La antaño rígida frontera entre alta y baja cultura presenta grietas cada vez más frecuentes, y referentes que se manifiestan en ambos mundos. El otro día, sentado en mi butaca, me pasé unas horas viendo evolucionar a un personaje gordo, alopécico, con el poco cabello lateral graso y un bigotito fino. Vestía con chaqueta y camisa, con unos pocos botones desabrochados por los que se le asomaba el vello torácico. Con gafas de sol y actitud chulesca, se movía como pez en el agua en un burdel con pole dances, fumaba y metía mano a las pobres chicas, en un imaginario digno del esperpento ibérico del siglo XXI.Un momento de '
Manon Lescaut' Sergi Panizo/LiceuPero, ojo, no me encontraba comiendo palomitas en el multisalas de ningún centro comercial, ante una proyección de
Torrente presidente, sino en la platea del
Liceu y el personaje no era el ex policía encarnado por
Santiago Segura sino
Geronte de Ravoir, el viejo rico de la ópera
Manon Lescaut de
Puccini –aquí representado por
Donato di Stefano–, que cree que su dinero y los lujos que ofrece a la chica bastarán para que yazca a su lado eternamente.Los Gerontes creen que exhiben fuerza aunque a su alrededor solo alcancemos a ver decadenciaNo es de extrañar que el feísmo de la puesta en escena de Àlex Ollé soliviantara a algunos espectadores. A mi lado, una señora comentó a su amiga que “n’han fet un gra massa”. No me pareció el momento para profundizar en los rasgos comunes entre Geronte y
Torrente, o
Torrente y Geronte (tanto monta, monta tanto). Ambos provocan al tiempo risa y repulsión y encarnan, con siglos de diferencia, una vulgaridad moral que discurre ajena al entorno social en que cada uno se mueve. En vez de convertirlo en el villano arquetípico, la ópera opta por ridiculizarlo y mostrar, en el segundo acto, su pomposidad hueca, su autosatisfacción grotesca. Para él, como para tantos, el amor se negocia como un contrato y la chequera es el máximo argumento. La paradoja (no hablamos ahora de la Casa Blanca) es que los Gerontes creen que exhiben fuerza aunque a su alrededor solo alcancemos a ver decadencia.
Puccini tuvo claro que la masculinidad tóxica (o como se llamara entonces) de Geronte no se merecía distinguir al personaje con ninguna aria memorable. La música no debía embellecerlo. Y ahí ha quedado, en la galería de tipos infames que creen que el poder que ostentan legitima su deseo y su comportamiento.El look contemporáneo, y hasta choni, de la acción (chándales, autocares de linea...) chocó a algunos. “Para ver un burdel así, me voy a La Jonquera. Yo en la ópera quiero palacios, templos egipcios, bosques procelosos y mares con tormenta”. Los comentarios de los liceístas son siempre lo mejor.Redactor jefe de Cultura. Autor de libros como 'Aquellos años del boom' o 'Planeta Nobel'. Autor de varios documentales de temas literarios