Angelines González sostiene la mirada sobre la foto de su boda en 1968. Recuerda todo lo que implicó su vestido de novia: cada una de sus compañeras contribuyó a hacerle un auténtico
Balenciaga, pero sin etiqueta. “Cómo pasa el tiempo…”, deja caer. Han transcurrido 58 años desde que abandonó su puesto de ayudante de modistería en los talleres de
Balenciaga en
Madrid. En la entrevista grabada para el proyecto Las manos que cosen, de la Fundación
Balenciaga" class="entity-link entity-person" data-entity-id="51808" data-entity-type="person">Cristóbal
Balenciaga, González recuerda sus cuatro años en la casa. “Yo aprendí el oficio en
Balenciaga”, transmite. No soy una persona que se haya hecho a si misma. Me ha hecho
Balenciaga. Que lo sepa”. La casa de moda operó en España de 1917 a 1968, y como González, la mayoría de las trabajadoras—el 95% de la plantilla era femenina—empezaba con 14 años como aprendiz y dejaba la firma en el momento de casarse.Dos modelos con la colección Ballet (1946) de
Balenciaga Corbis via Getty ImagesTal fue el caso de
María Teresa Capa (1942-1952 en la casa
San Sebastián). La modista tomaba su trabajo con seriedad; ascendió de aprendiz a ayudante y oficiala, el rango más alto posible, cuando una modista podía sacar un vestido del taller para probárselo a una clienta o para una inspección final, a veces del propio
Balenciaga" class="entity-link entity-person" data-entity-id="51808" data-entity-type="person">Cristóbal
Balenciaga.El trabajo era exigente y el horario—de lunes a viernes de 9h a 13h y de 15h a 19h, con turno de mañana los sábados—, estricto. Si llegabas tarde, te quedabas fuera y te lo descontaban del salario. Las modistas lo hacían todo a mano: bordados, coser lentejuelas, confeccionar forros de seda. “Hacer un cuello en
Balenciaga era estar todo el día”, recuerda
Marisol Campo, que también trabajaba en la casa donostiarra. “Una prenda tenía que costar mucho porque cuatro de nosotras podíamos pasar un mes haciéndola”, explica.El perfeccionismo es inherente a ellas”Igor UriaInvestigador en Las manos que cosen“Lo que nos interesa es que nos cuenten la cotidianidad”, afirma
Itxaso Díaz, encargada de la producción audiovisual del proyecto. La vida diaria variaba según la sucursal de
Balenciaga:
San Sebastián,
Madrid,
Barcelona—de 1935 a 1968, en la calle Santa Teresa, 10—o París. Claudia Verboom, vendedora en París, rememora el olor a perfume y tabaco del taller. Otras mujeres guardaron trastos preciados. Margarita Llorente conserva una foto firmada de Audrey Hepburn, clienta de la tienda madrileña de
Balenciaga. Pero los recuerdos suelen ser más ordinarios. “Normalmente son objetos—perchas, nóminas o cartas de despido—los que más les inspiran a compartir”, apunta Díaz.
Igor Uria, responsable de investigación del proyecto, empezó a archivar estas historias hace más de quince años. Uria buscaba cómo cuidar los vestidos de la fundación, qué materiales usar y cómo poder reparar algunas prendas. Por el camino empezaron a aparecer perlas en forma de anécdotas. Lo más complicado fue trasladar el conocimiento que guardan sus manos: “A ellas todo les parece normal”, transmite el curador.
Marisol Campo aún retiene el gesto que utilizaba en los años sesenta Cortesía de la Fundación Cristóbal BalenciagaPara entender el oficio, Día y Uria pusieron a las exmodistas a coser. “Aunque tengan artrosis o se encuentren mal, tienen una agilidad tremenda”, dice Uria, mostrando con sus gestos cómo agarraban las telas con ambas manos, cerradas en puños, para luego alisarlas. “¿Qué quieres? ¿Un dobladillo?, preguntaban. Cuando te das cuenta, ya te han hecho un metro. Entonces ves que el perfeccionismo es inherente a ellas”.El conocimiento técnico de las modistas debía ser inmenso en las casas
Balenciaga. Antes que aprendiz, Loli Lastra empezó como chiquita, o recadera, a los 14 años, llevando vestidos envueltos en seda en cajas de madera a las casas de las clientas. Más tarde “te sentaban en una mesa larga con la oficiala y una ayudante y te enseñaban a hacer ojales, a picar cuellos y a pasar los alfileres”, explica. El taller, señala, le inculcó un detallismo para toda la vida. Traje de chaqueta y sombrero de plumas de
Balenciaga,1948 Clifford CoffinLos estándares eran altos.
Balenciaga" class="entity-link entity-person" data-entity-id="51808" data-entity-type="person">Cristóbal
Balenciaga solía pasar fuera de horario para inspeccionar el trabajo, explican varias mujeres entrevistadas para Las manos que cosen.
Marisol Campo cuenta cómo en una de sus visitas, mientras el taller confeccionaba el vestuario para una producción del Orfeón Donostiarra, “vimos una humareda; había metido la mayoría de los trajes en la estufa: ‘¡Esto es una porquería!’, gritaba”. Con el tiempo justo, tuvieron que repetirlos.Las condiciones de trabajo estaban vigiladas y los trabajadores tenían contrato fijo, pero no eran ajenas a fricciones laborales. Según el historiador de moda Josep Casamartina, que ha entrevistado a varias trabajadoras de la casa
Balenciaga, “en todas las casas de costura se cobraba poco. Era típico de este tipo de trabajo y también porque el trabajo femenino no estaba regulado”. No obstante, el ambiente laboral era bueno, asegura. “Todos hablaban con mucho respeto y concierta amabilidad. Estaban bien en la casa”.
María Teresa Capa, a la derecha, celebra Santa Lucía con sus compañeras en
San Sebastián en 1946 Cortesía de la Fundación Cristóbal BalenciagaSalud Sánchez, que trabajó en el taller de la calle Santa Teresa, en
Barcelona, entre 1959 y 1968, se sienta junto a su hermana Carmen Sánchez, que viste una blusa azul de
Balenciaga de 1968 y lleva en la mano su contrato en la empresa. Queda poco para el estreno de Las manos que cosen en el Moritz Feed Doc, festival de cine y moda. Esa misma tarde, Salud había sido entrevistada por
Igor Uria e
Itxaso Díaz sobre su ascenso a oficiala. En nueve años, revela, nunca vio al maestro.Tras la proyección, Salud Sánchez se pone en pie. Su testimonio se mostrará en un futuro estreno, pero hoy, junto a otras exmodistas de
Balenciaga, sostiene un ramo de flores que le ha entregado Uria antes del coloquio posterior al documental. “¡Todo este material es gracias a ellas!”, proclama el investigador, lo que provoca un aplauso reservado a las mejores cintas de Cannes. Sánchez concede un momento antes de abandonar la sala. ¿Qué definió su etapa en
Balenciaga? “Simplemente coser”, responde. “Es lo que me apasiona”.