Arturo no se limitaba a reírse. Lideraba la burla con una precisión casi coreográfica, como si aquel espectáculo de magia hubiera sido convocado únicamente para alimentar su ego. Cada vez que el mago
Sandokan completaba un número —un conejo que aparecía de una chistera, una paloma que se desvanecía entre pañuelos de colores—,
Arturo alzaba la voz, señalaba con la barbilla y arengaba a sus amigos: «¿Lo habéis visto? ¡Por ahí va el truco!», «No cuela, colega, ¡enseña las mangas!». Y luego llegaba el improperio, la carcajada grupal, el golpe en la mesa.Imagen de un ilusionista con una mujerLVEOcurrió una tarde de otoño, de esas en que
València huele a castañas asadas y a humedad de cemento recién mojado. La ludoteca de la calle Albacete, con sus paredes pintadas de nubes y sus estanterías repletas de juegos de mesa desparejados, era el escenario del cumpleaños de
Sara, la pequeña de
Pablo y
Luisa. Ocho años recién cumplidos, coletas desiguales y una devoción feroz por los unicornios. Para celebrarlo, sus padres habían contratado a un ilusionista: un hombre menudo, calvo y de mirada profunda que se hacía llamar
Sandokan, como el tigre de la Malasia.Entre los invitados, varios matrimonios con niños de edades similares. Y entre ellos,
Arturo y
Maite. Él, cuarentón de mandíbula cuadrada y pelo rapado, torso que aún recordaba horas de gimnasio, pero con la tripa ya insinuándose bajo la camisa negra. Ella,
Maite, una mujer que había sabido envejecer con rebeldía: treinta y nueve años, melena larga y negra de corte asiático, caderas que aún marcaban ritmo y una blusa ajustada que hacía girar cabezas. Se conocieron en una discoteca de la Ruta del Bakalao, a finales de los noventa. Ella bailaba en una plataforma con botas de tacón y purpurina en los pómulos; él era un cliente habitual de las emociones fuertes. Veinte años después, seguían siendo una pareja de miradas cómplices y noches largas, pero también de excesos domésticos y orgullo mal entendido.El espectáculo de magia era el plato fuerte. Antes hubo merienda de chocolate con bizcochos, juegos de globos con dos monitoras adolescentes que parecían estar allí por obligación, y barra libre para los adultos. Demasiada cerveza. Demasiadas latas de
Amstel vacías sobre los manteles de plástico. Cuando
Sandokan comenzó a montar su escenario —una mesa cubierta con un paño negro, dos atriles metálicos y una pantalla azul de fondo que imitaba el cielo—, la mayoría de los padres ya habían cruzado la línea del entusiasmo ruidoso.
Arturo y los suyos se colocaron en un lateral, estratégicamente cerca del mago. Querían que él les oyera. Querían que supiera que allí no había crédulo alguno. Junto a él estaban
Maite —que reía con la mano en la boca, más por costumbre que por convencimiento—, Quico, Javi y Mónica, la esposa de Javi, una mujer de risa fácil y comentarios afilados.
Pablo, el padre de la cumpleañera, les lanzaba miradas incómodas, pero no decía nada.
Luisa, en cambio, apretaba los labios y cruzaba los brazos.
Sandokan inició el show con números clásicos: la aparición y desaparición del conejo —una bola de pelo blanco que miraba a los niños con indiferencia—, la paloma que voló hasta posarse en el hombro de
Sara, y la varita que se transformó en una hilera de pañuelos de colores. Todo ello acompañado de una música de circo que apenas se oía por encima de las risas de los adultos.—¡Ese conejo está amaestrado! —gritó
Arturo.—¡Y la paloma tiene un hilo! —secundó Quico.—¿Qué vas a sacar ahora, mago? ¿Un cordero de la tripa?Los niños, confusos, miraban a sus padres. Algunos se reían sin entender. Otros, los más pequeños, empezaban a fruncir el ceño.El rostro de
Sandokan, cetrino y serio bajo la luz tenue de la ludoteca, comenzó a cambiar. Primero fue un leve tic en el párpado izquierdo. Luego la comisura de los labios, ligeramente descendida. No dijo nada, pero algo en su postura se tensó, como un felino que decide cuándo atacar.—Venga, otro número —corearon—. ¡Que te lo pillamos!
Arturo fue subiendo la apuesta. Ya no se limitaba a los trucos. Empezó con lo personal: la calvicie del mago, su baja estatura, esa tripa prominente que la chaqueta de terciopelo no lograba disimular.—Mirad, ahí tiene escondido medio zoo —dijo, señalando el vientre de
Sandokan—. ¡Que se levante la camisa!El grupo estalló en carcajadas.
Maite rio también, aunque esta vez su mirada buscó la de su marido con una pizca de inquietud.
Arturo, cegado por su propio liderazgo, no lo advirtió.
Pablo intentó mediar. Se acercó al grupo con una sonrisa forzada, las manos abiertas.—Chicos, por favor, que es el cumpleaños de mi hija…—Tranquilo,
Pablo —respondió
Arturo sin mirarle—, si el mago es bueno, que lo demuestre.Nadie dijo nada más.
Sandokan, entonces, dio un paso al frente y alzó la voz con una calma que heló la sala.—Señoras y señores, tengo el honor de presentarles mi último número. Un número muy especial. Se lo dedico especialmente a la pandilla de
Arturo.El grupo aplaudió con sorna.
Arturo levantó su lata de cerveza como si brindara por su propia victoria.—Necesito un voluntario mayor de edad —prosiguió el mago—. El número implica ciertos riesgos.Más risas.
Arturo levantó la mano. Pero fue
Maite quien adelantó el cuerpo, con una decisión que sorprendió a todos. Se puso en pie, dejó su bolso en la silla y caminó hacia el mago con paso firme, pero con los dedos ligeramente temblorosos al ajustarse el cinturón de los vaqueros.—Yo voy —dijo, sin mirar a su marido.Un aplauso genuino recorrió la sala, incluso entre los que no formaban parte del grupo.
Maite era una mujer que inspiraba simpatía. Su belleza, esa mezcla de rasgos asiáticos y mirada burlona, la hacía magnética. Y aquella tarde, bajo la luz mortecina, parecía una actriz dispuesta a interpretar un papel arriesgado.
Sandokan la recibió con una leve reverencia.—Gracias, hermosa dama. Usted y yo vamos a hacer algo que ninguno de los presentes olvidará.
Maite sonrió, nerviosa. Se giró un instante hacia
Arturo, que la miraba con orgullo y algo más: una chispa de excitación. Ver a su mujer en el centro de la escena le gustaba. Le gustaba tanto que no advirtió el cambio en el aire.—Permítame que le pida que se ponga recta, brazos pegados al cuerpo, y cierre los ojos —dijo
Sandokan, con una voz que había perdido toda teatralidad y se había vuelto hipnótica, casi íntima.
Maite obedeció. El mago se acercó, apoyó su mano derecha en la nuca de ella y con la izquierda dio un pequeño golpecito en su frente. Un gesto suave, casi una caricia.
Maite exhaló un suspiro hondo y su cabeza se inclinó hacia delante, como si de repente pesara el doble.
Sandokan se apartó y bajó la voz.—Señoras y señores, esta mujer está ahora en un estado de sueño profundo. Necesitamos silencio absoluto. Si alguien la despertara bruscamente, podría quedar afectada por una alteración neurológica irreversible. Su personalidad, su memoria, todo podría cambiar para siempre.El silencio no fue inmediato, pero se fue extendiendo como una mancha de aceite. Primero callaron los niños, luego los padres.
Arturo dejó la lata en la mesa. Su sonrisa se había congelado.
Sandokan colocó un taburete metálico detrás de
Maite y ordenó:—Siéntese.Ella lo hizo, con una precisión mecánica que erizó la piel de los presentes. Los ojos seguían cerrados. El rostro, relajado, como el de alguien que duerme una siesta eterna.—¿Cómo te llamas? —preguntó el mago.—
Maite Domínguez de Baños —respondió ella, con una voz neutra, sin el habitual deje irónico.—¿Cuántos años tienes?—Treinta y nueve.—¿Tienes hijos?—Sí.—¿Estás casada?—Sí.—¿Dónde estás ahora?Hubo una pausa.
Maite frunció el ceño.—No lo sé. No veo nada.
Sandokan sonrió, apenas un milímetro.—Estás sentada en la ducha. El agua empieza a caer. Es agua caliente, muy agradable. Ahora debes enjabonarte.Y
Maite, sin dudarlo, comenzó a frotarse. Los brazos, las piernas, el cuello, el vientre, los pechos. Lo hacía con una naturalidad obscena, como si estuviera sola en su baño. La blusa se le subió un poco, dejando ver la piel morena de su costado. Algunos hombres bajaron la mirada. Las mujeres se miraron entre sí.
Arturo ya no sonreía. Dio un paso al frente.—Eh, mago, ya está bien.—Silencio —respondió
Sandokan sin mirarle—. Si se despierta ahora…—¡Que le den a tu silencio! —
Arturo avanzó otro paso—. Esto no es magia, esto es…Pero
Sandokan ya estaba hablando de nuevo a
Maite.—El agua se ha ido. Pero ahora han llegado las moscas. Muchas moscas. Te molestan, te pican. Tienes que ahuyentarlas.
Maite empezó a agitar los brazos. Primero con suavidad, luego con desesperación. Su respiración se aceleró. En su rostro apareció el miedo, un miedo real, infantil, desarmado. Las moscas imaginarias la estaban devorando.—Por favor —susurró ella—, que se vayan…—Muévete más rápido —ordenó
Sandokan.
Arturo saltó. En dos zancadas se plantó frente al mago, pecho contra pecho. El olor a cerveza y a colonia barata llenó el espacio entre ellos.—La despiertas ahora mismo o te crujo la cara. Aquí mismo. Delante de todos los niños.
Pablo se levantó de la silla, pálido.—Por favor, mago, termine con esto.Pero
Sandokan no se inmutó. Miró a
Arturo a los ojos, y por un instante todo el mundo contuvo la respiración. Entonces, con una rapidez felina, el mago alargó la mano y tocó la frente de
Arturo.Un solo dedo. Un punto entre las cejas.
Arturo parpadeó. Su mandíbula se relajó. Sus hombros cayeron. Y cerró los ojos.El silencio se hizo absoluto. Hasta los niños parecían haber olvidado cómo se llora.
Sandokan les habló a todos, pero sobre todo a nadie.—Ahora ellos dos están en un sueño compartido. No se preocupen. En breve volverán. Pero quiero que entiendan algo: la falta de respeto no es un juego. La humillación no es un número de magia.Ordenó a
Maite que saltara a la pata coja. Ella obedeció. Ordenó a
Arturo que se pusiera en cuclillas y se chupara el dedo pulgar como un niño pequeño. Él obedeció.La escena era grotesca y fascinante. Los invitados no sabían dónde mirar. Algunas madres cogieron a sus hijos en brazos.
Pablo se sentó de nuevo, con la cara entre las manos.
Luisa lloraba en silencio.
Sandokan dejó pasar unos segundos. Luego, con una voz cálida, casi paternal, anunció:—Voy a contar hasta tres. A la tercera, daré dos palmadas. Ellos despertarán y no recordarán nada de lo sucedido. Pero es fundamental el silencio total. Cualquier ruido, cualquier suspiro, podría dejarlos dormidos durante horas. Quizás días.Nadie tosió. Nadie respiró.—Uno.Los padres apretaron las manos de sus hijos.—Dos.
Maite dejó de saltar.
Arturo soltó el dedo.—Tres.Dos palmadas secas, como un latigazo.Todos los adultos de la sala —todos, sin excepción— agacharon la cabeza y cerraron los ojos durante un instante. Un parpadeo colectivo, sincronizado, imposible.Cuando volvieron a levantar la vista, el mago
Sandokan estaba recogiendo su mesa. La pantalla azul ya se había desmontado.
Maite y
Arturo permanecían de pie junto a la pared, confusos, pestañeando como quien despierta de una siesta demasiado larga.—¿Qué ha pasado? —preguntó
Maite, pasándose una mano por el pelo.—No sé —respondió
Arturo—. Creo que me quedé dormido.Nadie dijo nada. Los niños volvieron a jugar.
Pablo sirvió más refrescos.
Luisa sonrió, aunque le temblaban los labios.
Arturo buscó con la mirada al mago, pero ya no estaba. En su lugar, sobre la mesa negra, había una sola carta boca arriba: el Mago, del tarot. Y detrás, escrita con letra pequeña en una servilleta, una frase:*“El verdadero truco no está en lo que escondes, sino en lo que te atreves a ver.”*
Arturo arrugó la servilleta y se la metió en el bolsillo. Esa noche, al llegar a casa,
Maite se duchó durante cuarenta minutos. Cuando salió, dijo que había soñado con moscas. Muchas moscas.
Arturo no respondió. Se quedó mirando el techo, sin dormir, preguntándose por qué, de repente, ya no podía burlarse de nadie sin sentir un leve escalofrío en la nuca. Como una mano. Como un golpecito. Como un recuerdo que no llegaba, pero que el cuerpo nunca olvida.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en
València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991