CINE Pases de prensa en los cines Girona de
Barcelona, artículos pendientes que se acumulan, ingresos disminuidos, críticos que venderían sus propios libros casa a casa por cinco euros, mejor efectivo. La película Pizza Movies, dirigida por
Carlo Padial, pinta un panorama entre clarividente y depresivo de la profesión; no en vano está coescrita por una crítica de cine,
Desirée de Fez. En el filme, que se estrena en salas el 30 de mayo, una periodista cultural harta de las asperezas del sector (interpretada por
Judit Martín) decide abrir junto a su pareja (
Berto Romero) una pizzería temática en la que cada pizza está decorada en homenaje a una película, usando las olivas y el prosciutto como materiales efímeros. Los repartidores no pueden ser otros que los críticos de cine, que las llevan a las casas a pie entre reseña y reseña. En el estreno de la película que tuvo lugar en el Festival D'A, muchos se dieron por aludidos. Aunque casi todo el peso de la comedia lo sostienen Martín y Romero, conviene estar atento a las apariciones estelares de
Raúl Arévalo, Bruna Cusí,
Tamar Novas y un
Joaquín Reyes ejerciendo la autoficción.
Bon Iver, en una actuación en el Primavera Sound de 2014Àlex GarciaEl 'indie folk' y la leyenda de la cabañaMÚSICA En el libro La música indie. Una historia cultural (Península), de
Chris DeVille, que se lee como un ameno recorrido por ese género escurridizo, se cuenta la historia de un álbum cuya leyenda cumple ahora 20 años. En 2006,
Justin Vernon acababa de romper con su banda y (esto sería mucho más publicitado después) con su novia, la también música Christy Smith, pasó por una mononucleosis y una pulmonía y, hecho polvo, se retiró a la cabaña de su familia en Wisconsin. Ahí se dedicó a “cortar leña, cazar para comer, beber cerveza, y ver Doctor en Alaska, hasta que le dio por hacer algo con el equipo musical que tenía abandonado en el coche”. Y de ahí surgió su nuevo alter ego,
Bon Iver, y su álbum más famoso, For Emma, Forever Ago (2007). El disco en sí, con su sonido rudo y deconstruido y sus baladas tristes, se convirtió en indisoluble de la historia de la cabaña y el propio Vernon, con su barba y su camisa de cuadros, pasó a encarnar esa breve era del indie folk que, por enésima vez desde que Dylan tocaba en el Village, volvía a tener en el centro a un hombre heterosexual blanco dañado por una mujer.‘La zona de interés’, de Jonathan GlazerWandaTodo es muy ‘La zona de interés’PANTALLAS Hay pocas películas de autor (y pocas películas ya en general) que acaben penetrando en el léxico común y que se conviertan en metáfora recurrente. Sucedió con Parásitos, de Bong Joon-ho, que se estrenó en 2019, ganó el Oscar a la Mejor película en 2020 y tuvo suficiente influencia cultural como para que algunas situaciones de desigualdad y/o venganza de clase se describiesen durante un tiempo como “muy Parásitos”. La otra película con la que ha sucedido algo similar, en gran parte gracias a la disociada realidad en la que vivimos, es La zona de interés, de Jonathan Glazer. En las redes sociales es muy habitual que un vídeo se etiquete como “La zona de interés”. Por ejemplo, el de una familia que vive y hace homeschooling en las afueras del parque Disney de Florida. O, con mayor precisión, los vídeos en los que los soldados israelíes que cursan el servicio militar cuentan su día a día: juegan al pádel, van al gimnasio, colorean mandalas, bailan coreografías de TikTok, beben smoothies y, cada poco rato, cuando suenan las alarmas, se ocultan en sus refugios antiaéreos, hasta que se van a dormir en sus cuartos con literas.Un visitante, frente a 'La gitana dormida', de la exposición 'La ambición de la pintura' dedicada al pintor Henri Rousseau ALAIN JOCARD / AFPNo tan domingueroARTE Admirado en vida por Picasso y Delaunay y coleccionado por Tristan Tzara y André Breton, al pintor Henri Rousseau, conocido también en Francia como “El aduanero Rousseau”, se le tiene en su país como un pintor dominguero, un artista naíf que nunca pasó por escuela alguna de Bellas Artes. El Museo de la Orangerie en París acoge ahora una exposición, titulada La ambición de la pintura, que pretende corregir un poco esa imagen de un artista que estudiaba en el Louvre a los pintores nórdicos y germánicos de los siglos XV y XVI y que sí tenía afán de permanencia, aunque no participase de las corrientes de su época. Para la muestra, una coproducción con la Barnes Foundation de Philadelphia, se han juntado por primera vez más de 50 cuadros provenientes de las dos colecciones más importantes con presencia de Rousseau, y ha viajado desde el MOMA el famoso La gitana dormida.