Dicen que hay como una ráfaga de miedo en la sociedad. Las noticias lo acompañan, es verdad. 50.000 soldados norteamericanos, acumulados para una posible acción terrestre, no contribuyen demasiado a la tranquilidad de los que ya nos hemos vuelto mayores y en general de todo el mundo, porque a toda familia le puede tocar ahora o en el próximo futuro formar parte de la acumulación de soldados de Trump.La isla de Jarg es pequeña, 20 kilómetros cuadrados de superficie, pero tiene la mala suerte de estar sobre un enorme yacimiento de petróleo y gas. Para colmo, está muy cerca del estrecho de Ormuz. Esto hace que el que se compró allí una parcela para ir los fines de semana se habrá arrepentido cien veces y otras cien habrá escuchado la voz de su mujer: “Ya te lo decía yo…” ESA/ AFP Parece que la isla de Jarg nos cae lejos, pero ahora lejos no cae nada. El hecho de que un dron ucraniano se extravíe y llegue hasta el sur de Finlandia no contribuye a tranquilizarnos a los que estamos lejos.Tratándose de compensar las malas noticias, me parece que no es suficiente leer que se ha acordado un pacto mundial para elevar la protección del guepardo y el tiburón martillo. Buenas noticias, sin duda, pero que no van a hacer nada para tranquilizar a los que tenemos familia, que un día puede ir destinada a la isla de Jarg.Una ráfaga de miedo no se soluciona acurrucándose; se le contesta con una actitudTodas estas cosas, y muchas más, contribuyen a la ráfaga de miedo de que hablaba al principio del artículo. Cosas externas ante las que podemos hacer muy poco. Por mucho que protestemos, Trump no bajará un soldado de los 50.000.Por cierto, no me gusta nada que cuando se hable de un político que se llama Trump se le califique como ‘el magnate’. Como si todas las decisiones que este hombre tome estén en función de la cuenta de resultados (la suya). Es posible que sea así, pero por lo menos, que no me lo digan.En nuestro diccionario, hay una palabra que describe una actitud que creo que hay que evitar: el acoquinamiento, definido como “acción y efecto de acoquinar”, o sea, de “amilanar, acobardar, hacer perder el ánimo”.Concretando, se trata de no confundir tener miedo con quedarse acurrucado en un rincón de la casa.Hace tiempo vi en Roma una inscripción, que me indicaba, aunque incompleta, una actitud correcta ante problemas parecidos a los que acabo de describir: “nil difficile volenti”, nada es difícil para el que quiere. Digo que me parece incompleta porque no basta con querer para conseguir las cosas. Hay cosas imposibles de conseguir por mucho querer que se ponga. Pero me sirve como punto de partida.Conocí una empresa en la que, partiendo del querer, se habían marcado unas cuantas normas, a modo de consignas, que apunté, porque me parecieron que reflejaban una actitud positiva ante el miedo externo.Ellos sabían que en una empresa normal, los pedidos, y en consecuencia, los euros, entran si se conjuga una buena gestión de ventas con un buen producto. Su preocupación por el buen producto se daba por hecha; la buena gestión de ventas se concretaba en tener constantemente cien gestiones de venta ‘vivas’. La pregunta ‘¿cuántas gestiones vivas tienes?’ se repetía en carteles y en los despachos periódicos de cada directivo con sus subordinados.Además, la empresa daba mucha importancia a la capacidad de discurrir de los empleados, a quienes recomendaba ponerse con una hoja en blanco y un bolígrafo antes de ir a la biblioteca a ver qué se les había ocurrido a otros. Esta consigna también se repetía en carteles, en los que aparecía la imagen del tío Sam, con mala cara y un cartel: “Más vale que se te ocurra algo”.Yo ya sé que no estoy dando LA solución a todos los problemas actuales, pero sí creo que estoy dando LA actitud necesaria. Es decir, una ráfaga de miedo no se soluciona acurrucándose. Se le contesta con una actitud, Nil difficile volenti, que luego hay que concretar en muchas cosas.Porque si no, nos dedicamos a quejarnos del magnate, a decir que Sánchez no acierta o sí acierta cerrando el espacio aéreo, y cosas así que no tenemos ninguna posibilidad de modificar.Lo nuestro son cosas pequeñas, y por eso están a nuestro alcance. Porque la experiencia nos dice lo que le dijo a Cristóbal Colón: que todas las noches, cuando iba a cenar a casa, le contaba a su mujer las cosas pequeñas que había hecho aquel día que parecía que no servían para nada, pero que sirvieron para que un día, como por casualidad, descubriera América.