La crisis climática está transformando el modo en que habitamos la Tierra. Sus efectos no se manifiestan de la misma forma ni con la misma intensidad en todos los rincones del planeta. Pero están ahí, expresándose ya abiertamente o aun agazapados. Las temperaturas aumentan con tal constancia que cada década, desde la de los 80, ha sido más cálida que la anterior. Las tormentas son más fuertes y a menudo se encadenan una tras otra, como hemos comprobado este invierno con el tren de borrascas que ha barrido
España, haciendo emerger a superficie los acuíferos subterráneos y obligando a aliviar los embalses.En tierra firme crece el número de sequías, con seria afectación para la producción de alimentos, y en el mar sube el nivel de las aguas, debido al calentamiento global y el deshielo de los polos; tan solo durante los diez primeros años del siglo en curso, dicha subida obligó a 23 millones de personas a abandonar sus habituales lugares de residencia y emigrar, no por razones políticas o económicas, sino climáticas… No son estas proclamas de militantes ecologistas, sino datos avalados por los estudios que ha realizado
Naciones Unidas.En los lugares donde las consecuencias de la crisis climática no son todavía tan evidentes o dramáticas, puede haber quien tienda a considerar que el problema al que nos estamos refiriendo es remoto y acaso no tan grave. Y no faltan los que, directamente, niegan los efectos de la crisis climática, a menudo espoleados por intereses económicos ocultos. Sin embargo, con mayor o menor intensidad, se manifiestan también en nuestro país los efectos de este problema que compromete el futuro planetario.El Gobierno y las fuerzas locales del
delta del Ebre chocan por la modificación de límites terrestresEl
Maresme, sin ir más lejos, es uno de los escenarios recurrentes en materia de erosión costera causada por los temporales de mar. El oleaje parece tragarse la arena y a veces hace retroceder hasta veinte metros la orilla de la playa; destroza también en parte los paseos marítimos y llega a amenazar la línea ferroviaria al descalzar su tendido.En la zona del
delta del Ebre, los problemas son asimismo notables, tal y como explicamos en nuestra edición de hoy, en las páginas de la sección Vivir. Allí, la combinación de los temporales marítimos, la erosión costera y la subida del nivel del mar han aconsejado al
Ministerio para la Transición Ecológica estudiar una nueva delimitación del dominio público marítimo-terrestre. Para proteger mejor los humedales, el Ministerio quiere hacer retroceder tal delimitación en varios enclaves.Esta pretensión choca con los intereses de regantes, arroceros, propietarios, parte de los vecinos y del mismo Ayuntamiento de Deltebre (Baix Ebre), que administra el término municipal afectado por la propuesta de deslinde impulsada por el ministerio. Argumentan quienes se oponen al citado deslinde que, si se aplicara, perderían el control sobre una parte significativa de sus terrenos.Paliar los efectos de la crisis climática requiere buscar intereses comunes y construir consensosLa operación ministerial se inició en el 2023, poco después de que el temporal Gloria afectara de modo notable a la zona, pero su viabilidad expiró el año pasado, después de que se agotara el plazo reglamentario sin culminar su aprobación. Ahora toparía además, en caso de que se reactivara, con un total de 9.454 alegaciones individuales al segundo expediente de deslinde, coordinadas por el Ayuntamiento de Deltebre, que no descarta la posibilidad de recurrir a la justicia ordinaria para defender la colectiva posición local.El caso no es de sencilla resolución. Es obvio que las dos partes enfrentadas defienden intereses legítimos, y es por ello que deberían hallar un punto de compromiso. Es de suponer que ambas partes desean proteger tanto los humedales como los cultivos tradicionales, dos de los elementos que definen la identidad del Delta. Y sería conveniente que se hallara una solución, no impuesta, que pudiera contentar a unos y a otros, aunque no fuera por completo. Es necesario darse cuenta de que hay intereses compartidos. Del mismo modo que hay desafíos comunes, destacando entre ellos la crisis climática, cuya contención requiere la suma de innumerables esfuerzos, empezando por una mayor concienciación social y siguiendo por políticas de consenso que contribuyan a frenar una crisis global, que en algunos aspectos probablemente sea ya irreversible. Como decíamos al principio, la crisis climática está transformando el modo en que habitamos la Tierra. Y es responsabilidad de todos conseguir que la Tierra siga siendo habitable, aunque no sea ya exactamente la misma.