La Semana Santa es, para la mayoría, tan solo una oportunidad festiva. Unas pequeñas vacaciones primaverales que dan vidilla a la industria turística meses antes de la larga temporada estival. Sin embargo, en nuestra tradición religiosa, minoritaria pero viva, esta semana (y de ahí el adjetivo santa) conmemora episodios esenciales de la creencia cristiana: la muerte de
Jesús, el Dios que comparte el destino de los humanos, y su resurrección, que da a los creyentes un sentido que
Joseph Ratzinger resumió así: “La esperanza de que nuestra vida no acaba en el vacío”.Más allá de estas dos formas de vivir la Semana Santa, la pagana y la cristiana, existe toda una gama intermedia de vivencias, en particular las que suscitan la convergencia entre turismo y religiosidad o, quizás, entre creencia y espectáculo. Me refiero a las procesiones, que han obtenido en las últimas décadasun renacimiento paradójico: se han consolidado en paralelo al abandono generalizado de la práctica y la creencia católicas.
JAVIER BELVER / EFELas procesiones son un fenómeno insólito, inclasificable, pues reúnen a públicos no ya diversos, sino antagónicos. Si unos turistas visitan una ciudad con el objetivo de encontrar en la procesión una amenidad curiosa, otras personas participarán en ella para expresar un compromiso de fe y un sacrificio personal apasionado y fervoroso. No son pocos los que, más allá de la creencia, participan de las procesiones destilando profundos vínculos de fraternidad, tradición familiar o antiguas costumbres de pueblo o barrio. Prácticas antiquísimas que responden al legado popular del catolicismo coexisten en las procesiones con un sentido muy moderno del negocio turístico, con antiguas formas de jerarquización social y con ancestrales maneras de entender el vínculo grupal que se transmiten de generación en generación.Para los agnósticos y ateos, para los católicos culturales y, por supuesto, para los creyentes, los episodios evangélicos que se conmemoran estos días tienen alto valor reflexivo. El primero de estos valores tiene que ver con la especificidad de la figura de
Jesús, un dios mortal y, por ello, insólito en la antigua tradición occidental. La función de los dioses de la mitología grecolatina es la de simbolizar comportamientos humanos, llevados al límite de la abstracción. Así,
Zeus o
Júpiter simboliza el poder;
Afrodita o
Venus representa la sexualidad;
Ares o
Marte, la violencia y la guerra;
Dionisio o
Baco, el descontrol; etcétera. En sus aventuras mitológicas, los dioses llevan al límite su característica, que es humana, muy humana, pero que se distingue de los humanos en un rasgo esencial: la inmortalidad.
Jesús, sin embargo, es un dios hecho hombre. Y en el momento de la verdad, en el huerto de los olivos, durante la cena de despedida con sus amigos, sabe perfectamente cuál es el trance que le espera (la tortura y la muerte) y, solo, llega a sudar sangre mientras pide al padre que le ahorre tal sufrimiento.El cristianismo asusta a quienes, aunque quisieran seguirlo, se dejan vencer por el sueñoEs muy recomendable la interpretación que el psicoanalista Massimo Recalcati hace de este episodio (Noche de Getsemaní, Anagrama). A diferencia de Freud y Lacan que explicaban el psicoanálisis con la ayuda de la mitología, Recalcati se sirve de escenas evangélicas. Sostiene que en la noche del jueves,
Jesús encarna todas las angustias de la existencia humana: la traición de dos compañeros (Judas y Pedro); el abandono de los demás, que se duermen; el miedo a la muerte; la soledad; el silencio de Dios. Finalmente,
Jesús aceptará su deber: ha venido para salvar a los humanos a expensas de su propia vida. Acepta el sacrificio en medio de dudas y pánicos. Lo acepta porque ha venido para perdonar.Sacrificio y perdón son el haz y el envés del cristianismo, un ideal que ha dinamizado el mundo y que está detrás de los mejores avances de la humanidad (de la caridad, la compasión y la aceptación de los enemigos, a la justicia, la fraternidad ylos derechos humanos). Un ideal, sin embargo, que, por su radicalidad, asusta: “ama a tu enemigo”; “ofrece tu otra mejilla, si te atacan”; “regala tus posesiones a quien las necesite”. Asusta a quienes, por ateísmo o indiferencia, son contrarios a su legado. Y asusta sobre todo a quienes, aunque quisieran seguirlo, o se dejan vencer por el sueño o le traicionan.