Entre
Madrid y
Asturias hay 450 kilómetros de autopista, y un abismo en la mortalidad por cáncer. La
Madrid" class="entity-link entity-location" data-entity-id="48504" data-entity-type="location">Comunidad de
Madrid registra 199 muertes por cada 100.000 habitantes; el
Asturias" class="entity-link entity-location" data-entity-id="79122" data-entity-type="location">Principado de
Asturias, 248. Un 25% de diferencia en el mismo país, bajo el mismo Sistema Nacional de Salud y con el mismo amparo constitucional a la equidad sanitaria. Aun así, el código postal es un dato objetivo capaz de predecir el pronóstico de un cáncer de la misma forma que, por ejemplo, su tamaño o su variedad. La
OCDE acaba de publicar, junto con la
Comisión Europea, un informe de casi trescientas páginas —Delivering High Value Cancer Care— que radiografía las desigualdades frente al cáncer en Europa. Para empezar, el informe se hace eco de lo que la epidemiología viene advirtiendo: el cáncer en menores de 50 años va en aumento, sobre todo en mujeres; un 16% más de incidencia desde el año 2000. Pero el aspecto más incómodo del informe no está ahí; y no es nuevo, porque son datos inamovibles desde hace más de una década. El lugar de residencia, el nivel de renta y, sobre todo, la educación marcan grandes diferencias de pronóstico dentro de la
Unión Europea. Un habitante de Europa con estudios básicos tiene un 84% más de probabilidades de morir por cáncer que uno con estudios superiores. En cáncer de pulmón la cifra se dispara: 2,6 veces más, un 160% de desigualdad. Y no es solo que las personas con menos estudios fumen más —que también, y bastante—, es que van más tarde al médico, participan menos en los programas de salud general, interpretan peor los síntomas, viven en barrios con más contaminación, su dieta es peor y tienen menos recursos para sostener las exigencias de los tratamientos. La educación funciona como un ecosistema completo de ventajas que acumula beneficios de partida décadas antes del diagnóstico. En la mayoría de los casos, las diferencias más significativas se registran entre países, pero
España reproduce a ambos lados de los límites autonómicos las mismas fracturas que la
OCDE documenta entre las fronteras nacionales. En lo que respecta a las desigualdades del cáncer, somos una UE en miniatura:
Madrid funciona en indicadores oncológicos como los países nórdicos; algunas comunidades del sur y del noroeste se acercan a los datos de la Europa del este. La participación en los programas públicos de detección temprana del cáncer colorrectal —que salva vidas de forma demostrable— oscila entre el 19% y el 74% según la comunidad autónoma. Las mujeres con menores ingresos se hacen mamografías casi una quinta parte menos que las de mayor renta. En la última década, Canarias ha reducido la mortalidad por cáncer de sus ciudadanos el triple que Murcia. Cuando se miran los datos, resulta que puede llegar a ser preferible tener un cáncer más avanzado en una sociedad rica y educada que otro más precoz en un entorno de renta baja y pobre nivel educativo. Donde la desigualdad destruye es durante ese periodo de la historia natural del cáncer donde todavía tenía cura. Ahí es donde pesan de verdad el conocimiento que alerta de que un síntoma es importante, el retraso en el diagnóstico o disponer de los recursos económicos y culturales para sortear a un primer médico que no percibe la gravedad del asunto. Es tentador pensar que esto no va con nosotros, que es un asunto que distingue a daneses de rumanos, que tenemos un sistema sanitario público envidiable —que lo tenemos— que la cobertura es universal —que lo es— y que estamos en el extremo correcto de la estadística.
España, en su conjunto, sale comparativamente bien en el informe: la brecha educativa en mortalidad por cáncer entre hombres es del 44%, frente al 84% europeo, y entre mujeres apenas del 6%. Pero "salir comparativamente bien" no significa que el problema no exista. La nuestra puede que sea una familia relativamente pudiente en comparación con la mayoría de nuestros vecinos, pero la diferencia entre los tíos ricos y los primos pobres es mayor entre nosotros que en otras partes. Nos hemos de esforzar porque
Madrid y
Asturias, Cataluña y Galicia ocupen el mismo punto en la geografía de las oportunidades frente al cáncer. Se llama equidad. Mantén el contacto. Entre
Madrid y
Asturias hay 450 kilómetros de autopista, y un abismo en la mortalidad por cáncer. La
Madrid" class="entity-link entity-location" data-entity-id="48504" data-entity-type="location">Comunidad de
Madrid registra 199 muertes por cada 100.000 habitantes; el
Asturias" class="entity-link entity-location" data-entity-id="79122" data-entity-type="location">Principado de
Asturias, 248. Un 25% de diferencia en el mismo país, bajo el mismo Sistema Nacional de Salud y con el mismo amparo constitucional a la equidad sanitaria. Aun así, el código postal es un dato objetivo capaz de predecir el pronóstico de un cáncer de la misma forma que, por ejemplo, su tamaño o su variedad.