Podemos reflexionar sobre la natalidad a un doble nivel: como hecho estadístico y demográfico, y como experiencia profundamente humana de alteridad y generosidad. La visión estadística es la más conocida y comentada, por las muchas implicaciones sociológicas y económicas que tiene el hecho que el índice de natalidad se haya situado en nuestra sociedad muy por debajo del nivel de reemplazo de generaciones, mientras que en otras sociedades todavía es mucho más elevado. Efectivamente, eso incide en movimientos migratorios, envejecimiento poblacional, dificultad del pago de las pensiones, necesidad creciente de atenciones geriátricas....Las variables que intervienen en esta reducción estadística de la natalidad son múltiples y muy complejas, especialmente si consideramos la combinación de estos factores: la edad de marcharse de casa y de formación de un hogar o familia ha subido (a causa de las dificultades de vivienda y salarios), y eso retrasa el primer hijo y acorta la ventana reproductiva. Además, alquileres e hipotecas elevados reducen la capacidad de tener (más) hijos, especialmente en grandes ciudades; la estabilidad laboral llega tarde, persiste la brecha de cuidados y de empleo entre madres y no madres, y se distancian todavía más las cargas que soportan las madres respecto a los hombres. Hay que añadir que cuando la crianza recae sobre todo en las mujeres y la oferta pública de atención a las criaturas es limitada o cara, la fecundidad cae.El
Papa Francisco reiteró que la familia es el primer lugar donde se aprende a amar a los demásAquí, queremos subrayar otro aspecto de la natalidad: parece que tener hijos como proyecto de vida y de sentido, orientado a un futuro vital, ocupa un papel cada vez más secundario: se priorizan otros acontecimientos vitales antes que la natalidad; eso hace que el primer hijo se retrase y el segundo a menudo no llegue. En el 2024, el dato provisional de tasa de hijos por mujer en
Catalunya está en 1.08. Si a estas variables añadimos los datos de interrupción voluntaria de embarazo, encontramos que, en
Catalunya, de cada 1000 mujeres 14,89 abortan. Este dato apunta una realidad preocupante que, aunque se diga (eufemísticamente) “voluntaria”, indica la devaluación del valor de la vida humana en un mundo donde, cada vez más, lo que cuenta es obtener una satisfacción física y material para uno mismo, en lugar de una vida con sentido trascendente.El ideal narcisista que defiende la importancia primordial de uno mismo y sus propias necesidades hace entrar en crisis el concepto de alteridad y de don de la vida implícito en la propia idea de la natalidad. En el mundo contemporáneo, tener hijos no siempre es “hacer nacer” en el sentido simbólico-religioso. Los niños pasan a ocupar, en el imaginario social, la función de un objeto de satisfacción personal de los padres, más que la apertura a una experiencia de generosidad y de don. Por eso, quizá sería conveniente hablar más de natalidades, en plural, porque en una sociedad secularizada coexisten formas materialistas y reduccionistas, humanamente empobrecidas, de la natalidad, y formas simbólico-religiosas en que las transmisiones de sentido en una familia acompañan el hecho empírico de tener hijos. El
Papa Francisco reiteró que la familia es el primer lugar donde se aprende a amar a los otros, que es un lugar de acogida y de espíritu de servicio, no contaminada con el “veneno del individualismo y la indiferencia”.Un bebé recién nacidoEric Van Den Brulle / GettySin embargo, con el cambio de valores y costumbres generado por determinadas prácticas de uso generalizado de las tecnologías, el aislamiento y la desconexión de la realidad se han acentuado: las personas a menudo no ven más allá de sus propias necesidades. En una sociedad líquida como la nuestra, los hijos llegan para fundar a una familia, en otras palabras, la familia es fundada por los hijos y no al revés. Así, una pareja aislada se ve obligada a salir de sus rutinas de aislamiento con el fin de recibir a “otro” a quien no conocen de nada -las prácticas de crianza se han reducido a una serie de recomendaciones de pediatras o peor todavía, de influencers- y que la obliga, por primera vez, a salir de su propia capsulación (con la frustración que eso comporta).En cambio, cuando una pareja se configura desde una vivencia de amor, capaz de abrir su experiencia a los otros y a Dios, los hijos nacen en una familia previamente constituida, que los recibe y que es capaz de transmitir los valores de la reciprocidad y de la comunidad, que ya habían inspirado previamente el sentido del amor de los padres antes de que lo fueran. No todas las natalidades son iguales. La defensa de una natalidad en comunión cordial (del corazón) se hace cada vez más imprescindible si no queremos seguir perdiendo demográfica y, sobre todo, humanamente.Artículo firmado por: Rosa Maria Alsina Pagès, Albert Batlle, Josep Maria Carbonell, Eugenio Gay, David Jou, Margarita Mauri, Josep Miró i Ardèvol, Anna Pagès, Montserrat Serrallonga, Francesc Torralba