Actualizado Lunes, 30 marzo 2026 - 00:03El mito de Pigmali�n ha dado muchas alegr�as a pensadores y creadores modernos. En la historia original, relatada por Ovidio en Las metamorfosis, un escultor angustiado por la imperfecci�n humana tallaba una estatua de marfil para representar el ideal que no consegu�a hallar en la vida real. Maravillado por su propia obra, ca�a rendido ante ella y se enamoraba perdidamente de su belleza, hasta el punto de despertar la compasi�n de los dioses, que convert�an su escultura en una mujer real.Muchos siglos despu�s,
George Bernard Shaw convirti� la historia en una s�tira feroz de las r�gidas clases sociales de la Inglaterra moderna. En su Pigmali�n, un arrogante profesor de fon�tica,
Henry Higgins, apostaba con un colega a que ser�a capaz de enga�ar a todo el mundo convirtiendo a una florista callejera de malos modos y lenguaje incomprensible,
Eliza Doolittle, en una dama sofisticada. De tal manera que lo que hasta ese momento hab�a sido una mujer despreciada por su forma de hablar y de comportarse, propia de los bajos fondos de Londres, pasaba a ser una joven apreciada por su exquisito gusto y refinadas maneras.La historia ha tenido exitosas adaptaciones y versiones modernas, de Ninotchka a My Fair Lady o Pretty Woman. La �ltima versi�n se representa ahora en Espa�a de la mano de Pedro S�nchez. Decidido a cambiar la escultura de su Gobierno, labrada durante ocho arduos a�os en el poder, se ha deshecho de la que hasta el jueves era su combativa y gesticulante n�mero dos, Mar�a Jes�s Montero, para colocar al m�s �tranquilo� y �sosegado�
Carlos Cuerpo, por utilizar los dos sin�nimos que eligi� la prensa af�n para definirle.Nuestro Higgins no tiene nada que envidiar a sus predecesores. Con sus modales exquisitos y su sonrisa de embaucador, ha lanzado su propia apuesta: transformar un Gobierno entregado a la trinchera y que concibe las instituciones como una taberna en un Ejecutivo tecnocr�tico volcado en mejorar la econom�a del pa�s. Cambiar los bajos fondos de Montero por el suave acento de Cuerpo para que la alta sociedad pol�tica celebre que, ahora s� que s�, hay un Gobierno que se ha puesto a gobernar.Arranca la �ltima simulaci�n para el a�o que queda: el Gobierno de la trinchera y la taberna es ahora un grupo de tecn�cratas moderadosEl organigrama muestra que ninguno de los tres vicepresidentes tiene carn� del
PSOE, como si este ya no fuera un Gobierno de partido ni el autor del muro, sino un grupo de t�cnicos entregados al bien com�n. Queda la guardia pretoriana que forman Bola�os, Puente y �scar L�pez, pero se impone en el escaparate la limpieza que luc�a en solitario Luis Planas, persona discreta y a la que nadie se imagina tuiteando contra el mundo los fines de semana. �l es uno de los �nicos tres ministros que quedan desde los inicios. Los otros dos son Marlaska y Margarita Robles, que mira por d�nde tampoco tienen carn� del
PSOE.Otra consecuencia del nombramiento de Cuerpo es que el puesto de n�mero dos queda abolido, que demasiados disgustos han dado ya los n�meros dos. En el Gobierno sin presupuestos, la acci�n ejecutiva comienza y acaba en lo que dice y hace el presidente. S�nchez se basta y se sobra para dar ca�a un d�a y vender tecnocracia al siguiente, y lo mismo insta a echarse a la calle a protestar, como pide a los ciudadanos �sentirse orgullosos del pa�s�, como hac�a en la carta que difundi� ayer y que era, claro, una exigencia para que se sientan orgullosos de �l mismo.Arranca as� la �ltima simulaci�n para el a�o que queda. A diferencia de la Eliza de Shaw, que acab� encontrando su propia voz, la escultura de S�nchez no tiene vida propia. Como todo buen profesor de fon�tica sabe, para que el truco funcione la pronunciaci�n tiene que ser perfecta. Si el prop�sito es aparecer ahora como la c�spide de la moderaci�n y el sentido de Estado, tiene que haber algo m�s que posados mirando al futuro en la prensa internacional y v�deos simp�ticos en TikTok. Si se va a colocar la econom�a en el centro, tendr� que haber algo m�s que una cara amable. Qu� s� yo, unos presupuestos, algo que ayude a abaratar la vivienda, un plan de infraestructuras o una financiaci�n auton�mica cuyo objetivo no sea satisfacer a Catalu�a. Cabe la posibilidad de que S�nchez, como el Pigmali�n de Ovidio, se enamore de su propia obra y esta termine convirti�ndose en realidad. Pero tambi�n est� la versi�n que Shaw cre� para Higgins, que en la �ltima escena de la obra se quedaba solo en su soberbia, viendo alejarse a Eliza con una sonrisa de desprecio, convencido de que volver�a porque sin �l no es nada.