Parece que tenemos que seguir pidiendo perdón a México, maravillosa nación a la que adoro, según sigue deseando su presidenta,
Claudia Sheinbaum. De lo contrario, tal vez no se personará en la Cumbre Iberoamericana, prevista en
Madrid el próximo noviembre. Aunque, al parecer, ahora está un poco más contenta y ha aceptado como un gesto de acercamiento la referencia de
Felipe VI a los “muchos abusos cometidos”. Sin embargo, desconocemos si con esta frase se va a conformar. De momento sopesa la posibilidad de asistir a la cumbre, aunque la fecha pueda coincidir, ¡oh, casualidad nefasta!, con un viaje a
China, invitada por la
APEC.Es muy importante que el gran país mexicano, de gentes magníficas, con artistas y escritores reconocidos en el mundo entero, con un gran potencial económico, participe en la conferencia. De ahí el rosario de perdones, rezados por
José Manuel Albares y por otros ministros del Gobierno de Sánchez en el mismo tono, hasta el de esta humilde ciudadana, ya que, al parecer, la presidenta todavía sigue deseando una masiva petición de perdón.
Claudia Sheinbaum Mario Guzmán / EFESheinbaum, al culpabilizar a
España de las brutalidades, atrocidades y expolios cometidos por nuestros (sic) antepasados, ha seguido la misma consigna de López Obrador, tratando de sacar rédito de tales acusaciones. Culpar a los españoles de las desgracias de los países hispanoamericanos otorga votos.
España tuvo la culpa, la sigue teniendo, porque las culpas nunca caducan, de cuantas penalidades asuelan todavía la América hispana, aunque haga dos siglos de la independencia, y los gobernantes autóctonos hayan tenido tiempo suficiente para revertir una herencia tan nefasta.Puestos a la necesidad de hacer conjugar el verbo perdonar, imagino que la presidenta de México le va a escribir a Trump, como hizo López Obrador al Rey, para que pida perdón. Perdón no solo por el trato vejatorio que está infligiendo a los inmigrantes mexicanos, saltándose los derechos humanos más elementales, sino también, claro está, por las guerras del pasado tan injustas y por haberse apropiado de una extensión enorme de territorio –buena parte del sur del actual
Estados Unidos pertenecía a México– e incluso por la ridiculización que la filmografía de Hollywood, muy a menudo, ha hecho de los mexicanos.Culpar a los españoles de las desgracias de los países hispanoamericanos otorga votosPero volvamos a nuestra petición de perdón. Pidámoslo por derrocar a los aztecas y así acabar con la costumbre de los sacrificios humanos, que prueban esos miles y miles de cráneos encontrados en enterramientos, que se han querido ocultar. Pidamos perdón por el hecho de que los frailes que fueron a América aprendieran las lenguas indígenas y escribieran sus primeras gramáticas. Pidamos perdón porque las leyes de Indias otorgaran la misma categoría a los autóctonos de las tierras descubiertas que a los españoles de la ibérica península y también porque estas leyes velaran para que los abusos de los encomenderos, abusos del todo punibles, que, por supuesto, los hubo, fueran castigados. Pidamos perdón por las ciudades construidas –muchas hoy patrimonio de la humanidad–, por el trazado de calles, la conducción de aguas, los edificios levantados, los hospitales, las universidades, las iglesias, etcétera.Pidamos perdón por el mestizaje. Por la tan tardía imposición del castellano, puesto que no fue hasta Carlos III y a petición del obispo de México, Lorenzana, que la lengua fue impuesta, aunque, en realidad fueron las jóvenes repúblicas, tras alcanzar la independencia, quienes lo impusieron. Seguían el modelo de la Francia revolucionaria que barrió las diversas lenguas del territorio para que triunfara el francés. Pidamos perdón porque la conquista la hicieron, en realidad, los indígenas y la independencia los criollos, eso es los españoles.Por último, pidamos perdón, ya sin asomo de ironía, por el hecho de que solo algunas ciudades, como Barcelona, A Coruña, León,
Madrid, incluyan una calle o un monumento dedicado al gran presidente mexicano Lázaro Cárdenas. Hay que recordar que, tras la Guerra Civil, acogió con los brazos abiertos a más de treinta mil exiliados, les ofreció la ciudadanía sin tener que renunciar a la española y les agradeció de corazón que contribuyeran a la prosperidad de la gran nación que es México.