En 1943
Abraham Maslow, psicólogo y filósofo estadounidense, publicó un artículo donde presentaba una jerarquía de las necesidades humanas en forma de pirámide. En la base estaban las fisiológicas como la comida, el agua y el resguardo. Le seguía otra esencial: el sentirse seguro, para después ir escalando hacia otros requisitos, como el afecto y poder ser independiente. Según Maslow, una vez cumplidos estos imperativos, una persona podía perseguir “la autorrealización”.La pirámide de Maslow fue rompedora, porque listaba las necesidades humanas más allá de la comida y el techo. Su trabajo sintonizaba con el de
John Maynard Keynes, uno de los economistas más influyentes del siglo XX. En 1930, Keynes publicó un breve ensayo: Las posibilidades económicas de nuestros nietos (Taurus), donde pronosticaba que, en unos cien años, los avances tecnológicos permitirían vivir sin apenas trabajar, lo que derivaría en tiempo para el ocio y la sabiduría; para la felicidad, en definitiva. Pero, para alcanzar esta buena vida, planteó una pregunta clave: ¿Cuánto es suficiente?
Mark Zuckerberg (
Meta),
Jeff Bezos (
Amazon),
Sundar Pichai (Google) y
Elon Musk, en la toma de posesión de Trump Pool / GettyLa pregunta es más urgente hoy que nunca, en un planeta con recursos finitos y un momento de gran concentración de la riqueza. En pleno mandato del presidente
Donald Trump, perfecto ejemplo de alguien que nunca tiene suficiente,
Elon Musk (
Tesla, X, SpaceX) se ha convertido en la primera persona que supera la barrera de los 500.000 millones de dólares de fortuna personal. Y no está solo: los magnates de Sillicon Valley, de
Mark Zuckerberg (
Meta) a
Jeff Bezos (
Amazon), entre otros, le siguen en el ranking.“Definir la ‘suficiencia’ implica alcanzar un equilibrio donde las necesidades estén garantizadas e, inspirándonos en Maslow, el trabajo deja de ser una carga agobiante para convertirse en una actividad con sentido. Se trata de pasar de la mera supervivencia a la realización personal”, explica a La Vanguardia
Andrei Boar, profesor de la UPF Barcelona School of Management. Porque la buena vida, subraya, no se mide solo con el PIB, “que es una métrica limitada, al excluir pilares del bienestar como la salud mental y el ocio”, razona.“Para la filosofía, la buena vida es mesura; el exceso es peor que el defecto”, resume Norbert BilbenySegún el también economista Íñigo Macías, investigador en
Oxfam Intermón, “una buena vida significa poder realizar los sueños de cada uno”. Aspiración que, puntualiza, solo se puede alcanzar al tener cubiertos un determinado nivel de ingresos. “Entre 15.000 y 20.000 dólares per cápita, el crecimiento económico, el bienestar y la esperanza de vida sí que están muy vinculados”. El bienestar, añade, también dependerá de dónde se nace y del escudo social que allí exista.Macías, experto en temas de desigualdad, nos remite a un estudio del 2022 de Cáritas que calculó lo que se requería en España para vivir dignamente. “La novedad fue que se usó un presupuesto de referencia, que abordaba la pobreza no solo a partir de los ingresos disponibles, sino asociándola a las necesidades básicas de los hogares”. Así, el monto mínimo fue la suma de ocho partidas: alimentación, vivienda, ropa y calzado, transporte, educación, salud, ocio y cultura, relaciones y vida social. El resultado variaba según el lugar de residencia: mientras que en Madrid un hogar con dos hijos necesitaría al menos 3.300 euros al mes para vivir dignamente, en Ourense el punto de partida eran 2.400 euros. Cáritas alertó que seis millones de hogares (el 31,5%) no alcanzaban este presupuesto de referencia.La modelo e influencer Georgina Rodríguez con su bolso Birkin de 240.000 euros MEGA / GettyEn el 2018, un estudio de la Universidad de Purdue, en EE.UU., cifraba que, a nivel global “los ingresos anuales ideales para el bienestar emocional rondarían entre los 60.000 y 75.000 dólares por individuo”. Estas cifras sintonizan con un trabajo del 2024 de Euronews Business, que calculó que una vida digna en Alemania se alcanza con un salario de entre 3.300 y 3.600 euros netos mensuales por persona, mientras que en España bastarían 2.700 euros (o 4.000 euros para una familia). Un estudio de Nasdaq del 2024 va más a la baja y estima que una persona puede vivir de “forma confortable” en España con 2.000 euros mensuales; con 3.200 euros en Francia, y con 1.500 euros… en Alemania. Aunque, de nuevo: “Todo dependerá de dónde quieras residir y de tu estilo de vida”. Es decir; lo que, una vez cubiertas las necesidades básicas, se considere “suficiente” para vivir bien.Este “suficiente” ya preocupaba a los grandes filósofos. Aristóteles habló de la insaciabilidad humana y de cómo la adquisición de nuevos bienes tiene que ser gobernada por una
Meta, que es la vida buena. Mientras que Sócrates, como explica el profesor emérito de Ética Norbert Bilbeny, “ya se preguntaba: ‘¿Cómo hay que vivir?’. Ante lo que el Oráculo de Delfos recordaba: ‘De nada demasiado’. Para la filosofía, la buena vida es la vivida con mesura. El exceso es peor que el defecto”, resume Bilbeny.La riqueza combinada de los milmillonarios ha crecido un 81% desde el 2020, según Oxfam IntermónSin embargo, el exceso está a la orden del día. Si el Oráculo o
John Maynard Keynes levantaran la cabeza, se quedarían, como poco, estupefactos. Porque pese a los avances tecnológicos y sociales (como el aumento de la esperanza de vida o la mayor escolarización), la desigualdad está disparada a nivel global. Hay un núcleo de personas que no parecen tener nunca suficiente.Así se refleja en los datos facilitados por
Oxfam Intermón, cuyo último informe sobre desigualdad explica que la riqueza combinada de los milmillonarios ha crecido un 81% desde el 2020, mientras que casi la mitad del mundo vive en situación de pobreza. “Un 0,001% –menos de 60.000 individuos– poseen tres veces más que la mitad de la población mundial”, denuncia Íñigo Macías.“Ganar dinero no puede ser una finalidad en sí misma, a menos que se sufra un trastorno grave”, escribieron el biógrafo de Keynes, Robert Skidelsky, y su hijo, Edward, en ¿Cuánto es suficiente? (Crítica). Publicado tras la crisis del 2008, este ensayo advertía que el principal obstáculo para una buena vida era un sistema económico dominado por la codicia. Un pecado capital que, como le contó Edward Skideslky a esta periodista, ha sido bien visto desde el nacimiento del capitalismo: “Fue un precio aceptable que pagar si, a cambio, se mejoraban las condiciones de vida de la mayoría de las personas. El problema es que hoy, aunque en las sociedades modernas occidentales esta pobreza absoluta ya no existe, la codicia sigue siendo aceptada”.“La codicia es el principal obstáculo para el bienestar”, asegura Íñigo Macías. Un ansia que, como detalla
Andrei Boar, está alimentada “por unas estructuras financieras que siguen priorizando la rentabilidad inmediata por encima de la ética social”. Sin olvidar a una sociedad que normaliza las bonificaciones millonarias, la especulación financiera y la destrucción del medio ambiente para maximizar beneficios o que Georgina Rodríguez (la influencerpareja del futbolista Cristiano Ronaldo) gaste más de 200.000 euros en un bolso.Ya sean millones o bolsos de Hermès, la tendencia es acumular. Tener más y más, pese a que, en 1974, el economista Richard Easterlin estableció en su Paradoja que, cubiertas las necesidades básicas, los incrementos de renta no garantizan un aumento proporcional en la felicidad. Sin olvidar, como señala
Andrei Boar, “que el planeta no puede sostener a 8.000 millones de personas viviendo bajo los estándares de una clase media-alta. Por ello, los Skidelsky dicen que en Occidente debemos replantear la acumulación perpetua, algo que nadie quiere aceptar”, lamenta.Porque, según los expertos, el dinero necesario para una buena vida existe. “En el 2025, la riqueza conjunta de poco más de 3.000 personas aumentó en 2.500 millones de dólares, suficiente como para acabar con la pobreza extrema durante los próximos 26 años”, ilustra el portavoz de Oxfam. Pero la clave no está solo en generar riqueza, “sino en su origen y distribución con una estructura tributaria justa, que mueva recursos desde el capital acumulado hacia servicios esenciales como la sanidad y la educación universal”, propone
Andrei Boar. “Una fiscalidad justa es el precio de la civilización y de la democracia. Sin ambas, resulta difícil garantizar una buena vida”, añade Íñigo Macías.