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SAT · 2026-04-04 · 03:00 GMTBRIEF NSR-2026-0404-52064
News/ El ludópata cul…
NSR-2026-0404-52064News Report·ES·Human Interest

El ludópata culto

Bernat Martorell, jefe del departamento de traumatología en el Hospital La Fe de València, es visitado en su casa por Amparo Garrigues y Andrés Oliver, personal de seguridad de un centro comercial. Amparo se identifica y le informa que quieren hablar con él.

Salvador Enguix OliverLa VanguardiaFiled 2026-04-04 · 03:00 GMTLean · CenterRead · 19 min

                                            El ludópata culto
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Bernat Martorell, jefe del departamento de traumatología en el Hospital La Fe de València, es visitado en su casa por Amparo Garrigues y Andrés Oliver, personal de seguridad de un centro comercial. Amparo se identifica y le informa que quieren hablar con él. Bernat, al oír la voz de Amparo por el telefonillo, intuye que lo han descubierto y experimenta una sensación de liberación. Él reconoce a los empleados del centro comercial y sabe la razón de su visita, ya que no es la primera vez que lo confrontan por este motivo. Él los invita a pasar a su casa.

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Andrés Oliver also works for the shopping center's security service.

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Amparo Garrigues identified herself as being from the shopping center's security service.

quoteAmparo Garrigues
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Bernat Martorell is a traumatologist at Hospital La Fe de València.

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Bernat Martorell knew he had been discovered when a woman with a masculine voice identified herself.

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Doctor Martorell is a highly respected authority in traumatology.

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Cuando la mujer de voz masculina se identificó por el telefonillo de la finca, Bernat Martorell supo, con la certeza fría de un diagnóstico postoperatorio, que lo habían descubierto. No sintió miedo. Más bien experimentó una extraña liberación, como si aquella llamada fuera la otra zapato que, por fin, caía al suelo tras una noche de insomnio.Imagen de u n hombre robando una libreta en una tienda.LVELo despertaron de un sueño ligero, agradable. Había soñado con el Turia seco, paseando por su lecho de grava y hormigón, y en sus manos llevaba un bloc de hojas blancas que se iban llenando de garabatos invisibles. La noche había sido tranquila. Ninguno de sus pacientes lo había reclamado —eran cientos, algunos en fase crítica—, ni tampoco desde el Hospital La Fe de València, donde ejercía como jefe del departamento de traumatología. Su móvil permanecía en silencio absoluto sobre la mesilla, como un perro bien entrenado.Quiso mostrarse de la mejor manera posible para la visita, que ya subía por el ascensor. Corrió a la habitación —aún con la penumbra de las persianas bajas— para ponerse al menos una bata de seda granate sobre el pijama de algodón. Se lavó la cara con agua fría, limpió su boca con un enjuague de menta, y se adecentó la melena blanca con los dedos. El timbre de la puerta sonó cuando casi había finalizado de secarse el rostro.La voz de la mujer no se correspondía con su fisonomía. Era bajita, delgada, de hombros estrechos y una cintura que parecía escaparse del traje blanco, ajustado que definía lo que le parecía un buen cuerpo. Muy atractiva, pensó Bernat con una honestidad casi clínica. Se presentó como Amparo Garrigues, del servicio de seguridad del centro comercial. Su voz volvía a ser muy masculina —casi de barítono— mientras mostraba una tarjeta de identificación con el sello de la empresa. Le acompañaba un hombre con traje azul marino, de casi dos metros de altura, pelo rapado al uno, mandíbula cuadrada y aspecto de estar permanentemente enfadado con el mundo.—Le presento al señor Andrés Oliver; también del servicio de seguridad del centro comercial —dijo Amparo, sin pestañear—. Queremos hablar con usted.Bernat permaneció unos segundos en silencio. Sabía que la identidad de los trabajadores de la galería comercial era cierta y conocía perfectamente el motivo por el que se le habían presentado en su casa. No era la primera vez que alguien le miraba con esa mezcla de incredulidad y reproche.—Pasen —dijo, y abrió la puerta del todo.El pasillo de entrada era amplio y luminoso, con una claraboya cenital que vertía luz natural sobre un jarrón chino del siglo XVIII. El doctor Martorell era una autoridad en su campo, de gran prestigio entre los profesionales de la medicina no solo en Valencia, sino en toda la Comunidad. Bastaba pronunciar su nombre en cualquier quirófano de España para que los enfermeros asintieran con respeto. Además, era bastante conocido por la opinión pública: el traumatólogo al que solían acudir los jugadores del Valencia, del Villarreal y del Levante-UD cuando sufrían alguna lesión grave. Sus manos habían reconstruido rótulas, meniscos y ligamentos cruzados de futbolistas millonarios que luego lo bendecían en rueda de prensa.Ese prestigio y esa popularidad tenían su traducción directa en lo que Amparo y Andrés podían ver mientras accedían al gran salón. Enormes ventanales se abrían al exterior como un cuadro vivo: se divisaba con facilidad el antiguo cauce del Turia a la altura del Palau de la Música, con sus puentes de piedra y los naranjos en flor. Muebles de maderas nobles —caoba, nogal, wengué—, lámparas de diseño clásico italianas, estanterías a medida y abarrotadas de libros que olían a viejo y a nuevo a la vez. Alfombras persas que parecían haber sido confeccionadas en países exóticos, cortinas altas de tonos elegantes (gris perla, burdeos, azul medianoche), y detalles, muchos detalles, que delataban un nivel de ingresos monumental. Todo, a ojos de los agentes, resultaba muy caro. Incluso el posavasos donde Bernat dejó su taza de café parecía tallado a mano en algún taller de Florencia.Con un simple gesto, Bernat les indicó los sofás de cuero crema para que pudieran sentarse.—¿Les puedo preparar un café? Tengo un Brasil recién molido.—No gracias, doctor Martorell —respondió Amparo, sin sentarse del todo, apoyando solo la mitad del muslo en el cojín—. Queremos resolver esto rápido y…Bernat la interrumpió alzando la mano, mirándola fijamente con sus ojos verdes, brillantes, casi felinos.—Sé por qué han venido.—Pues si lo sabe todo será más sencillo.La agente sacó del bolso una libreta de notas —Moleskine negra, pequeña, observó Bernat con una punzada de reconocimiento—, la abrió, consultó un dato y levantó la cabeza hacia el doctor. Su voz volvió a ser grave y profesional.—Hemos calculado que usted ha robado en el último año más de veinte libretas de notas y agendas. Todas de la marca Moleskine. Casi siempre negras y pequeñas. Aunque en ocasiones también ha robado las de medio tamaño, esas de tapa dura que llevan una goma elástica. La mayoría en el centro comercial que tenemos cerca de El Saler, aunque hemos podido comprobar que también ha robado en otros puntos de venta de nuestra red comercial; incluso en el centro de la ciudad, en la tienda de la calle Colón.Amparo hablaba con rapidez y enfatizaba la dicción, como si estuviera leyendo una sentencia.—Lo cierto es que esta es la suma de las libretas robadas que hemos calculado a partir de los vídeos en los que le hemos podido identificar —prosiguió—, aunque sabemos que han sido más y creemos que usted ha sido también el autor. Hemos detectado tarde esos robos porque no solemos comprobar todas las grabaciones hasta que confirmamos que en una misma zona ha habido muchas sustracciones. Es un trabajo tedioso, doctor. Ver horas y horas de imágenes, a velocidad acelerada, fijándose en las manos, en los bolsillos…El semblante de Amparo cambió mientras pronunciaba esa última frase. Se volvió más seria, casi triste. Bernat se imaginó las horas agotadoras que dedicaron los agentes mirando vídeos, quizá con café frío y ojeras, para poder sacar las conclusiones que ahora le lanzaban a la cara.—Usted ha robado en cualquier día de la semana —continuó—. En ocasiones por la mañana y en otras por la tarde. Incluso en fines de semana, cuando el centro está lleno de familias. Y si dice que ya sabe por qué estamos aquí, imagino que reconoce la acusación que le estamos haciendo.Bernat era un hombre acostumbrado a situaciones de tremendo estrés. Lógico en un facultativo que realizaba intervenciones de cirugía reconstructiva a cualquier hora del día. En ocasiones en situaciones donde el paciente había sufrido una lesión catastrófica que debía ser atendida de inmediato, con sangre, huesos rotos y familiares llorando en el pasillo. Solían llamarle no solo de su consulta o del Hospital La Fe, sino incluso de otros centros sanitarios de la provincia cuando algunos compañeros sabían que él, y solo él, podía resolver según qué tipo de fracturas expuestas o reconstrucciones articulares.—¿A dónde nos lleva esto? —preguntó el doctor, mostrando una tranquilidad que a ambos agentes sorprendió. Andrés, el grandote, movió la cabeza como si no diera crédito.—Pues nos lleva a que usted debe, primero, reconocer estos hechos y después dar correcta respuesta a esta acusación. Nuestro jefe, el señor Pablo Pérez, desea que esto no llegue a otras instancias. Ya me entiende. No queremos denunciarlo a la policía. Sabemos que usted es un hombre muy conocido, que sale en los periódicos, y si hiciéramos público esto podría perjudicarle enormemente. Nuestro jefe quiere hablar con usted en persona, llegar a un acuerdo y obtener un compromiso de que nunca más volverá a robarnos una libreta ni cualquier otra cosa en uno de nuestros centros comerciales.Amparo se levantó como empujada por un muelle —con una agilidad que contrastaba con su voz grave— y le entregó una tarjeta de visita blanca, de papel reciclado.—Doctor, llame usted a mi jefe lo antes posible. Aquí tiene su número de teléfono. Nosotros ya no tenemos nada más que decirle.Bernat tomó la tarjeta —la sopesó entre sus dedos largos y hábiles— e inició el camino junto a los agentes hasta la puerta. Pensó para sí que no tenía ninguna sensación extraña tras la correcta acusación que esa mujer le había lanzado. Al contrario: sentía una ligera euforia, como cuando terminaba una operación difícil y el paciente comenzaba a despertar.Amparo, antes de cruzar la puerta de la vivienda, se detuvo un momento y alzó su cara contra la del doctor. Por un instante, su mirada se volvió vulnerable.—Mire, yo le admiro mucho. Usted no lo recordará, pero le arregló el codo a mi padre, un fontanero de Benimaclet, cuando otros cirujanos decían que ya no había nada que hacer, que la artrosis había destrozado la articulación. Usted lo operó un sábado por la noche, gratis, porque le llamaron por teléfono. Y conozco a mucha gente que dice que usted es una especie de Dios con las manos. Pero esto que ha hecho —dijo señalando la tarjeta que él aún sostenía— es una estupidez que no entiendo.Su compañero, Andrés, que ya había cruzado la puerta y se encontraba en el rellano de mármol, parecía incómodo con aquella conversación no prevista. Se rascó la nuca y miró al vacío.—¿Le puedo hacer solo una pregunta? —insistió Amparo—. Se la hará mi jefe, pero tengo una tremenda curiosidad. Una curiosidad de fan, si me permite. ¿Es usted un cleptómano?—Soy un ludópata, me gusta jugar. Me divierte —respondió Bernat, esbozando una media sonrisa.—¿Le divierte robar?—No, no me divierte robar en general. Me divierte robar las libretas Moleskine. Bueno, en realidad me divierte rellenarlas de apuntes, pensamientos, bocetos de intervenciones, poemas que nunca le mostraré a nadie y otras cosas que si usted tuviera tiempo le podría explicar y mostrar. Pero antes que eso, me gusta robarlas. Es la toma, Amparo. El momento en que pasan de la estantería a mi bolsillo sin que nadie lo vea. Ese segundo de impunidad me hace sentir más vivo que cualquier bisturí.—Pues cómprelas —dijo ella, sin perder la compostura—. Puede comprarse miles… incluso seguro que se las regalarían si usted les dijera que apunta sus notas en esas agendas. Hasta lo harían público en beneficio de nuestro centro comercial. Imagínese el cartel: “El doctor Martorell confía en Moleskine”.—Ya le he dicho que robarlas me divierte y no quiero que me las regalen. La diversión, Amparo, no está en poseerlas. Está en el riesgo. En ese pequeño latido de adrenalina mientras cruzo la línea de caja sin pagar. ¿No lo entiende? Es mi única travesura en una vida demasiado ordenada.El doctor Bernat ya no quiso ofrecer más explicaciones. Cerró la puerta con suavidad, sin un portazo, y la agente se dio por vencida. Salió por el rellano y desapareció escaleras abajo junto a su compañero. No quisieron esperar a que llegara el ascensor. Se oyeron sus pasos en los peldaños, cada vez más lejanos, como un eco de conciencia.---Bernat Martorell se preparaba bien para sus incursiones. Daba igual que saliera del hospital o desde su casa, siempre iba impecablemente vestido, generalmente con trajes ajustados de lana italiana, camisas de algodón egipcio y zapatos de cordobán. Su cara era conocida no solo en Valencia sino en medio país, por lo que cuando entraba en el centro comercial a pasearse por la zona de papelería algunas dependientas le identificaban como el gran doctor que era gracias a las muchas entrevistas que le habían hecho en televisión. Solían mirarlo durante unos segundos —con una mezcla de respeto y curiosidad— y después cada una se dedicaba a atender a otros clientes o a reordenar los expositores. Él, a veces, les sonreía. Una sonrisa pícara, provocadora, la que usaba muchas veces para acercarse a alguna mujer y sobrellevar su soltería crónica.Y esa era la gran ventaja que usaba para sus robos: la capacidad de imponerse. No la fuerza, sino la autoridad moral. El blindaje del prestigio.Se acercaba a la estantería de las libretas Moleskine —siempre la misma sección, la tercera balda empezando por arriba—, tomaba entre sus manos una, dos o tres, dependiendo de la ocasión, y después caminaba con paso firme hacia la zona de la librería para perderse entre los pasillos de estanterías llenas de libros varios, preferiblemente de poesía o ensayo. Sabía que nadie se iba a fijar en sus manos y, menos aún, ninguna empleada se atrevería a llamarle la atención de no estar completamente segura. El miedo escénico a equivocarse con una persona tan relevante las paralizaba. Cuando había escondido las Moleskine en alguno de los bolsillos interiores de su americana —diseñados exprofeso por su sastre— se sentía realmente feliz. Una felicidad pura, casi infantil, que no lograba obtener ni con los mayores éxitos quirúrgicos.---El señor Pablo Pérez, jefe de seguridad del centro comercial, visionaba uno de los vídeos junto al doctor en un despacho ubicado en uno de los pisos altos, con vistas al aparcamiento y a la marisma de El Saler. En las imágenes se podía ver cómo una de las dependientas —una chica joven, con coleta y gafas— miraba al bolsillo de la chaqueta de Bernat, pero era comprensible que ninguna se atreviera a interrogar a un hombre como él, en muchos sentidos imponente. El doctor Bernat jugaba siempre con ventaja. El vídeo en concreto fue grabado un martes por la mañana de un frío día de invierno, con la luz ceniza de la lluvia cayendo sobre los lucernarios.—Como este tengo varios vídeos —dijo Pérez, tecleando en su portátil—. Si quiere los vemos todos. Tengo uno especialmente bueno donde usted se detiene ante un espejo de vigilancia, justo después de esconder una agenda, y le guiña un ojo a la cámara. ¿Eso fue a propósito?El jefe de seguridad del centro comercial lo decía con cierta ironía, y se sentía, de alguna manera, satisfecho de haber pillado a una eminencia como aquella robando en su territorio. Pero el doctor Bernat no parecía incómodo. Bien al contrario: le divertía saber que sus acciones habían sido grabadas. Se fijó incluso en errores que había cometido —un titubeo, una mirada de más— y pensó que podía mejorar en otras ocasiones.—Bueno, lo mejor es que zanjemos este desagradable asunto —propuso Pérez, cerrando el portátil—. Yo no voy a comunicar a nadie estos robos y me conformo con que usted pague el valor de las libretas sustraídas y me dé su palabra de honor de que nunca más volverá a robar en ninguno de nuestros centros.El doctor estaba sentado en el otro lado de la mesa y permanecía en silencio, con las manos entrelazadas sobre la rodilla. Llevaba, como siempre, un traje que el agente de seguridad supo que no había comprado en el centro comercial. Probablemente se lo habían hecho a medida en una sastrería de Madrid, y su precio no sería inferior a los 3.000 euros. Sus cabellos blancos y largos —ligeramente ondulados—, su barba recortada con precisión milimétrica y muchas horas de ejercicio semanal en un gimnasio privado ofrecían una aspecto inmejorable para un hombre que superaba los 55 años, de vida irregular, entre quirófanos, consultas, cenas con periodistas y, por supuesto, los robos de agendas. El agente Pablo se fijó en los ojos del doctor: eran de un verde vibrante, casi irreal, y parecían siempre sonrientes, como si no estuvieran coordinados con el resto de la cara, que Bernat mostraba un tanto seria en aquella situación.—Y no quería decirle esto —añadió Pérez, bajando la voz—, y menos a un médico de su prestigio, pero a lo mejor su fijación con el robo de las Moleskine debería hablarla con alguno de sus amigos psicólogos o psiquiatras. Si le digo la verdad, no lo entiendo. No me cuadra.—Ya le dije a su compañera Amparo que me divierte.—Pero robar es un delito —replicó Pérez, golpeando suavemente la mesa con la palma de la mano—, y usted mejor que nadie debería saberlo. No, no está bien, ni debería tomárselo como algo divertido. Imagínese que esto se hace público y que mañana los diarios cuentan que al doctor Bernat Martorell lo llaman a declarar en un juzgado por robar libretas en un centro comercial. ¿Qué pensarían sus pacientes? ¿Qué pensarían esos futbolistas que le besan las manos? Me sabe mal decirle esto a un facultativo como usted, pero su actitud es un tanto infantil. Infantil y soberbia.El jefe de seguridad Pablo Pérez parecía un hombre sensato, a ojos del doctor Bernat. Debía superar los cuarenta años, de mediana estatura, complexión fuerte y un rostro ancho en el que destacaban sus pequeños ojos negros e inquietos. Miraba continuamente al doctor con gesto grave, mientras seguía explicando las reglas del juego que debían imponerse. Llevaba una alianza de matrimonio en el dedo anular y una pluma estilográfica en el bolsillo de la camisa.—Es decir —concluyó Pérez—, si le vuelvo a pillar robando, y le aseguro que ahora estaremos mucho más atentos, lo denuncio a la policía. Sin miramientos. Da igual que haya operado a medio Levante UD.—No se lo puedo garantizar.Pablo Pérez se revolvió en la silla, adelantó el torso e irguió la cabeza, como un toro que huele la banderilla.—¿Me está tomando el pelo? ¿Me está diciendo que con todo lo que tenemos sobre usted —los vídeos, los testimonios, los análisis de fechas— está dispuesto a volver a cometer la misma tontería? Perdone que se lo diga, y me da igual que usted sea una eminencia, se comporta no como un niño, como un estúpido. Un estúpido con mucha pasta y pocas luces en este aspecto.—Ya le he dicho que me divierte —repitió Bernat, impertérrito.—¡Pues dedíquese a jugar al póker con los futbolistas o al golf con sus amigos ricos, joder! —explotó Pérez, levantando media mano—. Hay mil formas de divertirse sin cometer un delito.—No me gusta perder dinero en el juego —respondió Bernat con calma—, y el golf solo es para aquellos a los que no les gusta sudar de verdad. Además, no me gustan mis amigos ricos. Me aburren con sus conversaciones sobre acciones y yates.—Me está poniendo en un aprieto. De verdad, me cuesta creer que un hombre como usted pueda… Vaya a un psicólogo, coño. Ya he dicho todo lo que tenía que decir. Antes de marcharse, usted nos paga el precio de las libretas robadas y si le pillo haré que se entere toda València de que usted es un cleptómano. ¿Queda claro?El doctor Bernat se quedó mirando fijamente al jefe de seguridad —con esa intensidad quirúrgica que usaba en la mesa de operaciones—, sacó del bolsillo interior de su americana una libreta de notas Moleskine, de color negro, la nueva, y se dispuso a abrirla con lentitud, como quien despliega un mapa del tesoro.—¿Le propongo un juego, Pablo? ¿Puedo llamarle Pablo?—¿Qué dice? —respondió Pérez, desconcertado.—Un juego sencillo. Le pagaré ahora las agendas que he robado —calculémoslo, unos 800 euros— y le daré el dinero que cuesten, digamos, otras cuarenta Moleskine, o cien si lo prefiere. Pero me pasaré de cuando en cuando por su centro comercial a robarlas. Usted no puede decir nada de esto a las dependientas ni al personal de seguridad de a pie. Imaginemos que nunca me pillan in fraganti, pues usted y yo hablamos cada año y si el importe sustraído es mayor, se lo pagaré también. Y si algún día me pillan —una empleada valiente, un cliente con mala leche—, dejaré de robarlas. Palabra de cirujano.A Pablo Pérez se le arrugó el rostro como si hubiera mordido un limón. Estuvo a punto de lanzar un “váyase a tomar por el culo” que reprimió por el nivel de la persona al que iba a insultar. En lugar de eso, negó con la cabeza varias veces.—Eso es la mayor tontería que he oído en mi vida. Es una locura con patas.—Este es un acuerdo que ha de quedar entre usted y yo —prosiguió Bernat, imperturbable—. Y además nunca deberá alertar a las dependientas de este trato. Ellas deben seguir ignorándolo todo, para que yo pueda seguir divirtiéndome. El riesgo, Pablo, tiene que ser real.—¿Usted se piensa que soy gilipollas? ¿Que voy a pactar con un ladrón para que siga robando?—Escuche atentamente y no se deje llevar por la irracionalidad —dijo Bernat, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Mi trato es bueno para usted y para mí, y además es lógico. Solo quiero divertirme, y usted me puede ayudar. Mire —le mostró las hojas de la libreta—, las gasto para apuntarlo todo: desde ideas para nuevas técnicas quirúrgicas hasta dibujos de mis intervenciones, pasando por sueños que tengo por la noche. Tengo en casa unas trescientas llenas de apuntes, ordenadas cronológicamente en una estantería blindada; son mi tesoro, mi memoria externa. Adoro estas libretas. Pero no me gusta comprarlas. No me pregunte más por qué, no me gusta y punto. Hay placeres que se corrompen al pagarlos. Yo a cambio también le voy a dar a usted un trato preferente respecto a su familia si me necesitan para cualquier cosa relacionada con la traumatología.—¿De qué cojones me está hablando? —preguntó Pérez, aunque su voz ya no era un bramido, sino un murmullo cauteloso.—Que me tendrá siempre, y digo siempre, a su disposición cuando necesite algo en el terreno de la sanidad. Y le puedo decir que yo, en mi campo, puedo hacer lo que quiera. Soy el mejor. No es soberbia, es un hecho. Como que el Turia pasa por Valencia.Al agente Pablo Pérez aquellas últimas palabras le detuvieron la lista de insultos que iba a lanzar al doctor Bernat. Se quedó en silencio mientras pensaba. Fuera, en la marisma, una bandada de gaviotas trazó un círculo lento sobre el centro comercial.—Esto que propone es inmoral —dijo al fin, pero sin convicción.—Se equivoca. Es moralmente justo —respondió Bernat, con una sonrisa que no llegaba a ser sarcástica—. Usted me ayuda a divertirme —sin hacer daño a nadie, fíjese, no es robo de necesidad, es robo lúdico—, y yo a cambio le ayudo cuando usted o los suyos necesiten de mis manos. Le doy mi palabra. Al fin y al cabo, cada día me llaman muchas personas pidiéndome favores, y a todas intento ayudarlas en la medida de lo posible. Usted solo será uno más y, digamos, con todo mi afecto personal. Como un paciente vip, pero sin papeleos.El jefe de seguridad ya no sonreía ni tenía ganas de burlarse o de ofender al doctor Bernat. Comenzó a entender al personaje que tenía ante sus ojos. Se convenció de que estaba loco. Pero era una locura acotada, controlada, casi elegante, que podía tratarse simplemente con una agenda Moleskine de cuando en cuando. Recordó entonces algo que le había dicho su madre años atrás: “A los sabios hay que tomarlos como vienen, porque si pretendes enderezarlos, se rompen”. El agente decidió abrirse al facultativo.—A mi madre —dijo, bajando la voz hasta casi un susurro— tienen que operarla de ambas rodillas. Artrosis severa. Lleva meses esperando que le den cita en la sanidad pública, y el seguro privado le pone pegas por la edad. Se mueve con andador, doctor. Tiene 78 años y le duele hasta rezar.—Lo haré yo —respondió Bernat sin dudar—. En pocos días, en mi quirófano privado de la clínica Santa Bárbara, sin lista de espera. Gratis, salvo el anestesista, que es un cabrón codicioso y tendrá que pagarle sus honorarios. Pero la operación y el postoperatorio corren de mi cuenta.—Joder —exclamó Pérez, pasándose una mano por la cara—, esto que estamos hablando no está bien, no está bien. Si la dirección del centro se enterara de un trato semejante yo perdería mi empleo. Me despedirían por colaborar con un ratero.—Todo lo contrario —replicó Bernat, levantándose un poco de la silla—. Imagino que usted tendrá un jefe. Cuéntele la verdad. Dígale quién soy y por qué lo hago. Hagamos el trato con usted y con la empresa. Aunque a ninguno de sus jefes les pienso operar las piernas, no se preocupe. Yo quiero seguir robando las libretas y las pagaré todas al final de año, con un recargo si le parece. Robar una Moleskine de cuando en cuando —y aquí su voz se volvió íntima, casi confesional— no sé cómo decírselo, me hace olvidarme de todo, aunque solo sea por unos minutos. Del quirófano, de las muertes inevitables, de las familias que lloran en los pasillos. Me estimula. Es mi pequeño acto de rebeldía contra una vida perfecta. Y suele ser un buen momento.—Doctor Bernat, todo esto suena muy raro. Muy raro.—Pero si descubro que las dependientas me dejan pasar porque usted se lo ha dicho —advirtió Bernat, endureciendo el tono— no habrá trato. Y si observo que me persiguen para impedir que robe porque están alertadas, tampoco. Todo ha de seguir igual. Ustedes me graban, miran los vídeos al final del mes, y al final de año quedamos, si lo desea, y compensamos lo que falte. Como una factura, pero al revés.—Insisto, usted no está bien.—¿Y quién lo está? —preguntó Bernat con una franqueza desarmante.—La agente Amparo deberá saberlo… Ella me ayudó con las pesquisas.—He quedado a cenar con ella esta noche.—¡No me joda! —Pérez soltó una carcajada seca, la primera del día—. ¿Con Amparo? ¿La agente Amparo Garrigues? Es usted la hostia, doctor. No sé, déjeme que piense. Sinceramente, no me apetece nada llevarlo a la policía si vuelve a robar, pero un trato como este… Es retorcido. Muy retorcido.—En una semana volveré a robar —dijo Bernat, poniéndose en pie—. Se lo dejo en sus manos, Pablo. Piénselo. Mientras, no olvide lo de su madre. Llámeme mañana para fijar fecha.El doctor Bernat Martorell se levantó de la silla con la agilidad de un hombre que cuida su cuerpo, mientras se metía la Moleskine en el bolsillo interior de su chaqueta, junto al corazón. Saludó al jefe de seguridad con un breve movimiento de cabeza y abandonó el despacho sin esperar respuesta. Mientras bajaba por las escaleras mecánicas del centro comercial y alcanzaba la planta baja —con sus luces blancas, sus escaparates relucientes y el olor a palomitas de maíz— pensó que le apetecía volver a robar. No necesitaba ninguna agenda más, pero sí necesitaba el acto.Se acercó a la estantería que tan bien conocía —tercera balda, junto a los rotuladores de caligrafía—, tomó dos pequeñas entre sus manos, de color negro, sus preferidas, y caminó despacio hacia la salida, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. La agente Amparo le esperaba junto a la puerta automática, apoyada en la barandilla, con el vestido blanco mecido por el aire acondicionado.—¿Hay trato? —preguntó ella, arqueando una ceja.El doctor Bernat Martorell le ofreció a la agente su mejor sonrisa, la misma que usaba para tranquilizar a los pacientes antes de la anestesia. No dijo nada. Se limitó a palpar el borde de las libretas en su bolsillo, sintiendo el tacto áspero del cartón y la promesa de las páginas en blanco. Luego cruzó la puerta y salió al sol de Valencia, con la agente caminando a su lado sin hacer preguntas.Al fondo del aparcamiento, un coche gris arrancó el motor. Dentro, Pablo Pérez miraba por el retrovisor y movía la cabeza de un lado a otro, mientras en su móvil ya aparecía el número del doctor Martorell para llamar al día siguiente. Por la radio sonaba una canción antigua. Su madre, desde la distancia, volvía a dolerle en las rodillas. Y en el centro comercial, la estantería de las Moleskine negras permanecía ligeramente desordenada, esperando la próxima visita del coleccionista.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991
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seguridad del centro comercial
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traumatología
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