“Somos extraños. En el coche no toleramos nada. Percibimos que todo el mundo comete errores menos nosotros. Vienes de chillar a uno porque se te ha colado en el semáforo y, luego, llegas a la oficina y le cedes el paso a alguien en el ascensor. Somos selectivamente educados”, reflexiona
Aitor, vecino de Sant Joan Despí, padre de un niño de tres años, conductor resignado y observador atento de una coreografía urbana que se repite, casi idéntica, de lunes a viernes.El día de
Aitor empieza temprano y sin épica. “Nos levantamos sobre las siete y cuarto, siete y media; la idea es salir a las ocho, pero casi nunca ocurre”, explica. Un niño pequeño convierte cualquier planificación en una aproximación optimista. El objetivo es llegar a la guardería, cerca de la
Sagrada Familia, acompañar a su pareja al trabajo y después cruzar de nuevo la ciudad para ir a trabajar a
Sant Boi. En total, una hora y veinte minutos -a veces hora y media- de coche cada mañana.Un niño con mochila entrando al colegio Europa PressEl atasco no es en un punto concreto, sino un estado permanente. “En realidad no hay tramo tranquilo. Desde la incorporación a la
B-23 ya estás en tráfico lento”, relata. Es la etapa más espinosa. “Cansa mucho, aunque sean pocos kilómetros. Hay que estar demasiado atento”, admite. Da igual que no haya accidentes: basta con una salida saturada, un carril que se estrecha o el conocido efecto acordeón para que todo se detenga. La entrada por la
Diagonal, con menos carriles y más semáforos, hace el resto. “Es lógico: un solo carril con semáforos acaba bastante parado”.A
Aitor no le molestan las motos; de hecho, cree que ayudan a reducir el número de coches que circulan por la ciudadLejos de dejarse llevar por la rabia al volante,
Aitor ha optado por la resignación consciente. “No ganas tiempo por ir enfadado. Llegas igual, pero más tenso, y corres el riesgo de que el mal humor te dure todo el día”, apunta. Donde otros ven enemigos -las motos que se cuelan, los carriles bus que restan espacio- él ve un mal menor. “Cada moto podría ser un coche más. Los días de lluvia se nota: hay menos motos y muchos más coches, y todo empeora”.Lee tambiénAitor cada mañana, de lunes a viernes, entra en
Barcelona por la
Diagonal Llibert TeixidoEl atasco, paradójicamente, se ha convertido en un espacio de intimidad. Su hijo, por suerte, suele hacer el trayecto dormido. “Le vestimos sin despertarlo, lo bajamos al coche y llega dormido hasta la guardería”. El coche se transforma entonces en un espacio de conversación. “Es el momento en el que hablamos como pareja. Por la noche no siempre apetece hablar del trabajo, pero por la mañana nos ponemos al día”, cuenta. La radio suena de fondo, más como compañía que como fuente de información. Cuando va solo, llegan las llamadas de trabajo; por la tarde, ya sin tráfico, las familiares.Los viajes en coche se pueden aprovechar para conversar o para hacer alguna llamada de trabajoDesde el asiento del conductor, la ciudad se observa con lupa.
Aitor reconoce peatones habituales, padres que llevan a sus hijos al colegio, incluso corredores a los que ve “mejorar su ritmo con los años”. Un conocimiento silencioso, sin palabras. “Conoces a la gente sin conocerla”, resume. También están las escenas incómodas, como los limpiaparabrisas en los semáforos. “Lo peor es tener que decir que no cada día. Me pregunto si ellos también me reconocen a mí”, confiesa.
Aitor cree que la convivencia de los coches con las bicis y patinetes eléctricos ha mejorado Llibert Teixidó
Aitor percibe cambios. Cree que la convivencia con bicicletas y patinetes ha mejorado. “Hace tres años te pitaban por frenar para dejar pasar una bici; ahora la gente espera”. No ocurre lo mismo con el tráfico. “Cada vez hay más coches. Se nota la relación con los datos del paro: más gente trabajando, más coches entrando”. El teletrabajo alivia algo los lunes y viernes, pero no soluciona el fondo.Cuando deja al niño en la guardería llega una una breve tregua. Pronto, de nuevo al coche, ahora solo, para salir de
Barcelona. Es un descanso relativo. La jornada apenas empieza. “Es mi normalidad”, dice sin dramatismo. Quizá por eso su mirada es tan clara: el atasco no es solo un problema de movilidad, es un espejo diario de cómo vivimos, trabajamos y compartimos -o no- el espacio común.