En los últimos tiempos, las sesiones de las
Cortes han sufrido una verdadera metamorfosis. Con una mezcla de inquietud e incredulidad asiste el ciudadano a esa transformación: inquietud, porque el cambio es a peor; incredulidad, porque no pensamos que el debate pudiera degradarse a este extremo.¿En qué consiste esa transformación? Lo sabemos todos: insultos, desplantes, improperios y mentiras están convirtiéndose en el único ingrediente de las intervenciones de sus señorías, o, por lo menos, eso es lo que nos llega a través de los medios de comunicación. Gestos impropios de personas educadas, interrupciones, abucheos y pataleos de parvulario completan el menú diario.Podríamos hacer el vacío social a los políticos intemperantes, ofensivos, mentirosos o maleducadosPara ser justos, hay que decir que la falta de civismo no se manifiesta del mismo modo en ambas mitades del hemiciclo. Es la derecha, en la oposición, la que se comporta como si estuviera en una corrida de toros, mientras que del lado del partido del Gobierno asistimos a lo que parece un partido de tenis, en el que uno de los contrincantes se esmera en devolver las pelotas que le lanza el otro, una defensa cerrada que no añade nada al debate. No hace falta decir que todo eso conforma una parodia de Parlamento. Lo sabemos todos; lo saben, en particular, quienes se conducen como energúmenos en la tribuna o en el hemiciclo.¿Por qué lo harán? Fuera del hemiciclo, en la calle, parecen, con alguna excepción, personas normales y corrientes, con las que uno se pararía a hablar. Puede ser porque crean que todo vale con tal de desgastar al contrario. Pero ¿es para eso para lo que han sido votados y por lo que les pagan los votantes? Todos sabemos que los asuntos del país no son cosa sencilla; que no se resuelven a base de chascarrillos. Los que pretenden lo contrario están engañando al ciudadano y faltando a su deber. Dani DuchHay motivos de descontento en la ciudadanía que responden a problemas reales (o a percepciones de que lo son). Todos sabemos de alguno: organización territorial, tensiones en el
Estado de bienestar, desigualdades, vivienda, inmigración… nadie tiene la solución, ni siquiera la única forma de enfocarlos. Nuestras prioridades no siempre coinciden. Algunos problemas son resultado de la negligencia de los gobiernos, de uno y de otro signo, durante muchos años.La pretensión de tener la solución es demagogia. Ninguno de esos problemas admite una solución rápida, y eso hace que, cuando el político se enfrenta a un electorado impaciente e incluso exasperado, la situación sea difícil y requiera de la colaboración de todos, o por lo menos del silencio de algunos. En ese contexto, la táctica, puramente electoral, del acoso y derribo es la negación de la democracia. Descalificar al adversario sin ofrecer ni una idea ni una alternativa es hacer trampa.En las
Cortes de hoy, da la impresión de que la oferta de ideas se limita a dos, una por bando: unos ofrecen cerrar el paso a la ultraderecha; otros, derribar al Gobierno actual. Ni una ni otra ofrecen una vía de solución a nuestros problemas reales. A veces sospecha uno que quienes no ofrecen ideas es por no tener ninguna, ni siquiera la capacidad de usar la ironía o el ingenio.Existen soluciones prácticas y culturales que pueden revertir esta deriva. No se trata de coartar la libertad de expresión, sino de garantizar que la deliberación pública se mantenga dentro de márgenes mínimos de respeto y veracidad (por ejemplo, proscribiendo firmemente los insultos que atentan contra la dignidad del interlocutor). Los medios y las plataformas digitales también tienen una cuota de responsabilidad. A menudo amplifican las reacciones más groseras porque generan audiencia; sin embargo, tienen la opción de criticar y cuestionar la agresión verbal para desacreditarla.Nuestros políticos tienen una pobre opinión de nosotros, sus votantes, si creen que nos gusta el espectáculo que nos brindan y que no somos capaces de entender razonamientos elaborados, pedagógicamente expresados. No podemos ceder a la tentación de ignorar los miasmas que invaden nuestra política, porque embrutecen y envilecen al país. Debemos hacérselo saber a nuestros representantes, recordándoles que el respeto a los demás empieza por el respeto a uno mismo. La situación actual es, en mayor o menor medida, responsabilidad de todos nosotros. También hemos de respetarnos algo más: podríamos hacer el vacío social a los políticos intemperantes, ofensivos, mentirosos o, sencillamente, maleducados, apagar la televisión cuando el tono del debate pasa de castaño oscuro, y podríamos atrevernos a expresarles en público nuestro desagrado al respecto.La legitimidad del Parlamento se funda en su capacidad de deliberar con rigor y responsabilidad. Señorías: España y la ciudadanía necesitan menos bravatas y más propuestas; menos insultos y más escucha; menos espectáculo y más trabajo, en definitiva, más ejemplaridad y más responsabilidad. La polarización no es inevitable, no aporta nada bueno, genera odio y crispación, legitima el enfrentamiento y la violencia y debilita progresivamente la calidad de nuestra democracia. Recuperen la dignidad del debate público. No es un favor que hacen a sus rivales políticos, sino un deber hacia quienes les confiaron su representación.Treva i PauTreva i Pau, formado por Jordi Alberich, Eugeni Bregolat, Eugeni Gay, Jaume Lanaspa, Carles Losada, Josep Lluís Oller, Alfredo Pastor, Xavier Pomés y Víctor Pou