Se llamaba
Manu. “Y se llamará aún, supongo”, se corrige
Ester (30). Solo lo supone porque desde hace años no sabe nada de él, aunque fueron pareja y vivieron juntos, aunque durante un lustro él fuera todo su mundo. Ocho años después de terminarse la relación,
Manu continúa bloqueado en todas sus redes sociales. “Era muy jovencita, me marcó bastante”, dice
Ester.Tenía 17 años cuando empezó con él. Se conocieron en el instituto. Le sedujo, sobre todo, su “labia”, su elocuencia en la manera de hablar, su capacidad de persuasión. Pero era posesivo, muy celoso. Por aquella época acababa de salir
Instagram. “No podía tener seguidores chicos. Tampoco amigos chicos en la vida real, imagínate”, cuenta ahora. Él incluso tenía sus contraseñas, y le miraba el móvil. A los seis o siete meses de noviazgo,
Manu quiso separarla de todas sus amistades, también de las chicas. “Intentó que mi mundo fuera él y ya está. Y lo terminó consiguiendo”, lamenta.
Ester se quedó sin un solo amigo y, en paralelo, tenía problemas con su familia: “Él se aprovechó también de eso. Se convirtió en mi única referencia. Todo lo que él decía estaba bien. Y, si yo me salía un poco, era una puta”.No podía tener seguidores chicos. Tampoco amigos chicos en la vida real (...) Intentó que mi mundo fuera él y ya está. Y lo terminó consiguiendoEster(30)FOTO: MANÉ ESPINOSA. UNA PAREJA JOVEN ABRAZADA A PESAR DEL CALOR QUE RONDA LOS 31ºC EN BARCELONAMané Espinosa / PropiasSara (29 años) también tenía 17 cuando conoció a
Javier, su primer novio. “Desde que nos dimos el primer beso fue todo muy intenso, aunque es verdad que no teníamos ninguna referencia, entonces pensábamos que era todo muy bonito”, dice ahora, dudando sobre si efectivamente aquello era “bonito”. Poco a poco
Javier fue mostrándose más controlador. Ella entró en la universidad y salía con el grupo de amigos que acababa de hacer allí. Él empezó a exigir más atención, y le hacía sentir culpable por salir con sus compañeros. Cuando
Sara iba de fiesta con las amigas de la facultad, él quería controlar sus atuendos, ponía pegas a la ropa que llevaba, le decía que las faldas o los vestidos eran demasiado cortos. “Cada vez fue a más, y llegamos a un nivel en que, al año o así de salir juntos, a veces me pedía que me hiciera una foto cuando volviese de fiesta y estuviera ya en la cama. Para evitar cualquier tipo de bronca, un día yo me hice esa foto antes de salir, y salí tranquilamente. Él no se lo terminó de creer y a las tres de la mañana escribió a mis padres para preguntar si estaba en casa”, cuenta. Sus padres fueron para ella un apoyo, y enseguida recomendaron que dejara a
Javier. “Pero seguí, y estuve con él un año más”, dice, a pesar de todo.Lee tambiénA pesar de todos los pesares,
Ester terminó yéndose a vivir con
Manu, a los 19 años. “Ahí fue bastante más horrible”. Mentiras, desprecios, arrebatos de agresividad… “Me lanzaba cosas, rompía otras, rompía puertas…”, recuerda. Pero la violencia estaba sobre todo en las palabras, en lo psicológico.El retorno del amor románticoLas relaciones dañinas, comúnmente conocidas como “tóxicas”, han regresado con fuerza. Tras años de cambio en las narrativas en torno a lo que es el amor –a propósito del fenómeno #metoo, del feminismo mainstream que ha tratado de deconstruir el amor romántico de las producciones de Hollywood–, vuelven los relatos de un amor posesivo, totalizador, el afecto pasional que durante décadas ha permeado las comedias de carátulas con fondo blanco y letras rojas, cuyos protagonistas —habitualmente, heterosexuales— sólo se enamoran, se pelean y se reconcilian. Es el amor obsesivo de Heathcliff (Jacob Elordi) y Catherine (Margot Robbie) en la nueva adaptación de Cumbres borrascosas (basada en la novela de Emily Brontë, de 1847); el amor dependiente, secuestrado incluso por el miedo, que recoge el libro Comerás flores (Libros del Asteroide, 2025), de la gallega Lucía Solla Sobral. Este superventas, que encabeza listas de éxitos editoriales, narra la historia de amor entre Marina y Jaime, un hombre veinte años mayor que ella. Él al principio deslumbra a Marina y a su entorno, pero desvela pronto su lado más oscuro, y acaba consumiendo la autoestima de la protagonista, quien hasta desarrolla un trastorno de la conducta alimentaria, se aísla de sus amigos y queda atrapada en estas dinámicas viciosas.El libro, que en sus primeros seis meses ya superó las 20 ediciones, ha conectado con miles de lectoras. Estas, en muchos casos, se han sentido identificadas en esta historia de relación dañina, según cuenta la propia autora en varias entrevistas, tras haberlo constatado en las presentaciones de la novela. Pero las relaciones tóxicas no sólo afectan a las mujeres. De hecho, se trata de dinámicas duales, donde a menudo existe co-dependencia.Los datos apuntan a que este tipo de vínculos está cada vez más presente en la juventud. En un estudio realizado en Reino Unido en 2023, un 30% de los jóvenes entrevistados reconoció tener comportamientos “dañinos” en sus relaciones afectivas: conductas de control (mirar el teléfono de la pareja, intercambio de contraseñas, tratar de distanciar al otro de sus amigos, posesividad…), de manipulación (amenazas de autolesión o chantaje, castigos de silencios o de frialdad intermitente), desprecios… Los jóvenes señalaban normalizar insultos o empujones a su pareja. “Su desconocimiento sobre cómo es una relación sana solía suponer un obstáculo para tenerlas, tanto como víctimas como causantes del daño”, concluyen los autores del estudio.Confundimos intensidad con vínculo y control con amor: los celos se romantizan y el control se disfraza de interés. Pero el control nunca es amor, es miedoElena DapráPsicólogaLas aplicaciones que permiten compartir ubicación de manera permanente generan nuevas dinámicas relacionadas con los celos y el sentimiento de posesión que pueden ser nocivas en parejas muy jóvenesPropiasDe ese grupo, un 41% afirmó tener esos comportamientos en relaciones románticas y, un 47%, en sus vínculos familiares. Los principales disparadores de esas conductas eran la ira, los celos, la inseguridad y la tristeza, según las encuestas.“La forma en que él dice algo puede hacer que me derrumbe por dentro, y siento que mi mundo se derrumba, y siento que me odia, y siento que mis amigos me odian, y siento todo esto, solo por la forma en que se ha dicho algo. Justo antes [de tener un comportamiento dañino], estoy tan segura de lo que voy a hacer, y me siento tan llena de una emoción… es enorme y es como una reacción física… y luego, mientras lo hago, creo que siento como una especie de liberación”, señaló una participante del estudio, de 17 años.Los psicólogos también detectan este repunte de relaciones tóxicas en España. Entre ellos, la psicóloga sanitaria Elena Daprá, experta en bienestar psicológico y directora del centro que lleva su nombre. No rechaza el término “tóxico”, algo polémico: “Es útil a nivel divulgativo, pero en consulta preferimos hablar de dinámicas disfuncionales”.“Confundimos intensidad con vínculo y control con amor”, arguye la especialista. Y en parte lo atribuye a la inseguridad emocional, el miedo al abandono y los modelos relacionales poco trabajados. Y también a las redes sociales, “donde los celos se romantizan y el control se disfraza de interés. Pero el control nunca es amor, es miedo”, insiste.Es un momento especialmente propicio para este regreso al amor pasional, absorbente, potencialmente peligroso. Por un lado, el viraje en las ideas de los jóvenes, que se inclinan cada vez más por los valores tradicionales. Por otro, el contexto de incertidumbre económica y vital, que alimenta el extremismo y, según han estudiado psicólogos como Pedro Altungy, alienta comunidades digitales como la manosfera (hombres que desprecian a las mujeres o que reivindican su supremacía sobre ellas) o el movimiento trad wife (mujeres devotas a sus esposos que defienden roles de género tradicionales).¿Se está radicalizando también el amor?Altungy, profesor de Psicología en la Universidad Europea de Madrid (UEM), es experto en procesos de radicalización y extremismo, y forma parte de varios equipos de investigación en esta línea, tanto en la UEM como en la Universidad de Maryland. Él pone el foco en la incertidumbre que explica en parte la crisis de salud mental que afecta especialmente a los jóvenes, con pocas perspectivas de un futuro próspero, dificultades socioeconómicas, crisis de vivienda, cambio climático o conflictos bélicos, un contexto a priori bastante hostil donde la vida digna ya no la garantizan ni los estudios ni el trabajo.El auge del feminismo entre las generaciones más jóvenes ha aumentado la polarización política entre hombres y mujeresMané Espinosa / PropiasLa radicalización, matiza el especialista, no tiene por qué ser política, ni tampoco violenta. Puede ser una entrega total a un hobby, a una célula terrorista o a una pareja. Altungy plantea que, atendiendo solo a los procesos psicológicos, lo que sucede en el cerebro en cada uno de estos casos es muy parecido. Cuando hay una pérdida de significación personal —que es una de las necesidades fundamentales de los seres humanos—, las personas miramos a nuestros grupos de referencia. “Lo que determina en función de qué me sienta yo valioso me lo va a dar la narrativa que tiene mi grupo de referencia”, aduce Altungy, en base al modelo “3N”, que remite a tres conceptos: la necesidad (significación personal), la narrativa y el grupo de referencia (en inglés, network).El grupo de referencia de alguien puede ser sus amigos, su familia, su peña de fútbol, sus compañeros de crossfit o, incluso, comunidades de Internet, gestadas en redes como YouTube o X, en foros y otros espacios virtuales. También, en caso de que no haya ninguno de ellos muy cercanos —y esto, apunta el psicólogo, es algo frecuente ahora que “las normas socioculturales y sobre todo en los países occidentales van hacia una mayor individualización”—, el grupo de referencia puede ser el enamorado o la enamorada.Así, simplificando el modelo 3N de radicalización, si una persona tiene esa necesidad de significación personal —por ejemplo, pierde su empleo o se encuentra en una situación muy precaria—, se siente solo o no tiene un grupo de referencia claro —una red de apoyo—, y cuenta con una narrativa —la idea de amor romántico que validan y refuerzan muchos productos culturales que consume—, puede centrar en la pareja todo su foco, y concebir el amor como algo absorbente, totalizador hasta niveles insanos, dañinos para sí mismo y para el otro.Tenía la sensación de estar siempre bajo examen y todo eran críticas: no tenía personalidad, no era lista, mi trabajo no valía, no hacía nada bienJulia(28)“Una relación es dañina cuando no te permite ser tú, no te da seguridad y te desconecta de tu bienestar”, explica Daprá. “Más que la etiqueta, importa esto: una relación sana te expande; una insana te reduce”.Julia (nombre ficticio, 28 años) pasó en sus años universitarios por una relación que, dice, fue “la historia de amor más bonita” de su vida. Pero, también dice, fue un auténtico calvario. Su novio entonces, otro chico de la facultad —como ella, ingeniero; como ella, de familia acomodada—, le hizo pasar por dos años de desprecios constantes, ninguneos, altibajos emocionales —comportamiento que los expertos de Reino Unido llaman “caliente y frío”—, castigos y chantajes. “Tenía la sensación de estar siempre bajo examen, me tenía que justificar todo el rato por cualquier cosa. Todo eran críticas: no tenía personalidad, no era lista, mi trabajo no valía, nada de lo que hacía estaba bien”, relata, todavía con dolor. Estuvo dos años con él.“No todo lo intenso es amor: a veces es miedo, dependencia o desregulación emocional”, aclara Daprá. “El amor no debería doler más de lo que sostiene. Las consecuencias son profundas: baja autoestima, ansiedad y confusión constante, pérdida de identidad, dificultad para tomar decisiones… Y algo clave: la persona deja de preguntarse qué necesita y empieza a preguntarse qué necesita el otro para no perderlo”.Llegó un momento, tras un viaje con dos amigas, en que
Sara por fin dejó a
Javier, aunque no fue fácil: “Chantaje emocional, promesas de cambio, horrible… No sé de dónde saqué la frialdad y conseguí poner fin a esa relación súper tóxica”. Le bloqueó de todas sus redes, y aún hoy sigue bloqueado.
Ester asegura que
Manu llegó a robarle dinero, a apostar con su sueldo. Y lo “surrealista” —dice ella ahora, sorprendida— es que lo que le hizo alejarse de él no fue nada de eso: “Me daba igual cómo me tratara; lo que me hizo irme fue que me puso los cuernos. Mi cabeza hizo click de alguna manera y ya no me costó dejarlo. No sé qué hubiera pasado si no”.Por supuesto,
Manu tenía su encanto. Era detallista, recuerda
Ester. “Bueno, cuando quería ganarme: era aquello de ‘te piso la cabeza pero te regalo un anillo y lo arreglo’. Me trataba bien cuando tenía el día bueno o quería algo”.¿Por qué cuesta tanto cortar una relación tóxica?No elegimos pareja solo con la cabeza: elegimos con nuestra historia emocionaliStock¿Por qué es tan difícil cortar una relación que, de manera racional, sabemos que no nos conviene? “Nos aferramos no solo a quien amamos, sino a lo que esperamos que llegue a ser”, argumenta Daprá. “Porque no solo estamos enganchados a la persona, sino a la esperanza, el potencial, la idea de ‘cuando todo esté bien’. A veces no soltamos no por amor, sino por miedo a que ese amor no vuelva a aparecer”.Para
Ester fue clave el papel de sus compañeras de trabajo, en una perfumería. Cada tanto quedaba con ellas, si él daba el visto bueno. Hubo una chica que la ayudó especialmente. “Al no tener a nadie es mucho más complicado”, lamenta.La ruptura no fue fácil. Ella incluso cambió de teléfono: “Me llamaba por las noches, borracho. Alquilé otro piso yo sola y me seguía. Tuve que hablar con su madre para que hiciera que parara, porque si no lo iba a denunciar. Me debía dinero y su madre me lo tuvo que pagar”, cuenta
Ester.Presa del miedo, pasaron dos años hasta que se atrevió a emparejarse de nuevo. Pero en el trabajo conoció a Carlos, y con él estuvo tres años. “No puedo decir una palabra mala de él. Fue una relación muy sana, muy buena”, dice. Más recientemente ha tenido otra relación de las que podrían encajar en la definición de “tóxicas”, esta vez con una mujer. Pero ahora está soltera, aclara, “y feliz”.“No elegimos solo con la cabeza: elegimos con nuestra historia emocional”, señala Daprá. Y concluye: “El deseo no es solo racional, está profundamente ligado a nuestra infancia, nuestros modelos de apego, lo que aprendimos que era ‘amor’. No basta con saber lo que nos conviene, hay que aprender a desearlo. Ese es el verdadero trabajo terapéutico”.