Josele Santiago tiene una antena, invisible pero siempre activa, que le permite crear canciones incluso cuando el médico le dice que su hígado pronto se convertirá en foie gras. “Es una obsesión desde pequeñito, nunca se me ha pasado por la cabeza hacer otra cosa que canciones y después cantarlas, yo con una banda”. Así de sencillo es el deseo que lanzó al aire cuatro décadas atrás, y que le fue devuelto como un don para vivir ese sueño con su inevitable dosis pesadillesca, dos caras que repasa en Desde el jergón (Contra), donde las canciones de
Los Enemigos se convierten en máquinas del tiempo que nos llevan al instante en que surgió “la chispa” que las alumbró.“Cualquier vida cobija una epopeya” dice el autor en el prefacio de esta obra autobiográfica, y la de Santiago se convierte en un mapa de aquellos bares de
Malasaña donde se refugiaba para escuchar música o beber sin ser molestado, el relato de un raterillo salvado por los libros, o un atracador de farmacias frustrado, o un yonki al que sólo le faltaba el chándal para convertirse en aquel triste arquetipo, inmortalizado por la plaga mortal que tintó de negro las últimas décadas del pasado siglo.Y por supuesto, quizás por encima de la anécdota personal, Desde el jergón es un recopilatorio de los caminos recorridos para encontrar las canciones de
Los Enemigos, punto de partida de este libro nacido en el lugar donde uno menos podría esperar encontrar a este músico de 61 años, que habla con voz pausada, serena y algo cascada en la terraza de un antiguo bar burgalés, ahora propiedad de unos chinos, en
Montcada i Reixac. “Cuando sacamos Vida inteligente [en el 2014] empecé a poner en Facebook comentarios técnicos sobre las canciones, y tenía mucho feedback” recuerda. “Luego empecé a contar la historia que rodeaba las canciones y más feedback”. Así fue como le vino la idea de escribir un libro donde reunir las circunstancias que rodearon a la gestación de cada canción, y que recuerda con mucha nitidez, “y sin quererlo me ha salido una crónica del
Madrid de finales de los 80 a principios del 2000”.En esta historia no falta el suicida que Santiago vio lanzarse desde el viaducto de la calle Segovia, y que inmortalizó en Septiembre. El hecho aconteció cuando cogía el autobús desde el barrio de
Puerta del Ángel, zona obrera ahora absorbida por la gentrificación donde sucedió su infancia. “Tuve la suerte de que mi padre tenía una buena biblioteca, cosa muy rara en el barrio, en las casas de mis amigos estaba la enciclopedia esa verde que había en todas las casas y poco más”. De allí nació su pasión por devorar libros, que junto a la música todavía le acompaña, y que comenzó leyendo a Cortázar o Lovecraft con solo 10 años. “Los profesores de literatura flipaban conmigo porque no era común”, recuerda.“A ti te gusta el barrio porque aún no le perteneces”, con esta frase Carmelo el Biela presagió la marcha de Santiago al centro después de atracar una farmacia con la pistola de su padre. “En mi caso lo hice una sola vez, pero se hacía mucho” afirma entre risas el músico. “No teníamos dinero ni fuentes de ingresos, por donar sangre te daban mil pesetas, pero con eso no podíamos invitar a una churri al cine”. No obstante reconoce que, aunque contarlo resulta divertido, “ves a los que son un poco mayores que tú a dónde han llegado y…”, reflexiona sin terminar la frase.No tardó mucho Santiago en sustituir aquellas calles por las de
Malasaña, el barrio donde descubrió la música, que recuerda como el poblado de Asterix en un
Madrid dominado por la cerrazón de las tribus urbanas, que solucionaban sus problemas “a ostias”. Rockers contra mods, mods contra punkis y otras hierbas, “sales del barrio para encontrarte con esto y dices joder, menuda mierda. A mí me gustaba toda la música popular de aquel entonces, y me resultaba muy frustrante porque había conciertos a los que no podías ir por si te daban de ostias”.Por el contrario, en
Malasaña comenzaron a abrir locales abiertos de miras en lo musical, “y además no daban garrafón”. Eso congregó en el barrio a muchos melómanos cuando todas las miradas estaban puestas en la Movida. “Es falsa esa idea de que antes de la Movida no había nada en
Madrid, que era gris y aburrida”, lamenta Santiago. “Lo que pasa es que la información estaba en las paredes de las calles y te enterabas si vivías allí”. No era así si vivías en una urbanización de las afueras, “y la mayoría de la gente de la Movida, para qué vamos a engañarnos, eran de buena familia”.“Puedes tener mucho cariño y poner mucho cuidado en cuatro acordes, depende de cómo los coloques”, reflexiona el veterano rockero, que formó
Los Enemigos antes de cumplir los 20, unos años en que trabajaba en una academia de música como chico para todo mientras pasaba fugazmente por la facultad, primero Periodismo (por error al inscribirse, reconoce) y luego filosofía, “pero ya empezaron a salir conciertos ¡y a la mierda Nietzsche!”.Nada pudo el neurótico pensador alemán ante la perspectiva de salir con una banda que en el libro define una y otra vez como una familia, un trío que se unió todavía más tras la desgraciada muerte del cuarto miembro, el mánager Lalo Cortés, cuando estaban a punto de dar el gran salto tras publicar La cuenta atrás en 1991. “Fue justo cuando conseguimos el sueño de vivir de la música, por eso el sueño cobró mucho más empaque, se lo debíamos a él. Ya se que parece una peli de adolescentes, pero fue un poco así”.Junto a Fino Oyonarte y Chema Animal Pérez, Santiago forjó una amistad que todavía se mantiene en pie con el guitarrista David Krahe como cuarto miembro allí donde estuvo muchos año Manolo Benítez, con quien el compositor de la banda mantuvo una tensa relación parecida a la de Johnny y Joey Ramone, entre el odio y la necesidad. “No digo que Manolo sea una mala persona ni yo buena, pero estábamos en conflicto constante. Tiene cojones que el destino me haya puesto al lado una persona que piensa todo al revés que yo”, se lamenta.Fue en aquellos años cuando a Santiago le diagnosticaron una depresión que ha llevado a cuestas toda la vida, aunque ahora solo la sufre de forma puntual gracias a la medicación y a haber dejado el alcohol. “Antes me tomaba lo que me daba el médico, lo que me daba la gana y alcohol” explica entre risas, “entonces era una bomba de relojería, por eso hablaba poco, porque me patinaba la lengua”. También por entonces cayó en la heroína, “palabras mayores”, un asunto que quiso incluir para combatir el estigma en torno a aquella plaga.“El acceso era facilísimo, casi como ir a por tabaco, y los más descerebrados, más curiosos o más inocentes caímos”. Fueron muchos los que cayeron, “una cuestión de higiene mayormente”, por compartir jeringuilla, algo que Santiago evitó, y que le permitió a la postre seguir con vida hasta que logró dejarlo. “Cuesta, pero la idea clara es que todos estos se han muerto y yo no quiero ser el siguiente. Al principio te crees que te está ayudando a escribir letras, pero luego te das cuenta de que a lo único que te ayuda es a creerte que haces cosas maravillosas que luego compruebas que son una mierda”.Los centros de desintoxicación –“públicos”, remarca Santiago alzando la voz, “cosa que por supuesto ya no existe”- le ayudaron a dejar la droga, aunque todavía tuvo que batallar muchos años contra el alcohol, “y en un país donde hay un bar en cada esquina, es muy difícil”. Pero beber inhabilita para escribir, “y por ahí si que no paso”. Su amor por la música continúa vivo cuatro décadas después, y en unos meses saldrá el próximo disco, el duodécimo de la banda. “Me gusta hacer canciones, aunque cada vez cuesta más porque no te puedes repetir y cada vez vas cubriendo un espectro mayor de tu experiencia”, comenta, “hasta que te das cuenta de que no es tanto el qué sino el cómo, como lo cuentas, el enfoque hace que todas las canciones sean distintas”.Llegar a esta conclusión le costó al compositor una crisis que le obligó a interrumpir los conciertos en el 2024, cuando sufrió un bloqueo fruto de la inactividad durante la pandemia, cuando llenó muchas papeleras hasta encontrar de nuevo el camino. “Tengo unas ideas muy abstractas pero siempre he sabido concretarlas, quitar la paja y poner una melodía”. Pero el don desapareció, “lo que veía me gustaba mucho, pero no era capaz de concretarlo”. En su lugar encontró una obsesión enfermiza que le mantenía encerrado en casa todo el día, con el flexo y la guitarra, hasta que encontró la manera de atrapar la chispa y convertirla en música, su razón de ser. “Ha merecido la pena, no puedo estar más orgulloso de este disco”.