La calle est� llena, pero las cajas de los bares no acompa�an. A las puertas del
Movistar Arena, el flujo de gente es constante desde media tarde, con picos que recuerdan m�s a una verbena o a una procesi�n religiosa de
Semana Santa que a la antesala de un concierto. Tras las barras de las tabernas, sin embargo, el pulso es otro: menos ca�as, menos ajetreo para los camareros, menos copas vendidas. En definitiva, menos ingresos.Tras una mampara transparente,
Mauricio trabaja sin levantar la vista. Sobre una tabla roja, ligeramente rugosa, corta torreznos con un ritmo mec�nico: recoge, corta y emplata en segundos. La panceta, frita y crujiente, apenas roza el plato antes de salir hacia la barra. Quienes la piden no son los j�venes que esperan el concierto, sino parroquianos habituales que mantienen la rutina. La escena se repite en
Los Torreznos durante el pen�ltimo concierto de Rosal�a en el antiguo
Palacio de los Deportes. Solo la alteran los saludos a los clientes fijos y la entrada fugaz de grupos de j�venes que cruzan el local con prisa: pasan al ba�o, miran alrededor y se marchan sin consumir.�Con conciertos de 3.000 personas facturamos m�s que con estos de 18.000�, resume
Alberto, due�o del local. �Aqu� el problema es el p�blico. Con los conciertos de
Sabina o los de heavy son los que mejor nos van. Estos no�.
Mauricio a�ade desde la tabla: �Si te fijas, entran grupos de cuatro o cinco, pero no consumen. Van al ba�o y se van�.
Mauricio prepara raciones en el bar
Los Torreznos.D.J.OLa misma pauta se repite unos metros m�s all�, en
El Corner, frente al recinto. �Vendemos mucho menos en un concierto de Rosal�a que en uno de
Sabina�, coinciden los camareros. �Los chicos j�venes beben poqu�simo. Se nota much�simo la diferencia�. En la barra, donde otras noches se acumulan ca�as y copas, hoy los camareros est�n ociosos y hasta tienen tiempo para charlar entre ellos.Fuera, en cambio, la imagen es distinta. Predomina el blanco: camisetas, vestidos vaporosos, pantalones claros. M�s que una coincidencia, parece un c�digo compartido. Algunas chicas llevan velos ligeros; otras, maquillaje cuidado, u�as largas, estilismos concebidos para ser fotografiados. El chascarrillo de camareros, personal de seguridad y trabajadores de la zona es que los proleg�menos del concierto �parecen una procesi�n de
Semana Santa�. Y no falta quien a�ade, con sorna, �que solo falta el paso�.Ese contraste -calle llena, barras vac�as- resume lo que cr�ticos culturales han bautizado como el efecto Rosal�a: un fen�meno que trasciende la m�sica y remite al perfil de su p�blico, joven, mayoritariamente femenino y m�s volcado en la experiencia est�tica que en el consumo tradicional asociado al concierto.El t�rmino se usa de forma informal para describir el impacto cultural, est�tico y comercial de la artista, capaz de marcar tendencias en moda, lenguaje y comportamiento. En esta zona de Madrid, sin embargo, se traduce en algo tangible: menos cerveza y menos copas. �Te llenan la calle, pero no el bar�, sintetiza un camarero.Los datos apuntalan esa percepci�n. En Espa�a, el consumo de alcohol entre los j�venes lleva a�os a la baja, seg�n las encuestas EDADES y ESTUDES del Ministerio de Sanidad. Se bebe con menor frecuencia y el alcohol ha perdido centralidad en el ocio cotidiano. A escala global, diversos estudios indican que la generaci�n Z consume en torno a un 20% menos que los milenials y registra mayores tasas de abstinencia.El cambio no implica desaparici�n, sino transformaci�n. M�s del 30% de los j�venes de entre 15 y 24 a�os reconoce episodios de consumo intensivo en pocas horas, vinculados al botell�n o a contextos concretos. Pero en escenarios como este -conciertos masivos, entrada numerada y horarios cerrados- ese patr�n se diluye.�Aqu� no vienen a beber, vienen a hacerse fotos, a vivirlo�, se�ala otro hostelero. �En los conciertos de
Sabina tienes a gente de 40 o 50 a�os, que se toma su vino, su cerveza, cena algo. Aqu� no. Aqu� es otra historia�. A ese cambio se suma un factor econ�mico. Seg�n el Instituto Nacional de Estad�stica, los j�venes de entre 25 y 29 a�os ganan en torno a un 25% menos que el salario medio, y los menores de 25, a�n menos. En t�rminos reales, sus ingresos han ca�do cerca de un 10% desde 2008. �No es solo que no quieran beber�, resume un encargado. �Es que tampoco pueden gastar como antes�.Ni siquiera la venta ambulante, habitual beneficiaria de estas concentraciones, nota el tir�n. Una vendedora recoge el g�nero mientras espera a su jefe y lo resume sin rodeos: �Est� muy tranquilo. Vendemos muy, muy poco�. Lo confirma el escaso n�mero de cajas vac�as: la mayor�a de botellas, refrescos y bolsas de aperitivos siguen intactas.Terrazas vac�as en la plaza de Salvador Dal� durante la tarde del mi�rcoles.D.J.OLa paradoja se aprecia en otro plano. Mientras el efecto Rosal�a apenas se percibe en la hosteler�a cercana, s� ha impactado en un producto concreto: el vino. Una canci�n de su �ltimo disco se titula Sauvignon Blanc, y varias bodegas reconoc�an en La Vanguardia un aumento de ventas vinculado a esa referencia. Sin embargo, ese impulso simb�lico no se traduce en consumo en la calle de Goya ni en los bares pr�ximos. �Aqu� no ha venido nadie pidiendo ese vino�, zanja una camarera desde el bar El Acorde.Dentro del recinto, el espect�culo -parte de su gira LUX Tour 2026- se despliega como una liturgia contempor�nea, con ecos religiosos, orquesta en directo y una puesta en escena que fusiona flamenco, electr�nica y teatro. Fuera, la liturgia es otra: grupos que se reconocen por la ropa, los gestos y la espera compartida entre botellas de refrescos y comida tra�da de casa para la espera.Mientras tanto, en ese espacio intermedio entre la calle y el concierto, los bares toman el pulso del efecto Rosal�a. �Nos va mucho mejor con un concierto de
Sabina o de heavy metal�, sentencia el propietario de
Los Torreznos.