Carme tiene 96 años, esta casi ciega (ve sombras), sorda, tiene insuficiencia cardiaca, muy mala circulación en las piernas, usa un caminador para desplazarse por casa, no sale a la calle si no es acompañada, le traen la comida a casa y se la dan porque no puede comer sola, también la duchan (tampoco puede hacerlo por sí misma)… No obstante, toda esta retahíla de argumentos ha sido insuficiente para que le otorguen el grado II de dependencia. Su familia está indignada.“Cuando vas a su casa, siempre encuentras pastillas por el suelo. Y es porque en un momento dado se le han caído y no las ve para poder recogerlas”, explica su nuera,
Marisol (78 años), a
La Vanguardia.Cuando vas a su casa, siempre encuentras pastillas por el suelo”MarisolNuera de CarmeA
Carme le llevan la comida a casa todos los días desde el
Barcelona" class="entity-link entity-organization" data-entity-id="48805" data-entity-type="organization">Ayuntamiento de
Barcelona. Hay una persona del Consistorio que se la da (ella no puede comer sola) los martes y jueves. Y hay otra que la va a duchar los lunes, miércoles y viernes. Paralelamente, el resto de días de la semana que no son ni martes ni jueves, la mujer de la limpieza, que paga
Carme de su bolsillo, le da la comida o, si no puede hacerlo, se acerca su hijo,
Quim Estrada, 76 años y marido de
Marisol.
Carme tenía tres hijos. Hace tres años se le murió uno (que vivía con ella), y hace un año y medio, un segundo. “Todo esto le ha afectado mucho. La ha debilitado”, esgrime
Marisol. Cuando se le murió en el 2023 el primero, con el que vivía, la familia pidió el grado II de dependencia, que no le concedieron. Y en el 2025 lo volvieron a pedir, con el mismo resultado (la denegación les llegó este 2026).
Carme necesita ayuda para todos los quehaceres diarios LV / Mané EspinosaSolo le queda un hijo, Quim, que no puede estar mucho por ella porque tiene que cuidar también de
Marisol, que tuvo problemas de salud de pequeña –de ahí que su marido tenga que ayudarla en el día a día- y hasta hace poco iba en silla de ruedas por una lesión en el tobillo derecho. “Recientemente he vuelto a caminar, pero lo hago muy lentamente, parando y con cuidado”, explica Marsisol.La profesional que visitó a
Carme este 2026 en su casa e hizo su valoración para acceder al grado II de dependencia le dijo a
Marisol, según relata esta última, que la ceguera, por sí misma, no equivalía a un grado de dependencia. “Me quedé de piedra. A ver, una persona joven que se quede ciega, puede aprender a valerse por sí misma, entiendo. ¡Pero una persona con 96 años! Me enfadé mucho”. Tanto, que escribió una carta a
La Vanguardia. “No hay derecho”, lamenta.Parece que
Carme requiere de muchas más ayudas de las que el grado I le puede dar”Laura MorroDecana del TSCAT“Por lo que parece, esta mujer no tiene autonomía. Y eso es lo que se tendría que valorar”, arguye Laura Morro, decana del Col•legi Oficial de Treball Social de Catalunya (TSCAT). “Parecería que esta señora necesita una revisión de su grado de dependencia. Requiere de muchas más ayudas de las que el grado I le puede dar”, añade.Fuentes de Càritas
Barcelona verbalizan una opinión similar: “Si
Carme necesita ayuda para comer, ducharse y otras actividades básicas, lo más coherente sería que le reconocieran el grado II, siempre que no esté conviviendo con alguien que le ayude en el día a día y de forma continuada”.
Carme (96 años) junto a su hijo,
Quim Estrada (76) LV / Mané EspinosaA juicio de Morro, solo con los datos clínicos no se puede valorar a una persona. Por sus patologías, a
Carme le otorgaron 40 puntos en la valoración del 2023 y 46 en la del 2025 (en principio el grado II lo otorgan a partir de los 50 puntos). “Es verdad que te valoran en el domicilio, pero se hace con unos baremos muy rígidos. Desde el Col•legi y otros foros sociales hemos pedido el cambio de la ley de dependencia: ya no refleja las necesidades reales de la persona”, concluye.“No puedes valorar a alguien en una visita de 10 minutos”Para Laura Morro, decana del TSCAT, tendría que ser el equipo que atiende de manera habitual al paciente –desde el médico de cabecera hasta los trabajadores sociales– los que deberían valorarlo. También lo ven así fuentes de la Taula del Tercer Sector. “Es importante reforzar la coordinación con los profesionales y entidades que conocen los casos de cerca. Esto permitiría valoraciones más ajustadas, más ágiles y más humanas”, sostienen. Según Morro, la base para determinar el grado de dependencia no puede ser la valoración de un agente externo “que se presenta un día en casa de la persona, la valora durante 10 o 15 minutos y no tiene en cuenta su entorno, sino la funcionalidad que tiene en ese preciso momento”.
Marisol teme que, por su edad,
Carme ya no pueda vivir sola en breve. “Y si no tiene el grado II de dependencia, no podrá acceder a una residencia”. Efectivamente, este grado es, sobre todo, el que abre las puertas a este servicio.Licenciado en Periodismo por la UAB, trabaja en
La Vanguardia desde el 2010. Actualmente, en la sección de Sociedad, donde escribe sobre salud, ciencia o educación. Antes había trabajado en la Cadena Ser y COM Ràdio. jfita@lavanguardia.es