Una tienda de andar por casa. Esa es desde luego la definición más literal que puede decirse de
La Tienda de las Alpargatas, que el próximo mayo cumplirá un siglo vendiendo y reparando calzado –a día de hoy zapatillas y alpargatas– en el corazón del
Eixample. Tras el mostrador encontramos a
Míriam Teruel, que lleva casi 30 años en el negocio, y a
Rubén Rojas, el encargado de repararlas. Ella enseña con visible satisfacción una foto del letrero original que logró restaurar en el 2018 tras un fortuito hallazgo. Desde entonces, el rótulo vuelve a presidir el número 194 de la calle
València.La actual propietaria muestra una foto del chaflán de hace décadasNacho VeraMíriam llegó al oficio –como se suele decir– por amor, cuando conoció al que sería su futuro marido.–¿Y a qué te dedicas?–Soy zapatero.–¿Haces zapatos?–No, los arreglo.–Venga, Paco, dime la verdad... ¿A qué te dedicas?Al cabo de poco se fue a trabajar con él. Lo que iban a ser en un principio 15 días, ahora ya son prácticamente 30 años, con la jubilación de Paco hace casi un lustro. “Llegue aquí como un paracaidista y no sabía nada de la profesión. Me enredó, me enredó”, reconoce la actual propietaria, dichosa en verdad de haberse dedicado en cuerpo y alma al oficio.
Rubén Rojas, en plena faenaNacho VeraPaco Jiménez heredó el negocio de la familia Aguado, que inició la empresa en 1926 como “Salón de limpiabotas”. La familia vivía en el altillo del mismo local. Cuando una de las hijas del señor Aguado decidió finalmente dejar el garito, la suegra de Míriam vio que estaba en traspaso. “Ideal para mi hijo”, pensó, que años atrás había estudiado un curso de zapatero que ofrecía
Càritas en la calle
Sant Eusebi, cuando aún existían las escuelas de zapatería.Si algo cabe decir del aspecto del interior del local es que tampoco dista mucho del de hace un siglo, salvo por el hecho de que el altillo donde antes dormía la familia Aguado hoy es un almacén, y donde había una ducha y una pequeña cocina ahora Rubén repara un poco lo que haga falta. Por lo demás, el establecimiento luce tan abarrotado como se pueden imaginar: un montón de cajas de calzado (de las clásicas alpargatas y zapatillas de cuadros a las irresistibles pantuflas con el escudo del
Barça estampado, pasando por unas ultramodernas y otras de terciopelo) ocupan las estanterías aquí y allá. Todo con el ruido de fondo de la máquina troqueladora, banda sonora del centenario, que lo mismo te arregla las suelas como te añade una talla al cinturón.
La Tienda de las Alpargatas, en plena actividadNacho VeraA juzgar por el discurso de la mestressa, llevar zapatillas nunca pasó de moda. Todo apunta a que el hábito del teletrabajo les ha dado acaso un impulso.–Es verdad que a veces da como pereza comprarse unas, ¿no?–Pero en cambio siempre acaban siendo un buen regalo.–¿Algún cliente que sea el más fiel?–Todos mis clientes acaban siéndolo, hasta me encuentro con gente de otros barrios que viene expresamente porque no encuentra una tienda como esta. Sucede que todas las ciudades cada vez son más iguales.–¿Digitalización?–Desde hace un año puedes comprar por internet, pero los clientes que vienen aquí se encuentran con asesoramiento, un trato digamos más humano…–¿Qué pasará cuando se jubile?–No tengo un relieve claro...Míriam se resiste a confesar ninguna pena, pero en algún momento repara en la posibilidad de que el chaflán se convierta algún día en una tienda de carcasas. O en una de esas de hacerse las uñas. “Ah, pero es que para mantener un negocio como el mío tienes que trabajar muchas horas, y hoy en día no todo el mundo está dispuesto a según qué cosas”, alega. Y resuelve: “Yo siempre lo digo: ¡en otra vida me gustaría no trabajar los fines de semana!”.