“¿No conocéis un sitio que se tome un poco menos en serio? Donde la música sea tonta y festiva, como la de las comuniones o los refritos televisivos de Navidad, ¡que la canción más moderna sea de comienzos de los 2000!”. Hace cuatro años, cansado de escuchar reguetón en discotecas de metacrilato de
Barcelona, les supliqué a mis mejores amigos afincados en la ciudad –un vasco, un gallego, un manchego y un andaluz– que me llevaran a un lugar donde para bailar no hubiera que follarse el aire, uno con música más auténtica y tonta, más nuestra, y, a poder ser, un sitio divertido. La respuesta fue unánime: tenemos que llevarlo a
El Cangrejo.Los asistentes a una discoteca bailan durante una sesión de música PropiasAl parecer, cada viernes y sábado, desde hacía décadas, el pub acogía un show de drag queens de una hora y media, antes de transformar el espacio y escenario en una sala de baile. Y yo, muy aficionado al mundo drag , que si no me travisto es porque no ganaría para maquillaje para disimular mi nariz, fui con la ilusión de un niño chico, recordando los monólogos del LL en
Madrid, a las fabulosas Fellini de
Bilbao o a los cabareteros del Madame Arthur en París. Pero me encontré con algo mejor –con todos mis respetos al resto–. Un espectáculo espontáneo, nada impostado y tremendamente divertido. Dos reinas desacomplejadas, con una larguísima carrera a sus espaldas, interpretaron varios números de playback y, entre tema y tema, se metieron con absolutamente todos los presentes en la sala. El público no podía más que reírse, tanto de las bromas ajenas como de las que atentaban contra ellos mismos.Muy aficionado a lo ‘drag’ –no me travisto porque no ganaría para maquillaje para la nariz–, fui al Cangrejo con la ilusión de un niñoMe reí tantísimo que hice de aquel lugar mi casa. Cada viernes y sábado, como quien va los domingos a misa o a la peña de fútbol, asistí religiosamente durante el medio año que viví en
Barcelona a verlas, siempre con brillo en los ojos, y la mayoría de las veces solo. No necesitaba a nadie más, solo a aquellas divas: Desiré y la
Ruben. El magnetismo que me ejercen me es inaudito: dos hombres que, durante toda la semana, guardan un perfil bajo, ¿quizás solitario? Me gusta pensarlo. Pero que, dos noches a la semana, son el centro de todas las miradas y todos les profesamos amor, ternura y admiración. Son como superhéroes: se ponen la capa e hipnotizan al resto.Mi manera de agradecerles su trabajo fue describiendo el espectáculo en mi última novela, La ciudad de las luces muertas. Incluso incluí un pequeño monólogo de la
Ruben, que es, por cierto, mi drag favorita de todas las habidas: una monstrua del humor.Hace una semana, volví. Invité a Flavita Banana, David de las Heras y Justo Barranco, y a todos nos dieron cera. A Flavita le dijeron que, si seguía soltera, se le iba a quedar el coño en modo de espera; a David le pidieron que explicara cómo se reproducen los vascos si no follan, y a mí, nada más empezar el show, se me acercó la
Ruben, de casi dos metros de altura, me dio la mano y me dijo: “Hola, qué tal; soy la señora de Pérez-Reverte”. No diré lo que dijeron de Justo, ¡vaya que me despida!Lee también¿Habéis visto la película Danzad, danzad malditos ? Al final de la noche me sentí como Jane Fonda. Cuando sonaron Dona Summer y Lina Morgan para echarnos del sitio, me di cuenta de que había bailado incluso demasiado. ¡Id! Ni siquiera cobran entrada. Eso sí, dejad en el vestidor toda corrección política, pues entraréis en una dimensión distinta, desvergonzada y grotesca.Pero un país que no sabe reírse de sí mismo está condenado al fracaso.