Las dos son bilgundsromane y una es además una küntsleroman y esta frase haría resoplar a la protagonista de La chica más lista que conozco,
Alicia, que no entiende por qué algunos profesores de su facultad se empeñan en manosear citas en un alemán que no dominan.Dos autoras de la misma generación,
Sara Barquinero (
Zaragoza, 1994) y
Mayte Gómez Molina (
Granada, 1993), coinciden este mes en las mesas de novedades con sendas novelas, La chica más lista que conozco (
Lumen) y La boca llena de trigo (
Anagrama) y a nadie debería extrañarle que los dos libros, más que dialogar, se agarren del brazo, discutan y a ratos se den la razón con vehemencia. Ambos tienen en el centro a una intrusa, esa figura perfectamente tipificada por
Noelia Ramírez en el ensayo Nadie me esperaba aquí (
Anagrama), una mujer joven que accede al ámbito de la cultura sin padrinos ni capital cultural heredado.⁄ Son dos libros que, más que dialogar, se agarran del brazo, discuten y a ratos se dan la razón con vehemenciaEn la novela de Barquinero, que se publica muy poco después de su ambiciosa Los escorpiones (
Lumen), encontramos a
Alicia, una estudiante brillante de
Valladolid —hacía tiempo que no se leía tanto el adjetivo “provinciano” en la narrativa española.
Alicia se vigila el provincianismo como quien se vigila un herpes recurrente, ante todo quiere que desaparezca y no se le note— que llega a estudiar Filosofía a una universidad ficticia que se parece mucho a la Complutense de
Madrid. A lo largo de cuatro cursos, un reparto bastante compacto de estudiantes, profesores, y doctorandos se arrojan citas de Hegel, practican un sexo bastante chapucero, beben cervezas y se escriben infinitos watsaps en un circuito cerrado en el que corre muy poco el aire. La frase que da título a la novela es la que usa un profesor,
Juan Comala, con
Alicia, la protagonista. E incluso ella, que en ese momento está siendo más tonta que lista, sabe que la ha pronunciado antes con otras alumnas, una de ellas su amiga, y que se la dirá después a muchas más. Todo el tiempo que le dure su tenure como galán de bar de facultad.La narradora de Gómez Molina,
Anna, no vive la limerencia, la obsesión neurótica por el amante, y de hecho el amor romántico no es una de sus preocupaciones. Pero ella, otra provinciana brillante, también sabe lo que es ser ungida, separada de sus pares por un talento y una ambición que vive con cierta vergüenza. Pintora incipiente, una galería de peso le ha ofrecido representación y, a cambio, ella solo debe entregar 15 cuadros de gran formato en un espacio de ocho meses. Le faltan doce, y eso no sería tan grave si no fuese porque
Anna sufre parálisis con grado alto de autosabotaje. “Soy un fraude”, repite, y se intuye que con otros padres, con otro entorno,
Anna no solo no se sentiría un fraude sino que vería su contrato con la galería Manzoni y ese éxito al alcance de la mano como la conclusión natural, una parte del ciclo de la vida, como la disipación juvenil o la crisis de los 40.En las dos novelas los conflictos entre amigas adquieren rango de suceso importante, como corresponde a autoras que se han formado en una década de exaltación de la familia elegida y ahora tienen ganas de cuestionarla y problematizarla. La pelea entre
Anna y su amiga Sandra, también artista pero no ungida, marca un momento climático en La boca llena de trigo y sirve para recolocar a la protagonista. En la novela de Barquinero, la textura de la amistad femenina es más áspera.
Alicia y sus casiamigas circundantes, Penny y Cristina, son ante todo rivales, ya sea por hombres o por becas de colaboración. Pero eso no implica que ocupen un lugar marginal en la novela.A la ficción literaria siempre le han sentado bien los préstamos de otras disciplinas. Barquinero se sirve del lenguaje académico de los papers de Filosofía para componer una serie de notas que funcionan como acotaciones opinativas sobre varios temas que conoce bien, desde el politiqueo universitario hasta el abuso de poder en las relaciones con diferencia de edad. Gracias a algunos astutos flash forwards, sabemos, por ejemplo, que los dos chicos pedantillos que impresionan a
Alicia en su primer día de facultad terminarán como líderes de la izquierda y tertulianos en La Sexta.Gómez Molina utiliza del arte plástico de otra manera, para ilustrar cómo piensa su narradora, que lo compara todo con los cuadros que viven en su cabeza (cuando
Anna tiende sus bragas, piensa en las mujeres que hacen la colada en un cuadro de Clementine Hunter) y también para componer constantes símiles, muy visuales, que a veces se hacen excesivos y no siempre funcionan. Eso queda compensado por una abundancia de ideas nada manidas y una audacia refrescante en la forma de escribir de Gómez Molina, que es poeta y artista de nuevos medios y se estrena con firmeza en la novela.Para Barquinero, en cambio, La chica... es a la vez una confirmación y un desvío. Es su tercera novela, o la cuarta si se cuenta su nouvelle Terminal, y se le adivina una seguridad y unas ganas de liarla que le sientan bien a su prosa.A las dos hay que agradecerles que se mantengan bien alejadas del estilo tramposo-solemne que plaga otros títulos recientes y también que en sus novelas la realidad, es decir la precariedad, el dinero, el abuso de poder en el sexo, la crisis del modelo relacional y otras fangosidades interesantes, aparezcan de manera natural, como pasa siempre en la buena ficción realista, y no por una voluntad forzada de meter temas contemporáneos en los libros. Se leen bien juntas y por separado, y dejan una sensación de triunfo. No todos los meses se incorporan al canon dos chicas tan listas como
Anna y
Alicia. /----------------------------
Sara Barquinero. La chica más lista que conozco.
Lumen. 437 páginas.22,90 euros----------------------------
Mayte Gómez Molina. La boca llena de trigo.
Anagrama. 210 páginas. 18,90 euros