Los perros de asistencia son un apoyo esencial para miles de personas con discapacidad en todo el mundo. Estos animales pueden guiar a personas con discapacidad visual, alertar de crisis médicas, ayudar a quienes tienen movilidad reducida o acompañar a pacientes con trastornos. Sin embargo, detrás de cada perro que llega a trabajar con una persona hay un proceso largo, costoso y lleno de incertidumbres.Entrenar a uno de estos animales puede costar decenas de miles de euros y llevar varios años. Aun así, más de la mitad de los perros que comienzan el proceso no llegan a completarlo, ya sea por problemas de salud o por dificultades de comportamiento que les impiden desempeñar un trabajo tan exigente.Ante este desafío, varios equipos científicos y organizaciones dedicadas a la formación de perros de asistencia están recurriendo cada vez más a la genética, el análisis de datos y grandes bases internacionales de información para intentar mejorar el proceso desde la selección y cría de los futuros perros de trabajo. Un reportaje publicado en la revista científica
Science explora cómo la investigación está tratando de responder a una pregunta compleja: si es posible utilizar la ciencia para criar perros más adecuados para estas tareas.Un elefante en la habitaciónEn todo el mundo se estima que existen alrededor de 40.000 perros de asistencia, una cifra relativamente pequeña si se compara con la demanda creciente. Cada uno de estos animales puede ayudar a personas con más de 60 tipos de discapacidad diferentes, pero el camino hasta convertirse en perro de trabajo es extremadamente exigente.Las organizaciones que entrenan a estos animales llevan décadas enfrentándose a la misma dificultad, y es que muchos perros aparentemente prometedores no consiguen superar el proceso. A veces se trata de problemas físicos, como heredar displasia de cadera o de codo, que pueden causar dolor y limitar la movilidad, mientras que en otros casos aparecen dificultades conductuales, como ansiedad, miedo a estímulos nuevos o incapacidad para manejar el estrés del trabajo diario.Incluso cuando un perro consigue completar su aprendizaje, algunos pueden desarrollar problemas más adelante. Esto no solo supone una pérdida de tiempo y recursos para las organizaciones, sino también un impacto emocional importante para las personas que dependen de ellos.Cuando la genética entra en escenaDurante muchos años, las academias de formación de perros guía tomaban decisiones sobre qué animales debían reproducirse basándose en criterios bastante imprecisos. Los adiestradores describían el carácter de los perros con etiquetas subjetivas, que podían variar mucho de una persona a otra.La situación empezó a cambiar en los años noventa, cuando algunos programas comenzaron a aplicar una herramienta estadística utilizada desde hacía décadas en la ganadería, los valores genéticos estimados, conocidos EBV por sus siglas en inglés.Este sistema utiliza información sobre parentesco, salud y comportamiento para calcular la probabilidad de que un animal transmita determinados rasgos a sus descendientes. La idea de base es sencilla: si se seleccionan de forma sistemática los perros con mejores puntuaciones para ciertos rasgos (por ejemplo, buena salud articular o estabilidad emocional) la población debería mejorar gradualmente con el tiempo.Una de las organizaciones que adoptó este enfoque fue Guiding Eyes for the Blind, en Estados Unidos. Al aplicar estos cálculos durante años en sus programas de cría, han conseguido reducir drásticamente la incidencia de problemas como la displasia. Como resultado, el porcentaje de animales que llegan a convertirse en perros guía ha pasado aproximadamente del 20% a cerca del 50%.Bases de datos gigantes para entender a los perrosPara que estos sistemas funcionen, la clave está en la cantidad de información disponible. Cuantos más datos se recopilen sobre salud, comportamiento y parentesco, más precisas se vuelven las predicciones.Por eso se han creado iniciativas internacionales como el International Working Dog Registry (Registro Internacional del Perro de Trabajo), una enorme base de datos que reúne información genética, médica y de comportamiento de más de 100.000 perros de trabajo procedentes de más de veinte países.Gracias a este tipo de registros, las organizaciones ya no están limitadas a sus propias líneas de cría. Pueden buscar parejas reproductoras en otras poblaciones y evitar cruces demasiado cercanos, un problema que durante años ha preocupado a los especialistas por el riesgo de endogamia.Incluso es posible recurrir a material genético conservado mediante criopreservación, lo que permite utilizar en la cría a perros que murieron hace tiempo pero que tenían características especialmente valiosas.Siguiente paso, analizar el ADN completoAun así, los sistemas tradicionales tienen limitaciones importantes. Muchos rasgos relevantes, especialmente los relacionados con el comportamiento, dependen de la interacción de cientos o miles de genes y de factores ambientales.Para superar esas limitaciones, algunos investigadores están desarrollando una versión más avanzada del sistema llamados valores genéticos estimados con apoyo genómico, conocidos como GEBV.En lugar de basarse únicamente en genealogías y observaciones, este método incorpora miles de marcadores repartidos por todo el genoma del perro. De esta manera es posible estimar con mayor precisión el riesgo de enfermedades o la probabilidad de transmitir determinados rasgos.Los primeros modelos sugieren que este enfoque podría ser hasta dos veces más preciso que los métodos tradicionales. Si los resultados se confirman, permitiría a las organizaciones ahorrar tiempo y recursos al reducir el número de perros que fracasan durante el entrenamiento.Los límites de optimizar demasiadoA pesar del entusiasmo, algunos expertos advierten de que el comportamiento de los perros es demasiado complejo como para predecirlo completamente mediante genética.El etólogo canino Ádám Miklósi, de la Universidad Eötvös Loránd en Hungría, y uno de los investigadores más influyentes en el estudio de la cognición de los perros, señala que incluso con las mejores herramientas disponibles probablemente solo se pueda reducir la tasa de abandono de los programas de aprendizaje entre un 20% y un 30%.Además, existe el riesgo de centrarse demasiado en un rasgo concreto y perder otros igualmente importantes. Por ejemplo, seleccionar perros extremadamente seguros de sí mismos podría reducir su capacidad de autocontrol o aumentar su impulsividad.Aun con esas limitaciones, los especialistas coinciden en que incluso mejoras modestas pueden tener un impacto enorme. Si las organizaciones consiguieran aumentar la tasa de éxito hasta el 60% o el 65%, podrían entregar muchos más perros de asistencia cada año. Para las personas que esperan uno de estos animales, a veces durante años, ese avance podría marcar una diferencia decisiva.