¿De verdad que nadie se dio cuenta en su entorno de que el atildado senador y tesorero del PP en los primeros lustros de este siglo,
Luis Bárcenas, llevaba un nivel de vida incompatible con su sueldo? Y, varios años después, cómo pudo ser que apenas alguna compañera socialista reparara en que el locuaz secretario de organización del PSOE y diputado,
José Luis Ábalos, practicaba costumbres incompatibles con el ideario socialista a un coste muy superior al de sus ingresos?La respuesta es que nadie de sus próximos lo vio ni avisó, como si a los poderosos los cubriera una capa de invisibilidad. Pero, como esto solo pasa en la literatura fantástica y aquí el género es ‘realismo sucio’, la única explicación es que los compañeros de los corruptos, presuntos o condenados, prefirieron no mirar ni decir nada: por ausencia total de ética, por miedo a ser los aguafiestas de la organización o a molestar al jefe, o, tristemente, por temor a perder las ventajas de que disfrutan. Hasta que llegaron la prensa, los informes de la UCO, la Justicia, nadie mandó parar.Pero la impunidad cero no existe. Y esta semana se enjuician en España dos casos sonados. Desde el lunes, la cúpula del
Ministerio del Interior durante el gobierno del PP de
Mariano Rajoy afronta en la
Audiencia Nacional la gravísima acusación de haber destruido pruebas de la presunta financiación ilegal del partido, liderada por el tesorero Bárcenas. Y, casi al mismo tiempo, el exsecretario de Organización del PSOE de
Pedro Sánchez,
José Luis Ábalos, se enfrenta a penas de 30 años en
Tribunal Supremo por la presunta trama de mordidas en la compra de mascarillas en la pandemia.La Justicia puede ser lenta. Pero no se quita la venda de los ojos y blande su espada para impartir justicia a su derecha y a su izquierda, una imparcialidad que es una garantía, no un arma arrojadiza para la contienda política.Al final, ni el mejor guionista hubiera mejorado la intervención de Ábalos en la moción de censura que apartó del poder a
Mariano Rajoy en 2017. El PSOE buscaba vengar, democrática y figuradamente hablando, los pecados de corrupción del PP. Y el encargado de convencer a la Cámara fue el hombre fuerte de
Pedro Sánchez, que pronunció una frase premonitoria: “La corrupción no puede parecer normal a los españoles”. Y así ha sido. Ayer, el hombre que tronaba en la tribuna del Congreso en favor de la ética y su asesor,
Koldo García, abandonaron la prisión para sentarse en el banquillo y responder por una red tejida a la sombra del poder conseguido en nombre de la decencia.Los juicios de esta semana son la prueba de la capacidad regeneradora del sistema. Pero es inquietante que en el entorno político de los encausados no hubiera ningún ‘silbador’. No un chivato, por supuesto, sino alguien que alertara, un término que viene del inglés ‘whistleblower’, el que avisa con un silbato. La figura está recogida en la Convención de Naciones Unidas contra la Corrupción de 2003, que señala en su artículo 8.4 que «cada Estado parte también considerará (…) la posibilidad de establecer medidas y sistemas para facilitar que los funcionarios públicos denuncien todo acto de corrupción a las autoridades competentes cuando tengan conocimiento de ellos en el ejercicio de sus funciones».Por suerte, sí hay ‘silbadores’ en otros ámbitos; en el del periodismo, por supuesto, pese al precio que asumen los profesionales de ser tildados de ‘buleros’, o en el de esos funcionarios que cumplen con la misión que les ha sido impuesta. Todos garantizan que la democracia funcione. Y que la corrupción, como bien decía Ábalos, sea de un partido o de otro, no parezca normal a los españoles.