier asociación con la labor de aguja femenina, que desde los siglos posteriores a su creación se había ido convirtiendo en una forma de arte cada vez más devaluada”, señala Hunter.Bordado de María Estuardo y Elizabeth Talbot, Condesa de Shrewsbury Victoria and Albert MuseumMENSAJES Y PODER. La reina escocesa María Estuardo (1542-1587) hizo de sus bordados una forma de comunicación durante su cautiverio: transmitían información y reivindicaban su legitimidad de reina. Vivió en una época en que el bordado constituía una de las formas más poderosas de comunicación. Efectivamente, ese tapiz, considerado actualmente un tejido narrativo y ahora tan apreciado que su salida desde
Francia para ser exhibido en el British Museum de Londres a partir de septiembre ha provocado una intensa polémica, por el temor a que pueda sufrir algún daño en el traslado, fue despreciado en los siglos posteriores, incluso Charles Dickens llegó a decir que era obra de “torpes aficionadas”.Entre la aguja y la plumaAna Garriga y Carmen Urbita, Las Hijas de Felipe en su exitoso podcast sobre el barroco español, son investigadoras de la cultura (fundamentalmente literaria, especifican) de los siglos XVI y XVII; en esta calidad, la primera vez se toparon con la costura y los tejidos fue leyendo a la escritora María de Zayas (1590-c. 1653). “En uno de sus prólogos, la autora intentaba desasirse del tópico que insistía en que las mujeres no debían empuñar la pluma sino, exclusivamente, la aguja. Zayas veía aquella asociación de lo femenino con la costura como un peso incapacitante, pero otras muchas autoras de la época, como pronto descubrimos, decidieron aferrarse precisamente a la costura como gesto de autoría femenina y como metáfora de un modo alternativo de narrar”, explican a Cultura/s.De reciente publicación, en su libro Instrucción de novicias hacen un recorrido por las monjas del barroco; les preguntamos por la función de la costura como medio de comunicación en aquella esfera: “¡desde luego! De comunicación y de transmisión de todo tipo de saberes. En muchas ocasiones, las labores textiles dentro de la clausura eran una prolongación de la orientación pedagógica e incluso científica que la costura podía llegar a tener en el espacio doméstico”.Ponen como ejemplo a Cecilia del Nacimiento y María de San Alberto, dos hermanas, carmelitas descalzas, de la segunda mitad del siglo XVI cuya madre les había bordado sobre una bola de corcho los mares y los ríos que había ido memorizando en los libros de cosmografía y en los mapas que adornaban las paredes de su casa. Cecilia no solo transmitió a sus hijas la aplicación de labores textiles a la complejidad de ideas geográficas y cosmográficas, sino que su globo terráqueo de corcho hubo de ser, necesariamente, uno de los primeros en existir (y el único en tela del que queda constancia)”.Muchas cosas se desconocen del tapiz de Bayeux o de la reina Matilde, nombre por el que también se lo conoce, para empezar, el de sus tejedoras. Existe un consenso en que el diseño fue obra de hombres, pero las manos que lo bordaron fueron femeninas; puede que fuera por este motivo por el que, degradado a la categoría de artesanía, estuvo a punto de ser destruido varias veces, y no fue hasta el siglo XX cuando se redescubrió su valor, y no sólo el simbólico. También existe un consenso en que participaron diferentes manos, entre ellas mujeres de conventos de Normandía y de Inglaterra; todas ellas tuvieron que trabajar muy duro para obtener los colores, las mezclas, los hilos, horas, meses y años de puntadas que quebraban la vista para dar vida a los 632 hombres, más de doscientos caballos, cincuenta y cinco perros y más de quinientos animales y plantas variados representados en el tapiz, en el que sólo aparecen seis mujeres.Puntadas que eran un tesoro. Los textiles se convirtieron en ostentación y riqueza y afirmación de poder; las reinas necesitaban apoyarse en ellos más que sus homónimos varones, eran una demostración pública de su linaje que constituía una legitimación de su reinado. Mujeres hilando, manuscrito 'La cité de Dieu',finales del siglo XIII o principios del XIVArchivoUn ejemplo es la llegada de María Estuardo a Escocia; cuestionada por parte de la nobleza y del pueblo, se conoce el inventario de su impresionante ajuar textil: diez paños de estado, cuarenta y cinco juegos de cama, treinta y seis alfombras turcas, veintitrés conjuntos de tapices, ochenta y un cojines, veinticuatro manteles y cortinas bordadas. Su ropero consistía en cincuenta y ocho vestidos, treinta y cinco sayas, capas, camisolas, calzones y cofias. “Estas prendas exhibían su soberanía como acto físico y espectáculo visual”, precisa Hunter.La confección de bordados y ropajes no sólo provenía de costureras profesionales, sino que esta industria se convirtió en parte de la economía de numerosos conventos. Carmen Urbita y Ana Garriga, Las hijas de Felipe, explican en su recién publicado Instrucción de novicias cómo una monja veneciana, Elena Cassandra Tarabotti, Arcangela en el convento benedictino de Sant’Anna, encabezó una “auténtica empresa líder en el sector textil de su tiempo”, haciendo justamente de la necesidad virtud. La hermana Arcangela fue obligada a entrar en el convento a los trece años, y de acuerdo con su carácter rebelde, escribió con el nombre de Galerana Barcinotti o Baratotti una serie de textos en los que condenaba la práctica de la reclusión monacal forzada y reivindicaba la dignidad de la mujer y el derecho a la educación. Gracias a sus conexiones sociales, consiguió numerosos pedidos de encajes y telas que proporcionaron prosperidad económica a las religiosas y a ella cierta liberación.La costura se convirtió en trabajo de mujeres porque era compatible con la crianza, según varias investigadorasConventos y hogares, interiores. La Revolución Industrial se aplicó pronto a la industria textil, la producción artesanal fue trasladándose a las fábricas, donde las mujeres sostenían la producción, pero habían perdido el control del proceso y su narrativa; desde finales del siglo XVII y a lo largo del XVIII, la labor de aguja se fue desplazando a la esfera doméstica, separándose del ámbito público del trabajo, la economía, la política y el poder, con las consecuencias que tendría esta disociación para las mujeres. “Llegado el XIX, la labor de aguja había sido degradada de manera irrevocable y el bordado doméstico se consideraba una fruslería decorativa... cosa de mujeres”, concluye Clare Hunter. Cosas de mujeres, Cosas tenidas por Pequeñeces ... como llamaron Las hijas de Felipe la exposición que armaron el pasado año en el Museo del Romanticismo de Madrid, jugando con el título de la novela del Padre Coloma y dentro del ciclo Memoria, tejidos, museos . 'Chelliga' o dechado marroquí con diferentes bordados, siglo XIXIndianapolis Museum of Art at Newfields“Nos pareció que ningún otro término podía encapsular mejor el rincón doméstico y feminizado al que las prácticas textiles habían sido relegadas en el pensamiento artístico hegemónico. Nosotras lo recuperamos, defensoras de lo cursi como herramienta de pensamiento, con ánimo de subvertir esa idea de lo marginal y de llevar esas prácticas textiles al centro de la producción artística”, explican Urbita y Garriga.Los quilts confeccionados por las mujeres afroamericanas en EE.UU., los bordados en los que la joven Esther Nisnethal Krinitz narró su huida de los nazis, los nombres de los hijos desaparecidos cosidos en los pañuelos blancos de las Madres de la Plaza, los también pañuelos blancos bordados por refugiadas afganas en las que denunciaban la violencia sufrida y que fueron expuestos en el Macba de Barcelona hace un par de años... El bordado se hace memoria histórica e instrumento de denuncia, con aguja e hilo y manos femeninas.