Desde el 2013 el concepto de autonomía estratégica forma parte del léxico convencional de la Unión Europea. Hasta la crisis de la covid su uso se limitó a cuestiones de defensa y seguridad. Con la pandemia, la guerra de Ucrania y la evidencia de nuestros déficits frente a EE.UU y
China, se amplió a ámbitos energéticos, económicos, comerciales y tecnológicos. Sabido es que la autonomía estratégica persigue dotar a la UE de capacidad para actuar de forma independiente, garantizando su soberanía y reduciendo su dependencia de terceros. Con este objetivo como reto colectivo europeo, nos hemos acostumbrado a debates y propuestas de las que destacan singularmente las formuladas en los informes de
Enrico Letta y
Mario Draghi.De ahí que sea habitual ver en los medios de comunicación destacadas noticias sobre futuras gigafactorías relacionadas con la fabricación de baterías para vehículos eléctricos y, más recientemente, asociadas con la inteligencia artificial. O leer comentarios en torno a la pretensión de que el euro digital pueda sustituir como instrumento de pago las tarjetas de crédito que hoy utilizamos, todas ellas de matriz norteamericana. E incluso, en el marco de una futurible defensa común, escuchar, entre otros paradigmas, reflexiones en relación con los catorce modelos distintos de carros de combate que se fabrican en Europa, frente a un solo modelo principal que se fabrica y opera en EE. UU. Todo ello bajo el manto de la necesidad de autonomía estratégica y, por tanto, de soberanía en todos estos frentes. Quique García / EfeLo que no resulta tan habitual es hallar consideraciones acerca de la necesidad de conservar y reforzar la soberanía alimentaria dado su enorme valor estratégico. Efectivamente, en un contexto de tensiones geopolíticas, guerras, conflictos arancelarios y volatilidad en el comercio, la capacidad de la UE para producir sus propios alimentos de forma sostenible e independiente se ha convertido en un pilar básico de su seguridad. Así lo entiende la Estrategia Nacional de Alimentación del
Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y así debería asumirlo como reto el conjunto de la sociedad española.La feria Alimentaria, que en su última edición ha conmemorado sus primeros 50 años de vida con récords de visitantes (109.600 de 120 países) y expositores, es el mejor testigo de la evolución de los principales sectores alimentarios. Y, lógicamente, en esta ocasión ha habido una clara vocación de subrayar los mimbres con los que cuenta nuestro sector alimentario. Hoy España es el primer país en renta agraria de la UE, el primer exportador del mundo en aceite de oliva, el segundo en vino y el tercer productor mundial en carne de porcino. Como es el primer país en términos de capacidad de flota pesquera y el principal productor de acuicultura.La soberanía alimentaria es una necesidad estratégica para Europa y para EspañaSector primario que complementa una industria alimentaria que destaca por ser la primera industria manufacturera del país y la cuarta de la UE en cifra de negocio. Y una distribución competitiva con precios actuales que están nueve puntos por debajo de la media de la UE y con capacidad y eficacia para garantizar el suministro, como se demostró en la pandemia, al ser uno de los países que tuvieron menos problemas de abastecimiento del mundo.Los acontecimientos de los últimos años y las disrupciones logísticas que han provocado han puesto de manifiesto la fragilidad de las cadenas globales de suministro y han hecho de la garantía del acceso a alimentos una cuestión de seguridad nacional y europea. No solo la dependencia energética, tecnológica, financiera o en materia de seguridad es un riesgo geopolítico que Europa no puede permitirse. También lo es depender de terceros países para alimentos básicos.Una necesaria soberanía alimentaria que, entre otras condiciones, requiere proteger el sector primario como su principal garante (sin él no hay producción, industria, ni distribución); incrementar la dimensión y competitividad de la cadena agroalimentaria; exportar más y mejor; favorecer el equilibrio entre sostenibilidad y viabilidad, y reducir dependencias externas críticas que afectan directamente a los costes de producción. La soberanía alimentaria no es, pues, una opción, sino una necesidad estratégica para Europa y especialmente para España.