Se llenó de pollinos el
RCDE Stadium para animar a la selección española. Borriquito como tú, tururú, que no sabes ni la u. Racistas orgullosos de serlo, cruzados de pacotilla. En lenguaje guardiolista, corta y al pie: imbéciles. Bote, bote, bote, musulmán el que no bote. ¡No hay para tanto!, dicen algunos. A fin de cuentas, bien podría ser que muchos de los que se unieron al canto lo entendieran como una broma, un atrevimiento infantil, una gamberrada inocente. ¿No se pita también el himno español en las finales de la Copa del Rey?, ¿no se escucha en
Madrid y en
Barcelona el manido grito de catalán o español el que no bote? Así pues, ¿por qué debiéramos escandalizarnos en este caso, si lo único que cambia es el sujeto que es motivo de burla y escarnio?Habrá quien entienda que pitar un himno debiera merecer una consideración similar, dado que no son pocos los que viven los símbolos nacionales como algo sacro. Pero esa acción solo busca reflejar un malestar o un conflicto político. Puede catalogarse, y lo es, de irrespetuoso y maleducado. Pero eso es todo. Respecto a los cánticos que se cruzan madridistas y barcelonistas, aprovechando los escudos de sus clubs para el proselitismo político de sus querencias identitarias, basta decir que la comparación es simplemente risible. Lo sucedido en el
RCDE Stadium merece en cambio una consideración más severa. Musulmán el que no bote refiere a una categorización excluyente de la españolidad que, expresada como cántico de apoyo a la selección, resulta inquietante.En Cornellà, Torrente fue un personaje real que tomó cuerpo en miles de voluntarios vestidos de rojoQue fuese buena parte de la grada la que masivamente se subiera al carro de la estulticia imposibilita categorizar el hecho de anécdota minoritaria. Se insiste en la idea de que los seguidores de la selección española no repararon siquiera en el hecho de que la figura de su equipo es musulmán,
Lamine Yamal. No es cierto, lo saben y muchos de ellos lo viven como un mal menor con el que toca apechugar por la calidad que atesoran sus piernas. En su día,
Jean-Marie Le Pen lamentó que Francia ganara el Mundial con una mayoría de jugadores que no podía considerar en absoluto franceses por su ascendencia, color o religión. El racismo de un francés es igual que el de un español, solo que se ha hecho visible unos cuantos años más tarde.Nada de esto guarda relación alguna con mantener posiciones críticas respecto a los flujos de inmigración masiva, las dificultades y los límites de la integración en las sociedades de acogida o la nítida incompatibilidad de algunas prácticas religiosas y cosmovisiones con nuestras leyes y costumbres, por nombrar tan solo algunas de las cuestiones más espinosas que necesariamente forman parte del debate abierto en la sociedad española y catalana en los últimos años. Alberto Estévez / EFEPero de ahí al señalamiento generalizado de las personas que rezan a un dios determinado media un abismo. El que va de la civilización a la barbarie, del cerebro al intestino grueso, de la complejidad a la memez más simple y supina. El martes, en Cornellà, Torrente no fue un personaje satírico nacido de la genialidad de Santiago Segura, sino un personaje real que tomó cuerpo en miles de voluntarios vestidos de rojo. Indistinguible para algunos, la línea que separa ambas manifestaciones es fundamental. A un lado, el trato político que exige la cuestión inmigratoria, compatible con la máxima exigencia, pero también con la dignidad de las personas y el respeto al individuo, a sus creencias, su identidad y al colectivo al que pertenece. Al otro, el racismo, incompatible con los valores democráticos a través de los que se expresa el humanismo.Asistiremos ahora a la teatralización gubernamental, administrativa y quién sabe si judicial de la respuesta. De momento, Fiscalía y Mossos ya dedican recursos a tratar de identificar a algunos de esos torrentontitos y hacerles pagar en primera persona una acción que fue multitudinaria y colectiva. Lo fácil ante la imposibilidad y la absurdidad de tratar de sancionar a miles y miles de personas. Ahórrense el trabajo. Si lo que pretenden es eficacia punitiva, basta con que en el futuro los responsables de la Federación Española ordenen la retirada del campo a los jugadores ante situaciones similares. Y adiós muy buenas, racistas de chichinabo. Identifíquenlos a ellos por cobardes y timoratos. Nos saldrá más barato, y el aprendizaje será mucho mayor.