Entre lo divino y lo terreno se mueve el ojo-objetivo de
Paolo Sorrentino; entre lo pop y lo eterno, también. Con qué maestría se desenvuelve el cineasta italiano para bailar alrededor de un concepto como es el de la "Gracia", "la belleza de la duda", acompañado de esos personajes que tan bien representan las flaquezas de lo humano, fauna histriónica fácilmente reconocible en esos mundillos en los que las apariencias lo sostienen todo, aunque sea con alfileres. Sorrentino, el italiano moderno que más y mejor ha relatado los males endémicos de la política italiana -y Vaticana-, absuelve esta vez a un político honesto, el presidente de la República de Italia
Mariano De Santis (
Toni Servillo), también conocido a sus espaldas con el apodo de Hormigón Armado, por su rumia lenta, pesada e implacable en la toma de decisiones. En la época del peor populismo, Sorrentino se inventa -qué pena- al hombre más íntegro desde el cine de
Frank Capra. De Santis es un presidente ya de salida: en seis meses abandonará el
Palazzo del Quirinale. Autor de uno de los manuales de derecho más complejos -el K3, lo llamaban los alumnos, puesto que es imposible de escalar-, De Santis debe firmar -o no- una última ley, la de la eutanasia, auspiciada por su hija y colaboradora Dorotea (
Anna Ferzetti). La otra de sus tribulaciones pasa por descubrir quién fue el amante secreto de su mujer, recientemente fallecida, de la que sigue desesperadamente enamorado. Dos cuestiones que pasan por llegar a ese punto de discernimiento, a esa Grazia, que iluminará su camino. De Santis, que llegó a la presidencia batiendo a un político extremista, también debe decidir si le concede el indulto a una mujer que mató a su marido maltratador -es una forma de eutanasia, de liberarlo de su enfermedad", alega ella, y a un profesor de instituto, muy querido por sus alumnos, que acabó con la vida de su mujer, enferma de alzhéimer, a la que aún seguía enviando cartas de amor. ¡Qué bien posa Servillo! ¡Qué bien mira, qué bien constriñe su frente pensante, qué bien fuma! A él le seguimos en sus paseos reflexivos por las estancias marmóreas del Quirinale, rodeado de colaboradores fieles, pero también de personajes ambiciosos que intentan manipularlo para conseguir esta o aquella prebenda. Su figura es diminuta entre el arte milenario y el mobiliario regio: un hombre empequeñece ante la grandeza del Derecho, de la ley, de la Civilización con mayúscula. El presidente De Santis, aplaudido por su cámara. (Mubi) El actor fetiche de Sorrentino, que ganó la Copa Volpi en el pasado Festival de Venecia por su interpretación de De Santis, encarna esta vez al servidor público, también con mayúsculas: discreto, reflexivo y comprometido. Tanto, que lo acusan de cobardía, por sus cavilaciones elongadas. Servillo, que ha interpretado al excesivo Berlusconi en Silvio (y los otros) (2018) y al manierista Andreotti en Il Divo (2008), se aleja esta vez de las representaciones mafiosas a las que acostumbra la política italiana. Pictórica y barroca como un cuadro de Guido Reni, La Grazia es un film tan obsesivo como su protagonista, que vuelve a uno de los leitmotivs de Sorrentino: la idea del misterio, el éter del que nace todo lo bello y lo sagrado. Un tema que ya abordó Sorrentino, de una manera muy diferente, en The Young Pope (2016). También se agradece la ligereza de un director que, cuando parece que se va a dejar arrastrar por la pompa y la estetización videoclipera, no teme reírse de sí mismo y del boato: genial la secuencia de la recepción presidencial bajo la lluvia. Porque en toda esta fastuosidad hay mucho de absurdo. Otro momento de 'La Grazia', de
Paolo Sorrentino. (Mubi) Siempre hay un detalle genial, una capa más, en cualquier composición de Sorrentino: ya sea ese guardia de palacio al fondo del pasillo, o ese secretario sonriente al que el director le regala un plano, aunque no abra la boca ni vayamos a verle nunca más. En ese tipo de recodos, Sorrentino se hace aún más grande. Porque, como buen mediterráneo verboso, la divagación no es sólo una cuestión de estilo, sino de impulso natural. Estos últimos seis meses de legislatura le sirven también a De Santis para reflexionar sobre su labor y sobre su vida pasada, dedicada enteramente a la presidencia, sin apenas una conversación personal con sus hijos, sin amigos -más allá que la crítica de arte tan verborreica como guardiana de los secretos Coco Valori (Milvia Marigliano), colega desde el pupitre- y que promete dejarle suspendido en un gran vacío existencial. Qué feliz regreso el de Sorrentino a la sátira, a una sátira más reflexiva y madura, como su protagonista, con un puntito de melancolía pero que no pierde el talento de encontrar la humanidad en nuestras pequeñas -y grandes- contradicciones. Y todo a ritmo del musicote electrónico más de moda: no podrán sacarse de la cabeza el Surf Rider de Il est Vilaine. Entre lo divino y lo terreno se mueve el ojo-objetivo de
Paolo Sorrentino; entre lo pop y lo eterno, también. Con qué maestría se desenvuelve el cineasta italiano para bailar alrededor de un concepto como es el de la "Gracia", "la belleza de la duda", acompañado de esos personajes que tan bien representan las flaquezas de lo humano, fauna histriónica fácilmente reconocible en esos mundillos en los que las apariencias lo sostienen todo, aunque sea con alfileres. Sorrentino, el italiano moderno que más y mejor ha relatado los males endémicos de la política italiana -y Vaticana-, absuelve esta vez a un político honesto, el presidente de la República de Italia
Mariano De Santis (
Toni Servillo), también conocido a sus espaldas con el apodo de Hormigón Armado, por su rumia lenta, pesada e implacable en la toma de decisiones. En la época del peor populismo, Sorrentino se inventa -qué pena- al hombre más íntegro desde el cine de
Frank Capra.