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SUN · 2026-03-29 · 03:40 GMTBRIEF NSR-2026-0329-42001
News/Viva el cine
NSR-2026-0329-42001Opinion·ES·Human Interest

Viva el cine

El artículo reflexiona sobre la experiencia de la autora como jurado en el Festival de Cine de Málaga, donde vio 22 películas en una semana. La autora compara esta experiencia inmersiva con su hábito reciente de ver películas en casa, destacando la diferencia entre ambas.

Rosa MonteroEl PaisFiled 2026-03-29 · 03:40 GMTLean · Center-LeftRead · 4 min
Viva el cine
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El artículo reflexiona sobre la experiencia de la autora como jurado en el Festival de Cine de Málaga, donde vio 22 películas en una semana. La autora compara esta experiencia inmersiva con su hábito reciente de ver películas en casa, destacando la diferencia entre ambas. Recuerda la importancia del cine en España durante el franquismo, cuando las salas de cine ofrecían un escape de la realidad sombría y la pobreza del país. Menciona que en 1965 España alcanzó su punto máximo de salas de cine, con más de 8.000. Describe los cines de barrio como lugares populares y asequibles que ofrecían sesiones continuas de películas, convirtiéndose en una forma de evasión para muchas personas.

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Human Interest
Social Justice
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Key claims

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The immersive experience of the Malaga Festival made me remember how much I like real cinema.

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In Málaga, I was part of the jury of its formidable film festival.

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In 1965, Spain reached its peak in movie theaters, with more than 8,000.

statisticLeo en un estudio académico
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Back then there were many neighborhood cinemas, large rooms with stained screens and squeaky sound.

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Those double features of colorful and bright lies were as necessary for my mother as air and water.

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Full report

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Acabo de regresar de Málaga, en donde he formado parte del jurado de su formidable festival de cine. En una semana vi 22 películas, a un ritmo de al menos tres al día. He sido jurado de otros festivales y en los últimos años del franquismo fui a los fines de semana cinéfilos que se organizaban en Francia, en Perpiñán, justo al otro lado de la frontera; proyectaban hasta una decena de títulos prohibidos en nuestro país, así que te zampabas cinco largometrajes seguidos el sábado y otros cinco el domingo (así vi, por ejemplo, El último tango en París y La naranja mecánica). Con esto quiero decir que los atracones peliculeros no me son desconocidos. Pero he de confesar que en los últimos dos o tres años he ido menos a las salas de cine a causa de las consabidas justificaciones: demasiado trabajo, demasiada fatiga. Por ese caos vital que te emploma los pies y te llena de pereza, de manera que terminas viendo las películas en tu televisor, como si fuera lo mismo. Pero no lo es. Por eso la experiencia inmersiva del Festival de Málaga, y el montón de horas que pasé sumergida en esa oscuridad colectiva y vibrante, me han hecho recordar lo mucho que me gusta el cine de verdad, ese que no sólo se ve, sino que se respira junto a los demás.Creo que hoy no se puede entender lo que supuso el cine para varias generaciones de españoles. Leo en un estudio académico que en 1965 se llegó al punto máximo de salas en España, con más de 8.000, una de las cifras más altas de toda Europa. No me extraña; era un país lúgubre y paupérrimo, un mundo que recuerdo en blanco y negro, como si la sociedad entera vistiera de medio luto por un duelo aún no superado, y el multicolor de las películas era pura vida, un sueño prestado, un delirio controlado que te salvaba del delirio real. Por entonces había muchísimos cines de barrio, grandes salas de pantallas manchadas y sonido chirriante que proyectaban dos películas en sesión continua a partir de las cuatro de la tarde; las entradas eran baratísimas y tú te metías en la sala cuando querías, a menudo en mitad de un largometraje cuyo argumento tenías que deducir hasta que podías ver la parte que te habías perdido en la siguiente sesión (a veces te gustaba más lo que habías inventado). Los programas cambiaban cada semana y por ejemplo en mi barrio (Cuatro Caminos, Madrid) podías ir andando en menos de 15 minutos a una decena de cines. ¡Y siempre estaban llenos! Llenos todas las tardes, cada día. Eran una droga, una medicina, un pulmón artificial para una sociedad que se asfixiaba. Mi bella madre, artista in pectore que nunca pudo desarrollar su creatividad y que vivió con las alas plegadas en la jaula de su pequeña vida doméstica, solía escaparse conmigo por las tardes a algún cine del barrio, a escondidas de mi estoico padre, que se mataba a trabajar y que probablemente no hubiera entendido que esos programas dobles de coloridas y luminosas mentiras eran tan necesarios para mi madre como el aire y el agua. Creo que esos cines salvaron la vida a muchas personas.Crecí viendo películas, pues, con cierto sentido de clandestinidad. Eran viajes secretos y un poco iniciáticos, con esa penumbra de la sala y el resplandor de la pantalla, de la mano de mi madre hacia la luz. Aprendí muchas cosas con aquellas sesiones: que el mundo era vasto y variado, pero que aún eran mucho más distintas las personas. Y que una buena historia puede mantener hipnotizados a un montón de individuos. Desde luego no es lo mismo ver películas en tu televisor o en una sala. Y no sólo por la gran pantalla, por el mejor sonido, por la mayor concentración, sino porque es una ceremonia colectiva. Todo arte es comunicación y eso se experimenta con claridad cuando vas al cine. Ríes con los demás, escuchas los sorbetones de las lágrimas cuando la historia duele, compartes ese erizamiento de la piel, esa silenciosa tensión del aire en los momentos bellos. En España hay unas 750 salas de cine con un total de 3.500 pantallas, una cifra que se ha mantenido más o menos estable desde 2015, pese a la irrupción de las plataformas y a la pandemia. Es más, comparados con otros países europeos, somos de los que más pantallas tenemos por habitantes: sólo nos superan Irlanda, Francia y los países nórdicos. Así que ni tan mal. Contra todo pronóstico y toda pereza, el cine vive. Viva el cine.
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