La tarde de invierno caía sobre
Cullera con una luz tenue y naranja, de esas uno desea captar con el teléfono móvil para publicar en Instagram y dar a entender que se ha descubierto el paraíso. Mar tranquilo, ideal para jóvenes practicantes de tabla de Paddle Surf o para turistas dispuestos a echarse cinco horas sobre la arena y aprovechar esa luz imposible de encontrar en sus respectivas geografías. Habíamos salido de la bodega de su amigo, un hombre de manos anchas y marcadas que le había regalado un puro cubano, y ahora caminábamos hacia el sur, hacia donde el
Xúquer se encuentra con el
Mediterráneo.El señor
Miquel, el sabio de
Alzira, el adivino de campañas electorales y el mejor vaticinio demoscópico, aspiró el puro con una parsimonia que yo no le conocía. El humo, de un gris azulado, se elevó lento y se deshizo en la brisa salina. Él caminaba descalzo, y sujetaba sus zapatos con la mano derecha.Imagen de un anciano caminando con un hombre más jovenLVE—Mi amigo y yo —dijo, sin mirarme— nos enfrentamos juntos a tiempos peores. De esos en los que un hombre no pregunta al otro de qué bando es antes de darle de comer. Ahora me regala puros. La vida es larga y a veces generosa. Caminamos en silencio unos metros. Las olas lamían la orilla con un ritmo cansado, como si también ellas estuvieran de vuelta de todo. El frío no era intenso, pero sí húmedo, de ese que cala los huesos y recuerda que el invierno también es dueño de estas costas.—No le voy a ocultar mi inquietud por la situación en el mundo y por las acciones de quien parece querer forjar un nuevo imperio —dije al fin.El señor
Miquel no respondió de inmediato. Dio otra calada al puro, lo sostuvo entre sus dedos manchados por los años y lo contempló como si en la brasa ardiera la respuesta.—He visto mucho en mi vida —dijo—. Dictadores que se creían dioses, generales que se creían salvadores, demagogos que prometían el cielo y entregaban el infierno. Pero este que dices no es ninguna de esas cosas. No es un loco, como muchos creen. Es un narcisista, un ególatra, un hombre criado en la certeza de que el mundo solo le pertenecía a él. Su padre, su fortuna, su entorno... todo le dijo que cualquier capricho debía ser concedido. Y si no, que podía tomarlo por la fuerza. La ausencia total de empatía, Salva. Eso es. Y eso no se cura con elecciones.— Lo peor es que este hombre fue elegido democráticamente. En ocasiones la democracia nos falla.Se detuvo en seco. Me miró con esos ojos glaucos que tantas veces me habían helado la sangre, pero esta vez había en ellos algo distinto: una calma antigua, como la del mar después de la tempestad.—No —dijo, y su voz fue un golpe seco—. No digas eso. La democracia no ha fallado. La democracia ha hecho lo que debe hacer: permitir que la voluntad del pueblo se exprese. Otra cosa es que esa voluntad, a veces, genere monstruos. Pero es el precio de la libertad.Señaló con el puro hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a teñir de cobre la línea del mar.—¿Prefieres que decidan unos pocos? ¿Que cuatro sabios de despacho elijan quién nos gobierna? Eso se llamó dictadura, y ya la padecimos. En este país, en este continente, en medio mundo. La democracia es incómoda, es sucia, es lenta, y a veces escupe arriba a los peores. Pero es lo único que tenemos para evitar que la barbarie se instale para siempre.—Pero si elige a alguien que la destruye...—Entonces la defensa de la democracia pasa de las urnas a la calle, y a nuestra conciencia. De los discursos a las acciones pacíficas. De la queja a la organización. Pero nunca, nunca, se abandona el sistema por sus malos resultados. Porque fuera del sistema solo hay dos caminos: la tiranía o el caos. Y en ambos pierden siempre los mismos.Seguimos caminando. La playa se iba estrechando a medida que nos acercábamos al Estany de
Cullera, y el rumor del río comenzó a mezclarse con el del mar. El señor
Miquel, el sabio de
Alzira, parecía absorto en sus pensamientos, y yo respeté su silencio. Había aprendido, después de tantos años, que sus mejores palabras nacían de esos momentos de quietud.—¿Y Europa? —pregunté al cabo de un rato.—Europa —repitió, como si saboreara la palabra junto con el humo del puro—. Europa es la gran esperanza y la gran decepción. Porque los que antes desconfiaban de ella ahora la necesitan. Y los que la querían, ahora la abandonan. Es curioso cómo cambian las lealtades cuando el abismo se abre a tus pies. Pero no te equivoques, Europa conoce mejor que ningún otro continente el dolor, Sabrá recuperarse, eso espero. Lo contrario sería sumir al mundo en las tinieblas.—¿Crees que las fuerzas democráticas estarán a la altura?El señor
Miquel soltó una carcajada breve, sin ironía.—No lo sé. Pero sé lo que deberían hacer. Dejar de mirarse el ombligo. La derecha y la izquierda democráticas tienen que entender que esto no es una partida de mus. Es un incendio. Y cuando arde el monte, no preguntas de qué color es el que trae la cubeta de agua. Solo desde la confluencia de visiones, desde múltiples posiciones, se podrá ganar este momento. La unidad frente al ruido de las bombas. El diálogo frente al insulto. El cuidado frente al desprecio, por mucho imbécil que ahora se sienta líder en eso que llamáis redes sociales y por mucho imbécil que encuentre en ellas la nueva salvación.Llegamos a la altura del Estany de
Cullera. El agua dulce del
Xúquer se encontraba con la salada del mar en una danza pausada, casi imperceptible, que dibujaba remolinos perezosos en la superficie. El señor
Miquel se detuvo y contempló el paisaje con una nostalgia que no intentó ocultar.—Aquí venía con mi padre —dijo, la voz más baja de repente—. Cuando era joven. Teníamos un bote de madera pequeño, viejo, que mi abuelo había construido. Nos metíamos en medio del río, justo donde el agua se vuelve más quieta, y pescábamos llisas. —¿Cuántas sacaban?—Había días —dijo, y en sus ojos brilló algo parecido a la alegría— que podíamos sacar más de treinta. Treinta llisas plateadas, gordas, saltando dentro del bote. Luego las repartíamos entre familiares, vecinos, amigos. Mi padre decía que el río era generoso porque nosotros éramos generosos con él. Que no se podía tomar sin dar.Apagó el puro contra la barandilla de madera que bordeaba el paseo y guardó la colilla en el bolsillo de la chaqueta. Un gesto pequeño, casi insignificante, que me recordó que el señor
Miquel era de esos hombres que no ensucian lo que otros disfrutarán después.—Ya no se pescan tantas llisas —dijo—. El río está más solo ahora. Como nosotros, supongo.—¿Cree que el mundo mejorará? —pregunté.Me miró largamente. El viento le movía el pelo cano y le arrugaba las comisuras de los ojos, donde los años habían escrito su historia en pequeñas grietas.—Soy optimista por obligación —dijo—. He tenido que aprenderlo. Porque si no, ¿qué nos queda? La humanidad necesita tocar fondo a veces para recordar que no quiere caer. Ya ha pasado antes. Después de las guerras, después de las pestes, después de todo, siempre hubo alguien dispuesto a reconstruir. Lo malo es que, para llegar ahí, hay que sufrir. Y mientras se sufre, se muere gente inocente.—¿Y si no toca fondo nunca?—Siempre se toca —dijo con una seguridad tranquila—. La cuestión es cuánto tardamos en reaccionar. Y cuánta gente paga el precio mientras tanto.Emprendimos el regreso hacia la bodega, donde me esperaba el coche. La luz había menguado aún más, y los primeros faroles comenzaban a encenderse a lo largo del paseo marítimo. El señor
Miquel caminaba despacio, con ese paso que parecía medir el mundo a su manera.Ya cerca del aparcamiento, se detuvo y puso una mano en mi hombro. La sentí pesada, pero cálida.—En la próxima visita —dijo—, el mundo igual es aún peor. O quizá mejor, quién sabe. Pero no desesperes. En algún momento el escenario será otro. O, simplemente, nos habremos acostumbrado a vivir con él.—¿Eso es consuelo?—Es la verdad —respondió, y esbozó una sonrisa que apenas se insinuó en sus labios—. Y la verdad es el único consuelo que merece la pena.Nos despedimos sin más. Él volvió hacia la bodega, donde su amigo lo esperaría con otro puro y quizá una copa de vino. Yo me metí en el coche y arranqué el motor, con la mirada puesta en el retrovisor hasta que su figura se perdió entre las sombras de la noche que caía.El abismo seguía ahí, sí. Pero por primera vez en mucho tiempo, no me asomé a él solo.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991