Francisco de Goya murió hace casi 200 años, pero su estela sigue surcando el mapa artístico mundial. Llega incluso hasta el corazón de
Kenia donde un joven
Michael Armitage (
Nairobi, 1984) descubrió sus pinturas negras y quedó completamente subyugado. Los Desastres de la guerra del aragonés le noquearon y deseó que su trazo pictórico -la marca, no la línea- se asemejara lo más posible. Después, toda la intención: “Sus pinturas pueden ser extraordinariamente violentas, pero enseguida te das cuenta de que no presenta solo un lado, sino ambos. Todos cometen las atrocidades. En ese sentido, no es político, sino profundamente humanista y por eso lo encuentro increíblemente convincente. Me siento perseguido por él de una manera muy positiva”, señala con una sonrisa ante los periodistas. El artista keniano, de padre británico y madre de ascendencia kikuyu, se encuentra en
Venecia donde se acaba de inaugurar una gran exposición, The promise of change (150 lienzos) en el imponente
Palazzo Grassi de la Colección Pinault, una de las más grandes del mundo. Símbolo de que Armitage es hoy uno de los más cotizados pintores de arte contemporáneo del planeta. Y es en estos cuadros donde enseguida se vislumbra esa influencia goyesca por los personajes antropomórficos sátiros (medio humorísticos) y por toda esa violencia y tensión. El artista no escatima en temáticas turbulentas, desagradables y trágicas como la migración, la represión de los manifestantes en su país en las elecciones de 2017, la prostitución impuesta, la difícil homosexualidad en África o la situación de las mujeres africanas, pero a la vez se palpa la fragilidad, la humanidad de los personajes. Y después, sí, es arte figurativo, pero no es una línea clara, hay marcas, sombras, un trazo más expresionista: lo que el genio de Goya inauguró mucho antes de que llegaran las vanguardias. 'Kampala Suburb' sobre los peligros que atenazan a la homosexualidad en África (2014) Es una exposición que golpea al visitante. Y además no lo hace mediante el cliché (o el manoseado artivismo). Va al hueso, a la víscera, al sentimiento real. No hay impostura aquí. Además, para el occidental es muy reconocible por todas las referencias, no solo Goya. Por aquí aparece
El Greco,
Tiziano (tiene una Venus del espejo impactante) o, ya más adelante, el mismísimo
Gauguin (sobre todo con los colores). “Creo que lo que muestra
Gauguin en sus pinturas es cómo se veía a sí mismo, que era como los salvajes, pero era su intento de encontrarse a sí mismo”, resalta. "Nunca pienso en las reacciones de la gente, si algo es bello o no, pero sí sé que lo que hago es con un sentido de involucración del que observa" Se notan los estudios que Armitage realizó en
Reino Unido -asistió a la Slade School of Fine Art de Londres, expuso en la galería White Cube londinense donde los cazatalentos del arte se fijaron en él-, y cómo se nutrió de pintura occidental, también con la mitología griega. Hay una Antígona (2018) que revela la desigualdad de género en África con desnuda brutalidad. “Quería mostrar cómo hay una parte de la sociedad que valida a las mujeres según estén casadas o no y con quién. Había leído las Metamorfosis de Ovidio y conocía la historia de Antígona y cómo ella se resistió a los intentos de su tío de casarla. Pensé que este mito era una forma de entrar en esta temática”. 'Antígona' (2018), una denuncia de la situación de las mujeres africanas La fragilidad (y combatividad) femenina también se observa en Conjestina (2018), sobre Congestina Chang una campeona mundial de boxeo, que fue hospitalizada por un episodio psicótico del cual se aprovecharon terriblemente los medios de comunicación (la grabaron en esa situación). “Cuando busqué quién era me di cuenta de que era una figura extraordinaria, una boxeadora increíble y que los problemas psicológicos que tenía eran exhibidos para entretenimiento de la audiencia. Por eso quise implicarme y pensar cuál era mi posición en esto”. Influencia africana Pero lo que ha hecho a Armitage una figura relevante en el actual mercado del arte no es solo la parte occidental sino su conjunción con la africana oriental. El artista creció en
Nairobi en una comunidad de artistas como la escultora Chelenge Van Rampelberg, que era la madre de uno de sus amigos, o Miki Shugu, del cual los padres de otro amigo tenían multitud de cuadros. También creció viendo la obra del ugandés Peter Molindwa o los escultores Mukonde, de Mozambique. Y todo eso se refleja en los cuadros, que además están pintados sobre un material muy especial llamado Lubugo, que también consigue que sus colores sean tan llamativos. Lubugo, el material que Armitage utiliza para sus lienzos “Desde el mismo comienzo quise que mis pinturas tuvieran mucho reflejo de África oriental. Me pasé cinco años investigando, probando diferentes materiales, hasta que me encontré con esta tela de corteza en un mercado turístico y luego me llevó otro par de años antes de que tuviera el pequeño momento eureka de tratarla como cualquier otro lienzo. Tuve que estirarla, pegarla, prepararla… Por otro lado, me interesaba su pérdida de función y propósito. Cuando me encontré con el material estaba siendo vendido como un posavasos, algo en lo que pones tus bebidas, absorbe tu cerveza, mientras que en sus orígenes reales, que estaban en Uganda, era usada como un sudario para envolver a los muertos y enterrarlos. Así que me interesaba esa especie de pérdida de significado, pero también que podría significar un lugar, una cultura”, explica. Y que, en definitiva, era pura África. Un centro propio en
Nairobi Armitage vive actualmente en Indonesia de donde es su mujer. Tiene su taller cerca de la capital de Bali, Ubud (aunque sus cuadros no están en el Museo de Arte de allí), y ahora por primera vez expone en su ciudad natal donde él mismo ha creado el
Nairobi Contemporary Arts Institute. Es la primera vez que sus compatriotas ven a un artista que ya está siendo reclamado en medio mundo y cuyas obras se cotizan en más de dos millones de euros. La influencia de
El Greco también es notable “No lo creé para hacer mi exposición. Es una exposición que empezó en el Kunsthaus de Bregenz (Austria) y luego viajó allí. Lo creé preguntando a artistas y aficionados al arte en
Kenia qué sentían que necesitábamos. Y me dijeron: un tipo diferente de educación superior y un espacio de arte sin ánimo de lucro. Y pensé, bueno, quizá en esta etapa siento que puedo contribuir a eso. Porque tenemos un museo nacional, pero su enfoque no es el arte contemporáneo. Sí tenemos galerías, pero son galerías comerciales. Así que ahora intento hacer cuatro exposiciones al año pensando en estos huecos: una exposición individual para un artista joven, una retrospectiva, una exposición internacional, y una exposición comisariada desde fuera de nuestra organización. También tenemos una colección permanente que ahora está alrededor de 140 obras. Al principio pensé que sería principalmente para artistas, pero van también muchos niños, estudiantes, porque tenemos un programa educativo bastante fuerte”, señala el artista que se ha convertido en uno de los grandes mecenas con este centro en su país. Belleza y horror También esto ha sido parte de la educación con la que creció. “Lo hice alrededor de artistas que tenían una responsabilidad hacia su comunidad, que pensaban que participar era importante en la sociedad, en la comunidad”, comenta. De ahí que haya creado un centro artístico y que las temáticas tengan este estímulo político y humanista. Tiene algo que te obliga a mirarlas y que, a la vez, escuece. “Me tomó tiempo llegar a ellas. Sobre las pinturas de la migración, primero intenté hacer una pintura en 2015, pero pronto me di cuenta de que era terrible. Necesitaba tiempo para llegar a un lugar emocional desde el cual abordar esto. Fue cuando dejé el
Reino Unido y me mudé a Indonesia que me encontré a mí mismo. Comprobé que la gente continuaba intensificando la demonización de migrantes y refugiados. Poco a a poco lo fui asumiendo y fui haciendo esas pinturas”, cuenta. Sus pinturas sobre la migración son impactantes. Aquí el homenaje al niño Aylan El estupendo catálogo de la exposición incluye un texto de Salman Rushdie que señala que la respuesta al horror de este mundo está en la belleza. El propio trabajo de Armitage es una mezcla de belleza y horror. “Bueno, creo que la belleza es subjetiva Estoy más interesado en mirar. Hago pinturas que están quietas, son silenciosas, no dicen nada a menos que alguien lo escriba o tengas a alguien como yo parloteando sobre ellas. Nunca pienso en las reacciones de la gente, si algo es bello o no, pero sí sé que lo que hago es con un sentido de involucración. Por tanto, no pienso tanto en una idea de belleza sino en hacer cosas que sean visualmente involucrantes”. Y lo consigue. De los cuadros de Armitage no se sale indemne. Por eso es hoy uno de los más solicitados del mercado. Y, una vez más, Goya tiene la culpa.