Recuerdo un seminario en la universidad, hace ya tiempo, en el que un doctorando mexicano conminó a los allí presentes a reconocer nuestra responsabilidad en el genocidio del pueblo azteca. El catedrático, una eminencia que no solía perder el tiempo con florituras, se limitó a sugerirle que les pidiera cuentas a sus propios antepasados, pues los del profesor se habían quedado en Granollers sin molestar nunca a nadie al otro lado del Atlántico. El caso es que, por mucho que se pudiera estar o no de acuerdo con el exabrupto, la discusión derivó rápidamente hacia una cuestión con más enjundia. La de hasta qué punto las sociedades actuales han de responder moralmente por hechos ocurridos siglos atrás.El
Rey, visitando la exposición sobre la mujer en el México indígena, a propósito de la cual dijo que hubo mucho abuso en la conquista de
América José Jiménez / Casa del
Rey / EFESe lo cuento a propósito de las recientes declaraciones del
Rey reconociendo abusos en la conquista de México, y la descortés respuesta de la presidenta
Sheinbaum, para quien ninguna autoflagelación parece ser suficiente.Más allá de las trincheras de la leyenda negra o de las vindicaciones imperiofílicas tan de moda entre la derecha patria, me pregunto si en este debate sobre el perdón retrospectivo no subyace una incapacidad crónica para decidir qué papel debe jugar la historia en nuestras vidas. ¿Es el pasado un cimiento sobre el que construir, la base misma de nuestra identidad, o una fuerza atrófica que nos hace rehenes de una tradición obsoleta? Sobre todo cuando se usa la historia para lograr algún rédito en el presente.Pero, en fin. Pedir perdón a México. ¿Por qué no? Aunque si revisamos sus gobiernos desde la Revolución, su política respecto a las comunidades indígenas fue la de la discriminación sistemática y la asimilación forzosa. Hasta los años 90, con el movimiento zapatista, a las élites criollas les gustaban mucho los aztecas de los museos, pero muy poco los de carne y hueso.El perdón retrospectivo se convierte en una cárcel de rencor que nos impide mirar hacia adelanteAhora ha llegado el indigenismo. Bienvenido sea, aunque parezca poco más que la estrategia oportunista de un Estado que busca cohesión en una nueva política de identidad. Además, sale barato. Siempre es más fácil sacar pecho ante la débil y remota
España que plantar cara al propiopasado, o abandonar la actitud servil ante los poderosos. Ante
Trump, por ejemplo.Por si fuera poco, este presentismo moral es una vía de sentido único que solo parece aplicarse a países poco mordedores. ¿Ha pedido perdón Rusia (la URSS) por los dos millones de mujeres alemanas violadas en 1945? ¿Han mostrado los turcos remordimiento oficial por el genocidio armenio? ¿Ha pedido disculpas Japón por las brutalidades en Corea y China, o los mongoles por las carnicerías de Asia Central? No quiero decir que esto sea una excusa, pero no me negarán que estos países ahí siguen, tan campantes, administrando a la vieja Europa lecciones de moralidad.Para acabarlo de arreglar, si entramos en el juego de las disculpas surgen contradicciones flagrantes en nuestra propia casa. Si el
Rey siente la necesidad de pedir perdón por lo ocurrido hace 500 años en México, ¿por qué no lo hace por Marruecos? El Protectorado es una herida mucho más reciente y, por supuesto, más miserable. Una ocupación colonial basada en estúpidas razones de prestigio y en la explotación económica del Rif, en la que participó activamente Alfonso XIII; donde se usaron armas químicas prohibidas contra la población civil y que solo ocasionó traumas a ambos lados del estrecho. Fue una presencia injustificable que no dejó huella civilizadora alguna, solo el recuerdo del gas mostaza, el desastre de Annual y un ejército golpista.¿Por qué México sí y el Rif no? Quizá porque pedir perdón por el siglo XVI sale gratis, pero reconocer las responsabilidades de la Corona en las carnicerías coloniales del siglo XX obligaría a una revisión mucho más incómoda y cercana. El
Rey, al entrar en este juego, cae en la trampa de unas declaraciones con un sentido solo político. Y si el debate carece de sentido histórico, ¿de qué estamos hablando? ¿De simbolismo y diplomacia, o del mundial de fútbol? La historia, cuando se utiliza como arma arrojadiza, no libera; esclaviza. Juzgar el siglo XVI con los códigos éticos de Madrid en el 2026 es un viaje intelectualmente baldío. Al final, el perdón retrospectivo se convierte en una cárcel de odio y rencor que nos impide mirar hacia adelante. Pedir perdón por lo que no hicimos es tan absurdo como presumir de lo que no ganamos.