Tres años después de su muerte,
Jean-Luc Godard regresa a
Barcelona convertido en materia viva de pensamiento. No como un homenaje nostálgico, sino como una interpelación urgente.
La Virreina Centre de la Imatge inaugura La fraternidad de las metáforas, la retrospectiva más ambiciosa dedicada hasta la fecha al cineasta francosuizo (
París, 1930 - Rolle, 2022), una figura que desbordó el cine para convertirlo en una herramienta crítica capaz de leer el mundo.Comisariada por
Manuel Asín, la exposición reúne más de 400 piezas –entre proyecciones, cuadernos de montaje, correspondencia, archivos inéditos de la Fundación Godard y objetos personales– que trazan un recorrido desde su primer corto, Opération béton (1954-55), hasta su última obra concluida, Film annonce du film ‘Drôles de guerres’ (2022). El resultado no es una cronología , sino un mapa fragmentario donde las imágenes dialogan entre sí como formas de pensamiento.‘La fraternidad de las metáforas’ reúne más de 400 piezas entre películas, manuscritos y materiales inéditos“El cine, para Godard, no era un lenguaje cerrado, sino un campo de batalla”, explicó Asín durante la presentación. “Nos enseñó que las imágenes sirven para pensar y para entendernos colectivamente”. Esa idea vertebra una muestra que encuentra en la guerra —real, simbólica, moral— el eje de toda su filmografía.El recorrido, fiel al método godardiano, comienza por la mitad. La primera sala sitúa el episodio barcelonés de Film Socialisme (2010) como clave de lectura: un montaje asociativo donde las imágenes no ilustran, sino que producen sentido. Documentos sobre
Sierra de Teruel, de
André Malraux, o una grabación inédita en la que Godard evoca el oro de la República española revelan ya esa obsesión por entrelazar historia, memoria y representación.A pocos pasos, la biografía se materializa en una vitrina: una primera edición de El mito de Sísifo de Camus, leída por el joven Godard, anotada con citas de Píndaro, Malraux, Éluard e incluso
Hitler. Ese collage de referencias anticipa su método: apropiarse de fragmentos ajenos para hacerlos colisionar.Imagen de la exposición '
Jean-Luc Godard, la fraternidad de las metáforas'Nico Tomás / ACNNacido en 1930, Godard fue un niño de la
Segunda Guerra Mundial. La experiencia del conflicto y la ignorancia inicial sobre los campos de exterminio marcaron su mirada. Esa herida atraviesa toda la exposición, desde sus primeras películas hasta los materiales de su obra final, donde la llamada “guerra de broma” aparece como metáfora de la ceguera histórica.La guerra deja de ser fondo para convertirse en protagonista en las salas dedicadas a Le petit soldat y Les carabiniers. La primera, rodada durante la guerra de Argelia, fue censurada durante tres años por su representación de la tortura. Cartas, recortes y materiales de rodaje muestran hasta qué punto su cine estaba atravesado por las tensiones políticas de su tiempo.
La Virreina Centre de la Imatge ha presentado este viernes una gran exposición retrospectiva del cineasta Jean-Luc GodardQuique García / EFEEse pulso alcanza su máxima intensidad en la sala dedicada al Grupo Dziga Vértov, donde dos travellings emblemáticos se enfrentan: el atasco de Weekend (1967) y el hipermercado de Tout va bien (1972). Entre ambos, documentos que revelan a un Godard implicado en los debates de la esfera pública y en los primeros cuestionamientos de la información como construcción ideológica.Tras ese periodo, la exposición se detiene en Sonimage, el laboratorio fundado junto a Anne-Marie Miéville para explorar el vídeo y la televisión. Aquí, la crítica convive con lo íntimo: una pieza sobre un padre criando a su hija dialoga con otra en la que una niña mira la televisión mientras un rótulo interpela al espectador sobre su desconexión de la vida real.El tramo final se adentra en sus obsesiones tardías. Histoire(s) du cinéma, a la que se dedican tres salas, propone una equivalencia radical entre la historia del siglo XX y la del cine. Collages, maquetas y fragmentos sobre Yugoslavia o Palestina configuran un epílogo donde el siglo aparece leído a través de sus guerras.Cámara experimental diseñada por el propio GodardQuique García / EFEUna sala específica aborda la presencia de Palestina en su obra, incluyendo su colaboración frustrada con colectivos de cine militante. Desde Indochina y Argelia hasta el Holocausto o Yugoslavia, la exposición insiste en una idea: la guerra sigue siendo el punto desde el que mirar las imágenes.Godard, insumiso por partida doble, definió el cine como un “fusil teórico”: no para disparar, sino para situar la cámara frente al mundo. Su obra oscila entre lucidez y melancolía, como un intento de pensar las catástrofes para evitar su repetición.En el contexto actual, marcado por conflictos abiertos, la exposición resuena con fuerza. “Godard nunca fue optimista”, admite Asín. “Pero siempre confió en que las imágenes podían ofrecer una respuesta, aunque fuese parcial”En la imagen, la postal que Godard escribió a Truffaut, uno de los objetos de la muestraQuique García / EFEEse eco contemporáneo se amplifica con la exposición que comparte espacio en La Virreina: Un montón de preguntas sin respuesta, de Alex Reynolds y Robert M. Ochshorn. Su pieza central, una película de 23 horas, recopila las preguntas de periodistas al Departamento de Estado de Estados Unidos entre 2023 y 2025 sobre Palestina. El resultado es una letanía de interrogantes sin resolver, un homenaje al periodismo.Uno de los guiones visuales que creaba Godard y que se exhiben en la exposiciónNico Tomás / ACNPara Valentín Roma, director artístico del centro, la coincidencia de ambas propuestas permite “tender un puente entre el cine político del siglo XX y las tensiones informativas del presente”. En ambos casos, el gesto es el mismo: resistir al ruido y devolver a las imágenes su capacidad de interrogar.
Jean-Luc Godard en el 2010AFP