Hay preguntas existenciales que nos atenazan a todos y, como ocurre debido a la neblina que nos impide desentrañarlas (quizá ahora más que nunca), llevarlas al teatro no resulta tan sencillo.
Fernanda Orazi (
Buenos Aires, 1975), actriz, directora y dramaturga -y con un par de Max a sus espaldas- lleva un tiempo cuestionándose sobre qué es esto del vivir, del estar por aquí y de la (verdadera) libertad de nuestras acciones (y, ya si nos ponemos, quién es el creador de todo esto). Lo mismo que hiciera
Miguel de Unamuno hace más de un siglo. El vasco lo plasmó, entre otros textos, en la famosa novela (nivola) Niebla en 1914 (aunque la escribió en 1907); Orazi la ha cogido, la ha pasado por la batidora teatral y ha parido su Niebla, que es una adaptación y no lo es, y que comienza como un cohete organiquísimo, pero luego se espesa, se embadurna y cuesta la digestión. No es fácil lo que ha intentado Orazi y casi le sale. Y, por eso, tiene hallazgos, deslumbres. Se puede ver hasta el 12 de abril en Nave 10 del Matadero de
Madrid (y quedan entradas). Unamuno creó al personaje de
Augusto Pérez, niño bien que se desvive entre problemas de “amoríos” -muy bien pillado esto en la obra, “porque son amoríos, el amor es otra cosa”- existenciales y masculinos. Que esto último seguramente tampoco lo vio tan claro el vasco, pero Orazi sí. Son los ojos de 2026. La historia que se nos cuenta es la de un Pérez -fabuloso
Juan Paños, ya hablaremos- que tras seguir a una mujer -muy bien
Leticia Etala- hasta su portal “con los ojos imantados” por tal figura -también hoy se nos deja claro que esto bien no está- se declara perdidamente enamorado. Y ahí comenzarán sus cuitas sobre el amor (amoríos) porque por ahí se cuela Rosario (seductora y triste
Carmen Angulo), su planchadora, completamente enamorada de él (y él tampoco desaprovechará la situación aunque no lo esté, lo que lleva a que se deje traslucir cierta crítica a comportamientos masculinos, otra cosa que Unamuno tampoco vio); y los consejos de su amigo Víctor, su perro Orfeo y, finalmente, el creador, “el encargado”, el propio Unamuno -aunque aquí desaparecido de escena-, porque, quién al fin y al cabo ha llevado hasta allí a Augusto si no ha sido su creador. Y más allá: ¿quién ha llevado hasta allí a Unamuno? Está es la filosófica metaficción en la que incurre el escritor (un siglo antes de la manoseada autoficción actual). Una gran novela modernista; una obra de teatro… complicada. El pensamiento es difícil de llevar a la acción. Y, sin embargo, Orazi ha construido un artefacto que se inicia como un torpedo lleno de situaciones surrealistas, con muchísimo eco del teatro del absurdo (sí, por aquí resuenan Beckett y Ionesco, además de los cuadros de Magritte y Chirico con sus bombines: hay escenas que son prácticamente ese tipo de lienzos) con un humor afilado y agradable al mismo tiempo. Los cinco actores -
Carmen Angulo, Javier Ballesteros,
Leticia Etala,
Juan Paños más la directora Orazi conforman la compañía Pílades, quienes ya pusieron en marcha las interesantes Electra y La Persistencia- aparecen en escena con un Paños que se convierte en el personaje de ficción Augusto en cuanto se pone unos zapatos y sin poderlo evitar sigue a Eugenia hasta su casa. Orazi ha construido un artefacto que se inicia como un torpedo de situaciones surrealistas y con muchísimo humor afilado, al hueso Más hallazgos: estupendo el perro Orfeo que interpreta Javier Ballesteros, magistral Paños como Augusto porque vemos al clown, al personaje ficticio al que le duele no poder desasirse de las cadenas que le impone su creador, al que la vida le lleva aquí y allá sin saber cómo (¿como a todos?). Es un hombre que parece un niño, que nos da pena (y que se queja por ello). Hay muchísima frescura en la dirección, rompiendo la cuarta, la quinta, la sexta pared. Orazi juega con todo el teatro -que está prácticamente limpio a excepción de una puerta, un diván, un árbol, y un paisaje móviles: no hace falta más- y eso le da muchísimo movimiento, sobre todo cuando parece que la obra, después de un gran inicio, se encalla en cierto bucle repetitivo. Ahí es cuando nos vamos un poco como espectadores. Demasiada filosofía. Vuelve a coger carrerilla hacia el final. Regresa ese humor del inicio y ese combate metafísico del personaje con el autor (aquí hay, obviamente, ecos de Pirandello) en el que, por supuesto, el primero tiene todas las de perder (y, ojo, tampoco te enfrentes nunca con tu creador, nos dice la obra). Está bien traída la idea de enfrentarse a un telón, pero también es verdad que llegamos un tanto exhaustos de simbolismo.
Juan Paños frente a un cielo a lo Magritte. (Geraldine Leloutre) La novela de Unamuno ha sido adaptada en varias ocasiones. Queda constancia de dos adaptaciones televisivas, una en 1965 interpretada por Agustín González y Fernando Guillén, contada a modo de fábula -más simplificada, más trama que símbolo- y que constaba de cinco capítulos de 25 minutos. Supongo que se trataba de acercar un clásico literario al gran público (y no salía mal, aunque sí que chirrían a día de hoy esas relaciones del pobre Augusto con las mujeres); en 1976, Fernando Méndez-Leite también lo adaptó en un telefilme con Gerardo Malla como Augusto, Mónica Randall como Eugenia, Miguel Rellán como Víctor y Luis Prendes como Unamuno. Aquí la figura del escritor era absolutamente fundamental: estaba más pegada al texto original. Orazi ha intentado hacer otra cosa muy distinta. Es una propuesta muchísimo más formal (y por ahí es por donde se pierde a veces) despojada de múltiples personajes (el propio Unamuno), pero muchísimo más fresca que las ya añejas adaptaciones televisivas. Orazi hace teatro de hoy con las preguntas de ayer, pero que siguen vigentes en la actualidad. Ya solo eso, como propuesta inteligente y por sumergirse en un filósofo como el vasco en los tiempos nebulosos que corren, es digno de aplauso (aunque no lo haya cuajado). Hay preguntas existenciales que nos atenazan a todos y, como ocurre debido a la neblina que nos impide desentrañarlas (quizá ahora más que nunca), llevarlas al teatro no resulta tan sencillo.
Fernanda Orazi (
Buenos Aires, 1975), actriz, directora y dramaturga -y con un par de Max a sus espaldas- lleva un tiempo cuestionándose sobre qué es esto del vivir, del estar por aquí y de la (verdadera) libertad de nuestras acciones (y, ya si nos ponemos, quién es el creador de todo esto). Lo mismo que hiciera
Miguel de Unamuno hace más de un siglo. El vasco lo plasmó, entre otros textos, en la famosa novela (nivola) Niebla en 1914 (aunque la escribió en 1907); Orazi la ha cogido, la ha pasado por la batidora teatral y ha parido su Niebla, que es una adaptación y no lo es, y que comienza como un cohete organiquísimo, pero luego se espesa, se embadurna y cuesta la digestión. No es fácil lo que ha intentado Orazi y casi le sale. Y, por eso, tiene hallazgos, deslumbres. Se puede ver hasta el 12 de abril en Nave 10 del Matadero de
Madrid (y quedan entradas).