Con la historia ocurre como con los telediarios: sirve más para conocer los prejuicios e intereses de quienes nos la cuentan que para aproximarse a la realidad supuestamente analizada. Por eso es importante no permitir que los políticos nos suelten muchas de sus historias y menos todavía cuando es obvio que lo hacen para enfrentarnos o tan solo para esconder sus propias miserias de gestión.
Carl De Souza / AFPLos ejemplos empachan. Milongas eran las que contaba
Jordi Pujol acerca del milenario de
Catalunya, como reinvenciones son tanto las gloriosas gestas de
España durante el siglo XVI como su leyenda negra, hábilmente difundida por sus enemigos franceses, ingleses y flamencos de la época. Quizás por ello, cíclicamente, los países (que conste que siempre empiezan sus élites) caemos en la tentación de tirarnos los platos de la historia a la cabeza: catalanes contra castellanos, franceses contra alemanes, judíos contra palestinos, la Gran Rusia contra la pequeña… ¡Siempre hay algún listo de hoy dispuesto a reparar agravios de ayer!Así lo confirma la última polémica en la que se ha visto enzarzado
Felipe VI sobre si acaso
España debería pedir perdón por la conquista de
Hernán Cortés y sus secuaces en lo que hoy conocemos como
México. Si ya fue un despropósito que en el 2019 el presidente López Obrador exigiera a
España disculpas por hechos ocurridos hace medio milenio, más bochornosas han sido todavía las coces y los rebuznos de
Díaz Ayuso y de
Abascal, en este tema como en tantos otros, una vez más incluso contra la Corona. Ahora que por fin íbamos dejando atrás los disparates revisionistas de
Ada Colau y del ministro
Urtasun, va y toma el relevo, por el otro extremo, la ultraderecha.¿Va a resultar que los abusos del pasado justifican humillaciones o discriminaciones en el presente?A decir verdad,
España no debe pedir perdón sobre la conquista de
México, entre otras cosas porque hace quinientos años ni la una ni la otra existían como tales. Además, suponiendo que pudiera establecerse una mínima trazabilidad histórica entre generaciones, éticamente es más que discutible que los ciudadanos del 2026 debamos asumir alguna responsabilidad por hechos cometidos por nuestros pretendidos antepasados. ¿O es que, si mi bisabuelo hubiera sido traficante de esclavos, yo debería pedir perdón ante el primer descendiente de cautivos que se me cruce por la Rambla? ¡Y a mí qué me cuentan! ¿Acaso este último no ha nacido ya con los mismos derechos que yo? ¿Va a resultar que los abusos del pasado justifican humillaciones o discriminaciones en el presente? Pedir perdón por unos hechos ocurridos hace cinco siglos es un rollo macabeo, como lo es justificarse antisemita en la Europa de hoy porque hace dos mil años los judíos mataron a Jesucristo; o ser antiespañol en Amberes, por los excesos de los Austrias en 1576.En el caso concreto de
México, tampoco hay que ser un sabio para evitar referirse a los aztecas como honorables ancestros de la patria mexicana, caídos no está claro si por las armas, la viruela o, simplemente, la sífilis. Los aztecas eran unos salvajes, bastante más sanguinarios, por cierto, que sus pueblos sometidos y mucho más bárbaros que sus conquistadores hispanos, que ya es decir. Recuerden que los de Moctezuma, angelitos ellos, quemaban, empalaban, mutilaban y canibalizaban a sus enemigos, a razón de unos 10.000 al año, y que si tenían un día espiritual –cosa que acostumbraba a pasar bastante a menudo–, incluso arrancaban el corazón de sus prisioneros y se lo zampaban, todo por dar gracias a Dios y procurar mantener la divinidad de su parte.Más allá de la verdad de Perogrullo que supone afirmar, como ha hecho el Rey ante el embajador mexicano, que en la colonización de América “hubo mucho abuso” –a ver quién es el listo que nos descubre una conquista sin violencia–, es evidente que el comentario de
Felipe VI busca recomponer las magulladas relaciones entre ambos estados, pensando en lo mucho que nos une y concretamente en el éxito de la futura Cumbre Iberoamericana de Madrid. Sea por lo que sea, lo único que queda claro, de momento, es que con sus declaraciones el Rey ha conseguido que le inviten a los próximos Mundiales de fútbol, un logro del que supongo que debemos alegrarnos todos. Porque en la historia una cosa es segura: al final, la cuente quien la cuente, siempre salen ganando y perdiendo los mismos.