Se cumple un mes desde el inicio de la guerra en Irán tras la intervención de EEUU e
Israel a pesar de los intentos recientes de Trump para alcanzar un acuerdo. Cuatro semanas que han bastado para originar la que puede ser la peor crisis energética mundial, como advierte la
Agencia Internacional de la Energía, si se prolonga en el tiempo. El cierre casi total del
Estrecho de Ormuz y los ataques a las infraestructuras energéticas perjudican a 20 millones de barriles de petróleo diarios y retiran del mercado el 20% del GNL. En consecuencia, los precios del barril de
Brent y del gas de referencia en Europa, el TTF holandés, se han disparado por encima de los 100 dólares el barril y de los 50 euros el MW/h, respectivamente.Se trata de un shock con capacidad de extender la inflación a la industria y al conjunto de la cesta de la compra de bienes y servicios porque el combustible no solo permite la producción, sino que también es un insumo clave en muchos sectores. Ante esta situación, muchos gobiernos han respondido con ayudas y los bancos centrales se mantienen vigilantes, pero sin actuar. La crisis tiene su origen en una disminución de la oferta energética, un shock externo, pero con consecuencias tanto en la inflación como en el crecimiento en sentidos contrarios, el peor escenario para los bancos centrales.Los expertos del Observatorio Económico El Confidencial-Mapfre inciden en el riesgo de estanflación, es decir, de tener una recesión inflacionaria si el conflicto dura meses.
José Manuel Amor, socio de Analistas Financieros Internacionales (AFI), considera que todavía “no estamos en ese escenario”, pero que podría aparecer con una guerra que se extendiera al verano. Los participantes coinciden en que la oferta estará dañada durante años a pesar de que el conflicto reduzca su intensidad o se resuelva. De hecho, tras el ataque
Iraní a la planta de gas natural de Ras Laffan,
Qatar avisó de que tardaría entre tres y cinco años en recuperar completamente su capacidad productiva.Sin embargo, el precio del petróleo aún no ha producido una reducción sustancial de las compras mundiales, según apuntan los expertos del observatorio. Si el conflicto se alarga a dos meses, la escasez será más evidente y se pueden alcanzar unos precios en los que se reduzca la demanda. Ese hecho marcaría el punto de inflexión en el que el shock dejaría de estar contenido en la oferta, porque se trasladaría al crecimiento económico, y sería la señal para que la política monetaria entre en juego.El descenso del consumo de petróleo supondría un punto de inflexión para la política monetaria“La elasticidad precio-demanda es negativa al principio, pero, asumiendo que no habrá mucha más producción en otros países, en la semana ocho o nueve del conflicto el precio podría llegar a 140-150 dólares el barril”, anticipa Amor, añadiendo que “los bancos centrales tienen que actuar cuando se vea tocada la demanda de petróleo, no cuando se reduce la oferta”. José Manuel González-Páramo, presidente del Consejo de Administración de European DataWarehouse, resalta que la demanda terminará “ajustándose a la oferta” y advierte que esta tardará en volver a la normalidad dada la magnitud de los daños en las infraestructuras y del volumen de producción y comercio interrumpido.En términos históricos, las reducciones mundiales de la demanda de petróleo no son habituales. El consumo ha crecido incluso en los últimos años y ha marcado nuevos récords, a pesar del pretendido abandono de los combustibles fósiles en algunas economías. Las mayores reducciones se produjeron en 1975 y en la década de los 80, pero eran momentos preglobalización. En la historia reciente, la demanda de petróleo solo cayó en la crisis financiera y en 2020 por la pandemia, con una recuperación posterior en V.No obstante, en un escenario de menos crecimiento y más inflación, con posible desanclaje de las expectativas, el debate en los comités de gobernadores está servido. “Los bancos centrales no saben si acompañar a la demanda a un nivel más bajo”, apunta González-Páramo, pero los mercados se inclinan más por la opción hawkish. Anticipan ya una política monetaria más restrictiva a lo largo de 2026, con congelaciones en los recortes de tipos por parte de la Fed y subidas por parte del BCE.El problema es que no será una decisión sencilla: a diferencia de 2022, cuando la inflación se disparó en un contexto de crecimiento impulsado por la recuperación pospandemia, ahora repuntará mientras las economías se debilitan. En este escenario, los bancos centrales deben equilibrar ambos objetivos, conscientes de que cualquier decisión conllevará costes y efectos adversos.En este contexto, Álvaro Urrutia, presidente de Amaef (Asociación de Mediación Banco Aseguradora), explica que los microseguros no registrarán un impacto inmediato del encarecimiento de la energía y de la crisis geopolítica, pero advierte de un efecto diferido. El aumento de los costes energéticos se transmite gradualmente a lo largo de la cadena de valor, encareciendo la fabricación de bienes y servicios que, en última instancia, elevan el coste de los siniestros. Este desfase ya se observó tras la crisis inflacionaria de 2022, de manera que los mayores repuntes se reflejaron en las primas en 2024 y 2025, contribuyendo a que el shock inflacionario tarde en desaparecer.Los expertos recomiendan ayudas focalizadas que no alteren la señal de preciosEsta no ha sido la opción del Gobierno de España, que ha desplegado un paquete fiscal de ayudas de 5.000 millones de euros en tres meses, incluyendo el descenso de los impuestos a la electricidad y a los carburantes para todos los consumidores, aparte de ayudas directas sectoriales. “El Estado no está preparado para hacer lo que hay que hacer, que es no alterar la señal de precios; es un problema administrativo”, resume González-Páramo.Los expertos del observatorio inciden en que “el principal riesgo se llama
Donald Trump”, por la dificultad de anticipar sus decisiones, y advierten de que la guerra en Irán es “mucho más disruptiva que los aranceles” para la economía mundial. En ese sentido, Gonzalo de Cadenas-Santiago, subdirector general de Mapfre Economics, duda de que las acciones aparentemente “aleatorias” de Trump escondan un gran plan maestro para dañar a China, sino más bien movimientos tácticos en distintos frentes orientados a enviar señales a su electorado bajo el enfoque America First. El resultado es una nueva crisis que amenaza con forzar a los bancos centrales a subir tipos.