El 3 de octubre de 1226 era sábado; al atardecer moría
Francisco de Asís, manteniendo hasta el último suspiro su servicio a la pobreza como el mejor modo de vencer la vanidad del mundo. Según la hora litúrgica, ya había comenzado el domingo, el día del Señor, y estaba en disposición de aceptar con humildad el resto de arena que se embebe en el reloj de la vida. De todo eso, el próximo octubre se cumplirán ochocientos años. Estamos ante un aniversario cargado de expectativas sobre un hombre a quien todos veneran, de la izquierda a la derecha, y a quien la
Iglesia Católica hizo santo el 16 de julio de 1228 a iniciativa del papa
Gregorio IX. En nuestros días es un tema de conversación (y de debate) debido a un superventas publicado para mostrar su lado humano, lejos de la imagen creada en los años setenta del siglo XX por
Franco Zeffirelli en la oscarizada película Fratello sole, sorella luna con su rostro reflejando el amorfo moralismo de un joven apasionado por Blowin’s in the wind y su voluptuosa mirada hacia el gesto de sumisión de la autoridad pontificia.'Fratello sole, sorella luna', película biográfica de
Francisco de Asís dirigida por
Franco Zeffirelli en 1972 ArchivoPara situar al personaje histórico, de lo que tanto insiste últimamente
Alessandro Barbero, hay que seguir de cerca su vida a través de los testimonios que hablan de ella. Una ardua tarea, por cuanto las informaciones que tenemos son en su mayoría ejercicios literarios poco apropiados para conocer al hombre que compartió dos épocas: el abierto siglo XII con los aires del renacimiento del espíritu crítico y el cerrado siglo XIII con los primeros síntomas de una sociedad represora. El magro relato de su existencia queda así situado entre dos épocas.
Francisco de Asís fue consciente de las dificultades de lo que quería hacer, ya que el gesto de abrazar la pobreza podía zozobrar entre eclesiásticos malhumorados de un lado y agitadores desorientados de otro. La hagiografía no tiene ninguna posibilidad de ofrecer argumentos para entenderle de forma correcta, así que debemos afrontar su vida teniendo en cuenta la observación de
Lutero cuando le preguntaron sobre él: “una sola cosa es verdadera respecto a su vida, todos somos mendicantes”. La observación de que todos somos mendicantes queda reflejada exactamente en el rostro de este hombre que dio entrada en la historia a los umiliati, los humildes, y luego, tras conseguirlo, dio un paso al lado para que los frailes que le seguían fundaran un movimiento internacional, la Orden Franciscana.⁄ En plena euforia por los efectos de las guerras que definieron Occidente, se despojó de sus costosas ropas y se puso un sayalEl rostro de Francisco fue pintado memorablemente por el Maestro de San Gregorio en el Santuario del Sacro Speco de Subiaco que lo identifica como el hombre capaz de realizar el ritual de paso del concepto de santidad como renuncia al de santidad como expresión de un compromiso con los problemas diarios de la gente; también se podría identificar como el paso del asombro propio de los caballeros de las novelas de la Tabla Redonda al encanto que conforma la sensibilidad del joven en busca del amor en el Roman de la Rose de Guillaume de Lorris. Sea uno u otro, o ambos, hay en ese rostro algo esencial, platónico, que proyecta la belleza de una carne que respira un espíritu capaz de crear una fraternidad, con un solo gesto, ya que Francisco era un hombre poco dado a hablar y menos aún a sermonear.Abrazar la pobreza entre turbulenciasLa historia que enmarca la vida de Francisco comienza en los mismos años de su nacimiento en Asís, finales de 1181 o comienzos de 1182, en el seno de una familia de mercaderes de telas: años en los que produce un brusco giro en la Europa Occidental, cuya expresión literaria fue la aparición de la última novela de Chrétien de Troyes titulada Perceval o el Cuento del Grial , una suerte de ‘en busca del tiempo perdido’ de los caballeros que habían optado por la guerra en lugar del camino del amor. Y lo que sucedió a continuación tiene los febriles efectos de esa decisión tan intensa como equivocada: en 1187, en la batalla de los Cuernos de Hattin, el rey de Jerusalén y sus cruzados sufrieron una aplastante derrota por parte de Saladino y, sin tiempo para reaccionar, en 1195, en la batalla de Alarcos, los almohades destrozaron a las tropas del rey de Castilla Alfonso VIII, el hombre destinado a europeizar la península ibérica tras su matrimonio con Leonor de Inglaterra, la hija de Enrique II Plantagenet y Leonor de Aquitania, hermana por tanto del osado Ricardo Corazón de León. Para afrontar el estado de ánimo pesimista tras estas derrotas, al papa Inocencio III no se le ocurrió nada mejor que fomentar de nuevo el ideal de cruzada. Un mal paso que, sin embargo, fue apoyado por los príncipes y también por las mujeres agrupadas alrededor de las cortes de amor, todas ellas parientes entre sí, que les recordaron a los triunfadores de los torneos su deber de acudir a la cruzada lanzada por el papa. Gracias a la formidable propaganda de los relatos novelescos, la llamada a la guerra resultó más eficaz que en siglos anteriores. BIBLIOGRAFÍA-
Alessandro Barbero. San Francesco. Laterza, 2025 (Taurus lanzará edición en castellano este 2026)-Aldo Cazzullo. Il primo italiano. Harper Collins, 2025-André Vauchez.
Francisco de Asís. Entre historia y memoria. Trotta, 2026-Jacques Le Goff. San
Francisco de Asís. Akal, 2003-Chiara Frugoni. Saint François d’Assise. Tallendier, 2021Basta recordar que entre 1212-1214 tienen lugar tres batallas campales que definieron los límites de Occidente: la de Las Navas de Tolosa, que empujó a los almohades a su desaparición; la de Muret, que sirvió para mostrarle a los cátaros la vía hacia la sumisión o la muerte, y la de Bouvines, que mostró la importancia del Estado en el ejercicio del poder como lo hará Francia con el rey Felipe Augusto y su círculo cortesano de Notre Dame de Paris.En la cúspide de este estado entusiasta por los efectos de la guerra aparece Francisco abrazando la pobreza con un gesto, el primero de otros muchos que haría después: se despojó de sus costosas ropas a la moda y se vistió con un sayal. Hasta ese momento, se había hablado mucho de los pobres por los valdenses de Lyon o los cátaros de Albi y se había identificado su némesis, la codicia: un vicio que atrapa a los hombres como una enfermedad del espíritu; también se había hablado mucho de la caridad cristiana hacia los pobres vergonzantes de las parroquias, en el interior del IV Concilio de Letrán de 1215. Pero nunca se había posicionado alguien sobre la pobreza como un imperativo evangélico: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mateo, 5-4)”. Los gestos de Francisco son de algún modo más efectivos que cualquier predicación: ni siquiera se rebaja a ser un disidente. Simplemente, se muestra como lo que es, el más humilde de los humildes abrazando la pobreza. No era un activista; era un bienaventurado. Y ya puestos, digamos ochocientos años después de su muerte que lo mejor que hizo fue dar testimonio de verdad con gestos sin arengar a nadie. No intentemos entenderle, por tanto, asignándole el Cántico de las criaturas que revela menos de lo que él expresaba con una ceja enarcada o con su trabajo manual en el huerto. Hay que entenderle en sus gestos de autocontención.⁄ Su biografía se rehizo para que encajara en el paradigma escolástico, el proyecto cultural que dominaría EuropaFrancisco de Asís no fue tan sublime en sus primeros años, a los que Hermann Hesse dedicó un emotivo relato. Se crió en el seno de una familia de mercaderes, cuya madre Pica de Bourlemont, de origen provenzal, le educó en la lengua literaria de su país, en la que se habían traducido pasajes evangélicos, un hecho decisivo para él, que nunca dominó bien el latín y que no iba a seguir el curso habitual de los jóvenes que entraban en religión. Pese a algún intento de disimularlo, Giovanni Bernardone, al que también llamaban Francesco, era un niño de casa bien que vivió la experiencia de ver cómo el crecimiento económico polarizaba la sociedad: los ricos lo eran cada vez más y los pobres caían en la miseria. Viajó, para sanarse de una enfermedad que arrastraba varios años, a Apulia, la tierra donde Joaquín de Fiore había predicado la llegada de la Edad del Espíritu Santo. Idea que le hizo recapacitar sobre lo que quería ser en el futuro. Por eso, cuando su padre Pietro Bernardone le pidió responsabilizarse del negocio familiar, a los veinticuatro años, abandonó su casa, renunció a la herencia y comenzó su peregrinaje al servicio de la Dama Pobreza.Hecha pública su conversión, los primeros doce compañeros que le seguían allí donde él iba le pidieron que fijara una regla para la fraternidad, una religio que diera paso a una Orden. Paso difícil. Si ha habido algún momento crucial en la vida de Francisco fue el viaje a Roma para obtener del papa Inocencio III la aprobación de una regla. Luego llegaron las leyendas sobre su vida reunidas en las Fioretti. Y con ellas la fama. Nunca sucumbió al desánimo, pero algunos compañeros sí, incluido Pietro Catani, primer vicario general. Maestro de San Gregorio, pintura al fresco de San
Francisco de Asís, hacia 1228, en el Santuario del Sacro Specco de SubiacoArchivoEn la vida retirada en la Porciúncula, pequeña iglesia de piedra del siglo IX cerca de la ciudad de Asís seguía empeñado en decidir si ceder o no ceder a la presión del nuevo papa Honorio III para que aceptara la Regula bullata. Cuando medita sobre su propio dolor, se da cuenta de que la redacción de su testamento, realizado en Siena entre 1225-26, ha de ser una proclama a favor de los umiliati; lo que confirma con el pequeño testamento redactado por el hermano Benito en abril de 1226, donde fija las tres claves de su propuesta devocional: el amor entre todos los frati; el respeto a nostra signora la Santa Povertà; y, tercera, la obediencia a la Iglesia. Serán sus últimas consideraciones. En los meses finales de su vida, enfermo en el convento de San Damián de Asís, se vio reflejado en el espejo. No tuvo más remedio que insistir sobre la humildad en su bello poema el Cántico del hermano sol. La sensación de una muerte cercana lo convirtió en un ser nuevo, y esa verdad sobre sí mismo ya nunca más desapareció. Se le debería recordar como el hombre que trabajó con sus manos a favor de la pobreza.El relato de su vidaCuando falleció al atardecer del sábado 3 de octubre de 1226, se comenzó a escribir su vida: era inevitable para aquellos “qui cum eo fuimos, que con él fuimos”; es decir, los frati cercanos, los de los primeros tiempos. El riesgo estaba en que sus testimonios derivaran en una literatura aduladora sobre un hombre–santo que decidió vivir entre los enfermos y los miserables. Por eso se le encargó a Tomasso da Celano reunir testimonios veraces, someterlos a examen y con ellos escribir la vita de Francisco. Lo hizo en 1228, en latín, con excelente acogida. Su imagen todavía no se forjó del todo, pero aparecen ya los rasgos de una persona que mantuvo una relación especial con el mensaje evangélico como no la había tenido ningún otro santo en ninguna otra época; allí donde se registra una anécdota (o un milagro) se crea la luminosidad de alguien especial. No hubo necesidad de disimular sus rasgos humanos, incluso los defectos, porque no los tenía. Y luego se afronta la inclinación de Francisco por lo maravilloso, que tanto interesó a Jacques Le Goff. Había que profundizar sobre la información del benedictino inglés Mathieu Paris que, siguiendo al gran cronista Roger de Wendover, comentó una escena del viaje de Francisco a Roma: la predicación a los pájaros, lejos del clima elegíaco que a veces se le concede, fue la base de un modelo de santidad que los frailes exploraron durante los siguientes años.Las primeras biografías de Francisco citan la estrecha relación con Clara de Asís, lo que se atenuó posteriormente DEA / G. ROLI / GettyEn la segunda versión de su biografía, más escueta, más prudente, la de 1248, Tomasso da Celano describe la vida de un hombre que rechazó la codicia mundana. No omite la importancia que tiene en sus decisiones la presencia de Clara de Asís, con su círculo de mujeres a favor de la pobreza. Escándalo. La estrecha relación de un hombre al que habían declarado santo con una mujer dio mucho que hablar (lo de Nikos Kazantzakis en su última gran novela es una invención de tono homérico), se acercaba al epicureísmo en línea de lo que estaba a punto de hacer el dolce stil novo que atrapó a una jeunesse dorée al servicio de la donna angelicata. Quizás había que atenuar la relación de Francisco y Clara. No hubo unanimidad en el seno de la Orden al respecto. Pero el cantar de las aves y el razonar del amor entraban de lleno en una estética literaria que apostaba por un modelo de comportamiento sentimental fuera del matrimonio. Por eso, y a petición del capítulo general de la Orden reunido en Narbona en 1260, el nuevo general Buenaventura tomó dos medidas para resolver una situación que jugaba en exceso con las ambigüedades de una belle époque: primera, escribió personalmente la biografía de Francisco donde se sirvió de la condición de profesor de la Sorbona; y, segunda, ordenó destruir los manuscritos que contenían las versiones de Tomasso da Celano. ¿Qué estaba pasando? Es fácil intuirlo. La vida de Francisco debía ser narrada mediante el hábito mental de la escolástica que tan buenos resultados estaba dando en la enseñanza universitaria y en la construcción de las catedrales góticas. Su vida se ponía así en manos de un magno proyecto cultural que dominó Europa durante siglos por su riqueza y su fecundidad. Y por ello lo que nos llega en esta biografía es una personalidad admirable, feliz y llena de entusiasmo por la vida humilde al servicio de los más necesitados. Los lectores lo advirtieron y lo expresaron con apodos que marcaron el sentido del personaje hasta hoy, el más extendido el de ser el Poverello d’Assisi.Italia celebra su santo patrónFRANCESCO OLIVOItalia ha apostado con fuerza por el octavo centenario de la muerte de san
Francisco de Asís. Lo ha hecho de forma oficial, con un comité impulsado por el Gobierno, y también de manera más extendida, con centenares de iniciativas en los territorios del centro del país donde se desarrollaron la vida y la obra del alter Christus, como fue definido ya en los años inmediatamente posteriores a su muerte. El momento central de las celebraciones ha sido la ostensión de los restos del santo, que, durante un mes, desde el 22 de febrero, han sido expuestos en la basílica de Asís erigida en su honor. El cuerpo de Francisco, hallado en 1818 por voluntad de Pío VII tras siglos en los que su tumba permaneció oculta, solo había sido mostrado hasta ahora de forma muy limitada, a algunos frailes y a especialistas encargados de certificar su autenticidad.La apertura al público ha tenido así un carácter excepcional, con cerca de 400.000 personas que se inscribieron a través de la web del convento. El pasado 22 de marzo, los restos regresaron a la cripta de la basílica inferior. Las celebraciones han sido coordinadas por un comité presidido por Davide Rondoni, poeta cercano a posiciones conservadoras. El primer acto tuvo lugar el 10 de enero en Santa María de los Ángeles, la basílica que alberga la Porciúncula, la pequeña capilla donde Francisco rezaba y donde murió.La figura del santo está también ligada a la gran tradición artística que narró su vida. En Perugia, la Galería Nacional de Umbría acoge una exposición con unas 80 obras del siglo XIV, con autores como Giotto, Simone Martini y Pietro Lorenzetti. El 4 de octubre, día del patrón de Italia, volverá a ser fiesta nacional a partir de 2026 en el país transalpino, tras la aprobación de una ley que recupera una celebración suprimida en 1977. El Parlamento italiano detuvo las broncas, al menos por unas horas, para celebrar a su santo con una votación prácticamente unánime. Sagrado y profano se mezclan desde hace ochocientos años.La importancia concedida al sector femenino de la Orden, las clarisas, fue la razón del éxito literario de esta nueva vida del santo. El texto llegaba fácilmente al corazón de las muchachas de buena familia que ingresaran en sus conventos, cuyo ejemplo en esos años era Isabel, hija de San Luis, que en 1255 fundó el monasterio de Longchamp dedicado a los pobres. Por lo tanto, la imagen de Francisco debería dejar de lado al hombre dubitativo descrito por Celano visitando las carceri donde vivían sus adeptos más radicales, sea en una isla del lago Trasimeno, o en Monte Casale, Borgo Santo Sepulcro o Poggio Bustone, para centrarse en la experiencia de un santo capaz de vencer el desánimo mediante la vivencia de la humildad. Los que lo aceptaron así, como la terciaria Ángela da Foligno, autora del Libro de la experiencia, descubrieron el espejo del alma humana como si fuese la blanca nieve que cae sin viento: oro, plata, azul en los ornamentos. Y, de ese modo, el debate sobre quién era de verdad Francisco se desplazó de la literatura a la creación artística.En la recepción de la vida de Francisco hay dos momentos: antes y después de la llegada de Giotto para pintar en las paredes de la Basílica Superior de Asís la vida del santo, siguiendo, naturalmente, la versión de Buenaventura. ¡San Francisco está ahí! No hay nadie que no lo diga cuando acude a ver esas pinturas. Por suerte, el estado de conservación mantiene la firmeza original, que quizás llegó a ver el mismísimo Dante. El recorrido por los veintiocho paneles sobre la vida de Francisco ofrece al visitante una dimensión seductora de estar ante un estoicismo humanizado que le deleita porque, inconscientemente, es lo que se espera. A eso se le debe la merecida fama del panel en el que el santo ofrece su manto al pobre. El azul del sayal de Francisco es el origen de la pintura moderna. Otro de los muchos legados de este hombre, de este santo, del que uno no deja de maravillarse al descubrir en él tanta generosidad, tanta sencillez y proximidad, y al sentirlo tan fraternal.‘San Francisco dando el manto al pobre’, uno de los frescos de Giotto que relata la vida del santo en las paredes de la Basílica Superior de AsísHeritage Images / Getty-----------------------------José Enrique Ruiz-Domènec es historiador, especialista en Edad Media, cultura europea y el legado meditarráneo.