No hace mucho, en
Salamanca, coincidí con
Quique González, que actuaba allí aquella noche. Pasé a verle mientras comía con su banda y, al marchar, me di cuenta de que había perdido las gafas de sol. Eran nuevas, regalo de Reyes. Volví al restaurante pero allí no estaban. Me las debía de haber dejado en el taxi. Quique me dijo que me llevase las suyas. No era necesario. Solo eran unas gafas para protegerme de la luz del sol, un attrezzo, un punto de vanidad, pero él insistió e insistió como si se tratara de unos zapatos, dinero para un tren, un teléfono al que llamar. Tanto insistió que las cogí y me las puse de inmediato. Las gafas de Quique.
Quique González Fernando Maquierira / Europa PressDurante unas horas tuve en el hotel las suyas. Reposaban sobre una de aquellas mesas en las que prometes que, algún día, relajado, te pondrás a escribir como si fueras un artista tuberculoso o un poeta viajero. Pero por el momento, los hoteles solo son sitios a los que llegas o te vas. Alguien querido, admiradora de él desde cría, al saber de quién eran esas gafas de sol, se las puso y bromeó porque nunca pensó que llevaría puestas las gafas de
Quique González. En el arte no hay generosidad mayor que en un músico. Te da una canción, un puñado de ellas sin fecha de retornoEn el arte no hay generosidad mayor que en un músico. Te da una canción, un puñado de ellas sin fecha de retorno y, si ocurre la magia del hechizo, uno guarda trozos de su vida en ese ámbar. No hay, tampoco, agradecimiento mayor que el que se profesa a un músico que te hechiza aunque solo sea una sola vez. Tu lealtad puede durar el resto de tus días. En el caso de Quique, siempre andas endeudado. Tú tratas de devolvérselo yendo a verle tocar. Es difícil explicar la complicidad de Quique y su público en esas actuaciones. Él parece entendernos y nosotros, a él. No es del todo verdad y eso es lo mejor. Como escucharse sin hablar. Como dormir años en la misma habitación de un hermano.Después del concierto, nos vimos en
Cambalache, el mejor local de la ciudad y, como había recuperado las mías, le devolví sus gafas. Él insistió en que, de todas maneras me las quedara, pero esta vez gané yo. Horas más tarde, caí en la cuenta de que me las quiso, sin decirlo abiertamente, regalar. Me trajo a la memoria la manera en que mi padre me decía que me quería, que era llevándome en su taxi a los sitios, quisiera yo o no. Igual un día también él las pierde. O se las robo. Todo es posible en este
Cambalache.