Hasta ahora las mejores historias que había dado
Islandia eran las protagonizadas por las criaturas mágicas de su folclore, sus sagas vikingas, las novelas de
Halldór Laxness y los casos policíacos del detective
Erlendur Sveinsson, a lo que habría que añadir, en un plano más anecdótico, que
Julio Verne situó en su volcán
Snæfellsjökull el punto de partida de su Viaje al centro de la Tierra . El corazón roto de
Manuel Vilas (
Barbastro, 1962) ha propiciado que tengamos que añadir el nombre de este singular poeta y novelista aragonés al caudal narrativo de la minúscula isla, que desde su mismo nombre —“tierra de hielo”— y naturaleza característicamente indómita —erupciones volcánicas, cascadas, géiseres...— se antoja la plasmación física perfecta de las turbulencias emocionales y el cataclismo existencial que supone el fin del amor.Tras once años de relación con
Ada, el autor recibe de esta una frase que vendría a ser la flecha inversa de Cupido, “ya no estoy enamorada de ti”. Cualquier mortal se quedaría solo con su derrumbe, su pena y su incertidumbre; el artista siempre tiene su creatividad para mortificarse, buscar respuestas, renegar de Dios, pedir perdón, dejar testimonio, sublimar, lo que proceda. El vate Vilas tenía la opción de componer un poema como el célebre número veinte de
Pablo Neruda —ya saben, “Puedo escribir los versos más tristes esta noche / Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido”—, pero se decanta por una novela, “porque las cosas verdaderamente importantes que ocurren en nuestras vidas —apunta en una nota previa— suelen ser inenarrables”.⁄ '
Islandia' quizá se trate de una novela, en el sentido de que toda relación amorosa es una ficción, pero esta es la crónica personal de un hombre hundido por la rupturaIslandia quizá se trate de una novela en el sentido de que toda relación amorosa es, para empezar, una ficción —de la idealización del principio a la reconstrucción subjetiva de su arco tras una ruptura—, pero esta es la crónica (o confesión) personal de un hombre hundido por el adiós a una mujer, un romántico incurable inmerso en un duelo profundo, que transita del pasado dichoso —la chispa, el deseo, los viajes, los sueños...— al presente turbulento —el dolor, la perplejidad, la culpa, las dudas, la discusión...— y al futuro abierto —¿superación?, ¿amistad?, ¿olvido?. Late en el libro una honestidad crudísima que es una suerte de corriente eléctrica que galvaniza la narración; vinculando el pudor a un sentimiento cobarde y burgués, Vilas (o su avatar) se abre en canal —ex alcoholismo, carácter depresivo, complejo de clase, deseo sexual...— y también revela aspectos muy íntimos de su expareja (o su avatar), retrayéndonos a Intimidad de Hanif Kureishi o al ciclo Mi Lucha de Knausgaard. Pero, al mismo tiempo, la historia sale sin descanso de la esfera privada para radiografiar el amor en sus momentos universales de infinita gloria y acongojante miseria, tan pronto cerca de una entidad divina que de un pobre diablo sometido a los rigores del tiempo, las mochilas familiares y la ropa sin doblar. En esta exploración de qué significó para ambas partes este amor a la postre derrotado, la cual amplía su perímetro para intentar abarcar qué es el amor para todos, el autor tiene el acierto de reconocer que nada sabemos con certeza, de aquí que la contradicción sea la moneda de cambio esencial, y una afirmación rotunda halle su envés a la vuelta de la esquina, o varias hipótesis rivalicen sobre arenas movedizas. Al famoso verso de W.H. Auden, “Oh, dime la verdad sobre el amor”, el escritor vendría a responder, “no la hay” o “son muchas”.Vilas incide en su último trabajo en dos recursos que ha contribuido a dotar a su obra de una voz única, ese continuo desplazarse entre el apunte o registro elevado y el mundano —empalmar una escena anodina con la cristalización de una imagen llena de belleza o una reflexión que resuena en el interior del lector—, y esa capacidad de detectar el humor y la poesía en elementos cotidianos (aquí, por ejemplo, en la basura y los coches). Lo más vulgar se torna espiritual, y lo más espiritual tiene un trasfondo de lo más vulgar. Y acabaremos como empezamos, porque el capítulo dedicado al viaje a
Islandia, entre la absurdidad y la catarsis, con la irrupción de un Hada Escarlata que me hizo pensar en la de Corazón salvaje de David Lynch, es la piedra preciosa engastada en este lamento anular (cuatro o cinco ideas orbitando) que ha sido escrito, antes que nada, contra el olvido.----------------------------
Manuel Vilas.
Islandia. Destino. 400 páginas. 21,90 euros